El sentido errante

El día parecía tranquilo como otro día más de mis vacaciones, pero hoy no lo sería, la experiencia me decía que no lo sería, lo que me hacía pensar por qué estaba allí.

Bajé a Murcia por una especie de sentido de la responsabilidad, un aliño de empatía y lástima; en verdad, nadie me pidió que lo hiciera pero ese cóctel me obligó de alguna manera a aventurarme otra vez a esa epopeya que de tanto en tanto volvía a fracasar.
Con mis mejores intenciones llegué a aquella casa de mis recuerdos infantiles en Santa Isabel, llamé y después de un rato, consiguió abrirme. Subí hasta la sexta planta. Cansado, sordo, arqueado como una madera vieja… exhausto. Así me recibió, con su clásica cortesía. No cruzamos apenas dos palabras. Tardamos casi veinte minutos en cerrar las puertas de la casa, esas manías que la gente mayor genera en todo y para todo, incomprensibles para cualquiera fuera de su psique, pero tan trascendentales e importantes que se vuelven como las necesidades vitales.

Aquí empezaría poco a poco a colmar mi paciencia, mi buen hacer y mi ganas de ayudar.

Accedí a llevar su coche más por orgullo personal que por ayudar tengo que admitir. Como no podía ser de otra forma no me lo puso fácil, él tuvo que sacarlo de su garaje, era muy difícil para hacerlo yo, solo un experto en la automoción, como él evidentemente, podía hacerlo. No quise herir más a aquel viejo león herido por la edad y preferí mantener su orgullo intacto. Conseguimos salir de aquel aparcamiento y fuimos a recoger a mi madre, a la que compadecía por estar “obligada” a cuidar de él aunque solo fuera unas semanas. Llegamos finalmente no sin medirnos las fuerzas verbalmente en alguna ocasión. Recogimos a mi madre y ayudó a amenizar el trayecto al ser ella quien sacaba constantemente conversación.

Subimos la montaña por encima de la Fuensanta y allí estaba la casa con mis recuerdos agridulces de toda mi infancia, donde habíamos disfrutado felices mis primos, mis hermanos pero la antipatía de mis abuelos, la falta de interés y sus formas incoherentes y groseras fueron apartando a todos de su lado en los veranos.

Era una casa grande, con un espacioso jardín, piscina e incluso un trozo de bosque, cabían allí fácilmente 11 personas eso sin contar los 2 sofás. Era la típica casa en la que cualquier niño podría disfrutar sin medida. Si no fuera por él, el recuerdo más amargo de mi infancia. Era literalmente una bestia, sus palabras como gruñidos y ladridos como un animal creaban un velo de miedo y respeto, sus continuas aseveraciones, su puesto, su experiencia, parecía que él lo era todo y lo supiera todo.

Dejamos las maletas y organizamos nuestras habitaciones. Yo me quedé un rato sobre la cama pensando. Por una parte entendía la situación actual, él había perdido a su mujer, mi abuela. El dolor, la falta de sentido, su deterioro de facultades le hacía vulnerable e irascible. Poco a poco volví a pensar en que en realidad, siempre había sido igual y la empatía o lástima que podía sentir por él se fue poco a poco esfumando.

Yo estaba en uno de los momentos más fuertes de mi vida y no iba a permitir que nada ni nadie pasase por encima de mí. Él ya no tenía ninguna autoridad ni por una parte física, porque ya no me aterrorizaba ni me conseguía amedrentar como cuando era un niño, ni moral, porque en realidad yo me había hecho a mi mismo, había luchado para llegar a ser quien era y ni él ni nadie podía cuestionar mis logros y progresos.

Fueron pasando los días y cada cual me resultó más terrible, muchos recuerdos, la dificultad de ver a mi madre desbordada por la ineptitud emocional de su padre y, sin duda, la terrible actitud de mi abuelo. Sea como fuere aquellos días me permitieron aprender valiosas lecciones, la primera cuál era mi sustrato. De donde venían mis pensamientos, emociones, actuaciones, muchos de mis comportamientos eran heredados de mis padres, de mis abuelos, si quería mejorar debía empezar por estudiarlos, porque siempre es más fácil ver los problemas ajenos que los propios, y buscar soluciones.

