Testimonios de Helena Wechsler

[…] Y le dije: Si sucede… No tengas miedo, corre, lo más rápido que puedas, corre. Apaga todas las luces y baja a los sótanos. Cierra todas las puertas pero no con llave para que no sospechen. Abre la trampilla. No hagas ruido. Contén la respiración, relájate y pide a Dios con toda tu alma. Espera. Espera. Espera…

Helena mira hacia la ventana, no me atrevo a seguir preguntando, sus ojos se pierden vidriosos más allá de los cristales, más allá de la calle. Piensa tras un rato y sonríe. Continua.

Fue la última vez que nos vimos, pero yo sé que está bien… Yo sé que está bien, sí, lo sé, hay algo que me lo dice… Yo sé que está bien… Lo sé… sé que está bien.

Le dejé allí, en su sofá frotándose las manos con la mirada agachada, repitiéndose una y otra vez, que estaba bien. Por aquel día era suficiente. No podríamos seguir hablando después de aquel momento hasta varias semanas más tarde.

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