La otra parte era romper con los roles que siempre me habían contenido, reprimido o cohibido, con mis familiares y amigos. Si quería resultados diferentes, tenía que actuar diferente. Rebelarme y ser capaz de enfrentarme a la figura de mi abuelo supuso un antes y un después en mi crecimiento personal, me hizo liberar mi lastre emocional y empoderarme como nunca lo había hecho antes.

La esfera de mi trascender

Aquel día sucedieron cosas terribles, pero otras, sin embargo, fuero maravillosas.

Cerré los ojos y nada sucedió. Quise sentir y no podía. Volví a insistir, esta vez prestando más atención a cada palabra, cada nota y nada sucedió. Frustrado lo dejé de intentar, sentía mucha ansiedad por no ser capaz de hacer bien un ejercicio tan sencillo. Me dije, por lo menos disfrutaré de la música y el ejercicio de relajación.

En ese momento mi viaje comenzó sin darme cuenta, algo que jamás se volvería a cerrar, como un descubrimiento, la puerta de mi existencia, esperándome para cuando quisiese volver a entrar.

Me sumergí, abrí mi corazón, latía sin parar, lo sentía como desbordado me explotaba en el pecho. Abrí mi sentimiento y sentí los latidos tan rápidos y violentos que pensé que moriría de un infarto. Abrí mi entendimiento, mi comprensión y sentí dolor, profundo y punzante. Poco a poco mis latidos fueron cesando, más suaves. El lugar donde me encontraba era oscuro y húmedo, todo se fue inundando de un líquido amniótico, todo se llenó de un líquido viscoso en mi mente. Estaba atrapado, me resistí, aguanté la respiración pero sentía que me ahogaba. Cuando no pude más tragué el líquido que me fue colmatando los pulmones. No me ahogué, la sensación era extraña, podía respirar pero mis pulmones estaban llenos de líquido. Dejé por un momento de lado la razón, sin intentar explicar aquel fenómeno tan extraño y miré mis manos, eran suaves y pegajosas, empapadas por ese líquido que todo lo rodeaba.
La piel de mis manos era sutil, miré el resto de mi cuerpo, también lo era, tenue, frágil. Mi cuerpo producía un centelleo desde el interior. Una tormenta de destellos rojizos como los rayos se deslizan entre las nubes en una borrasca. Una luz atravesando mis músculos, vísceras, piel, todos mis tejidos que eran frágiles y esponjosos.

Miré entonces mi barriga, allí estaba, un cordón del que solo veía su final conectado a mi cuerpo. Mas allá, el cordón se difuminaba en la oscuridad.
Mi luz se fue volviendo más intensa agolpándose a borbotones por todo mi torso como bolas que recorrían mi cuerpo levantando mi piel. Comenzaron a salir pequeñas bolas de luz fuera de mi cuerpo, como granos de arena luminosos, parecieran miles de luciérnagas alumbrando la oscuridad de aquel lugar.

Aquellos granos de luz fueron juntándose hasta formar una bola. La bola comenzó a producir destellos de una luz blanca, aquella esfera terminó por explotar en un destello que me deslumbró. Iluminó todo el espacio. Era un océano, lleno de un líquido ligero, azul, salpicado de destellos. Nadé, era libre, tenía mayor dominio de mis extremidades, pero el cordón en mi barriga seguía unido a mí. Lo miré, se prolongaba más allá del agua, apenas le di importancia, estaba más preocupado por explorar el océano y nadar que por la unión que me conectaba con el exterior.

Nadé durante bastante tiempo persiguiendo destellos de luz que se alejaban de nuevo conforme yo me acercaba. Comencé a bajar, buceé profundo donde casi no había luz y empecé a percibir un burbujeo que provenían de unas luces verdes, rojas y amarillas. El agua se calentaba al acercarme. Finalmente vi aquel magma que provenía de la tierra, viscoso, caliente del que emanaban burbujas, ceniza y humo. Toqué aquella lava que brotaba del fondo del océano, sentí como el pinchazo de una aguja en la punta de mis dedos y el agua se fue solidificando, tan lentamente que no me di cuenta hasta que ya era evidente que no podía nadar, todo era sólido.

Permanecí un tiempo sin poder moverme, petrificado por aquella roca que me contenía. Su espíritu se proyectó con el mío. Una memoria antigua me mantuvo inmóvil, quieto en el ahora, en un presente continuo sin futuro ni pasado que me costó entender, donde la vida, la suya y la mía, nuestros espíritus perduraban eternamente.

Una raíz empezó a resquebrajar la roca, el molde que me contenía inmóvil, paralizado en el tiempo. Poco a poco la raíz fue hundiéndose hasta liberarme. La raíz no se detuvo ahí, se metió por mis uñas, por mi nariz y por mi boca, por todo lugar donde encontró espacio para poder hacerlo. El cordón que me unía en mi barriga también se convirtió en raíz, y ésta, se metió en mis vísceras. Sentí como las raíces me rompían la piel, mis órganos, en un proceso de metamorfosis que no pude parar. Mi piel cayó al suelo, seca, inerte, con mi propio rostro, vacío.

Yo era parte del árbol, de la raíz a las hojas. Ella, como la roca me hizo conectar con un pasado muy antiguo, donde el tiempo no existía, las cosas no eran ni serían, todo es. En ese momento, como si cada segundo vivido o por vivir lo viviera en el aquí y ahora.
La raíz me dio seguridad, confianza, me hacía sentirme parte de un todo mayor. La raíz me mostró el espacio, las estrellas, los planetas y la luna, me mostró también como se consumen las estrellas y nacen, todos los misterios del cosmos hasta sus oscuridades más profundas y terroríficas.
Quise tocarlo, sentirlo con mis propios dedos pero estaba inmóvil y las yemas de mis dedos eran de la raíz. Le pedí que me dejara marchar, le dije que aunque la amaba como parte de mí no era libre y debía recuperar mi forma y caminar solo.

Aparecí solo en la oscuridad, miré mis manos, allí estaban. También estaban mis pies. Mi cordón había desaparecido. Era grande, de la estatura de un adulto. Caminé, todo estaba oscuro, diáfano, tenía miedo.

Comencé a correr, en todas direcciones, ni si quiera sabía por qué, estaba asustado, el corazón me volvía a latir a mil por hora. Pero entonces lo encontré a él. Me detuve en seco, y lo miré. Era mi yo, mi yo cuando tenía 8 años. Llevaba aquella esfera de luz azul en sus manos, no hablamos, él podía hablar en mí mente y yo en la suya, sus pensamientos eran los míos y viceversa. Me preguntó ¿Yo te he perdonado? ¿Y tú?, me ofreció aquella esfera azul brillante que me comí. Lo vi sonreír y desapareció.

En ese momento abrí los ojos. En ese momento mi viaje comenzó sin darme cuenta, algo que jamás se volvería a cerrar, como un descubrimiento, la puerta de mi existencia, esperándome para cuando quisiese volver a entrar.

El correo, el make up del dominio y hosting

No suelo publicar este tipo de entradas, normalmente escribo más sobre literatura, filosofía, historias de mi vida personal pero como algunas personas me preguntaron y esto no deja de ser una historia de mi vida me voy a lanzar a por ello.

El correo es una parte muy importante para tu imagen de cara a constituirte como empresa, autónomo e incluso buscar trabajo. Tener un correo con una extensión propia, como por ejemplo pedro@perez.com, ofrece una imagen personal diferenciadora y hoy en día marcar la diferencia puede suponer que un cliente acepte o no tus servicios o bienes que ofreces.

Aparentemente es algo muy sencillo e incluso podríamos decir que tonto. Tener nuestra extensión típica de @gmail.com, @hotmail.com, @microsoft.com, no nos perjudica a la hora de trabajar. Sin embargo, cuando una empresa te da su correo ¿Por qué no tiene la extensión típica que ofrecen los servidores de correos? Las empresas grandes tienen dominio y hosting. Para no enrollarnos el “dominio” es un nombre y el “hosting” es donde guardarlo.

Tener una extensión por defecto o una propia funcionalmente no nos mejora o perjudica a la hora de trabajar… ¿O quizá sí?. Tener un correo personalizado implica primero que has necesitado comerte la cabeza para pensar un nombre y poner en el asador toda tu creatividad para seleccionar el mejor nombre, de tu empresa, tu perro, tu ciudad o posiblemente tus apellidos. Además, como mínimo tendrás que saber qué es un dominio y comprarlo. Para la mayoría de los mortales esto del dominio ya empieza a dar dolor de cabeza y precisamente es lo que te hace diferenciarte, no es que vayas a ser un hacker por tener tu propio dominio pero al principio si eres lego en la materia te hace sentirte como si lo fueras.

En segundo lugar aunque no en todos los casos tendrás un hosting para albergar ese dominio. En mi caso es donde está mi página web y, por tanto, también mi dominio. No obstante, las cuentas de correo también hacen de hosting para tus correos y contenido que recibas.

¡Espera!, esto no es un camino de rosas, tener un dominio, un hosting y una cuenta personalizada de correo cuesta dinero, dependiendo del país, el tiempo, la cantidad de usuarios, incluso la actividad. Por tanto, piénsatelo bien antes de lanzarte y hacerlo. Encamina tu actividad, piensa a largo plazo y planifica, y entonces, y solo entonces, da el paso porque puede ser el empujón que te haga falta para mejorar tu imagen.

A María Cegarra Salcedo

María es el beso de la mina de la que brota un viento profundo y húmedo. María es el perfume salitre secado al sol y a la espuma de mar, con sus selvas y arrebatos de pasión desmedida. Pero María también es tiempo, un tiempo conjugado de lamentos amortajados, de mortajas con espinas que se clavan en lo más profundo del sentir de la tierra.

María… María también eres cristal de brillos con aristas, un poliedro único, articulado por destellos que si se sabe mirar con los ojos cerrados del alma, llena de colores, a través de ese prisma, un carrete velado en blanco y negro.

María, esa María Cegarra de su Unión enamorada, hoy, aquí, en la ciudad de Murcia te rendimos homenaje, recuerdos también a tu hermano, ese tan querido Andrés del que hablas, al que le pusiste voz en el silencio, que fuiste el viento de sus alas y que es hoy paz en tu memoria.

English

María is the kiss of the mine from which a deep and humid wind comes. Maria is the salpeter perfume dried in the sun and the sea foam, with its jungles and outbursts of excessive passion. But Maria is also time, a conjugated time of shrouded regrets, of shrouds with thorns that dig into the deepest feelings of the earth.

Maria… Maria you are also a crystal of sparkles with edges, a single polyhedron, articulated by flashes that, if you know how to look it with the closed eyes of the soul, it fills with colours, through that prism, a veiled reel in black and white.

Maria, that Maria Cegarra in love with her Unión, today, here, in the city of Murcia, we pay homage to you, regards also to your brother, that beloved Andrés of whom you speak, to whom you gave voice in the silence, for whom you were the wind to his wings and who today is peace in your memory.

Juventud

Habláis de la juventud con mente vil y alma ennegrecida. Os falta observación y entendimiento pero bien sobrado os son los prejuicios. Habláis de una juventud sin valores, yo hablo de una juventud valiente. Sin fuerza para levantar países, cuando son capaces de alzar el cuello y mirar al cielo. Habláis de la pereza y la desidia, de una generación que no está a la altura, pero no os dais cuenta de que son pájaros y vuelan por encima de vuestras cabezas.

Un discurso banal, faltado de cuerpo y espíritu que es un monstruo de humo que por la boca escupe veneno y ácido, no se puede esperar más de un engendro encadenado por la sombra.

No desesperéis que de la tribulación nacerá la semilla, los buenos tiempos camuflan la villanía, la pereza y la enajenación, mas oídme, no sois nada de eso.

Es hoy, es ahora, los días en que no hay nada que nos proteja, donde salir con el pecho descubierto a recibir la bala es lo que nos hará libres y grandes. Somos nosotros el rostro del cambio pues no podemos esperar que sean los que apuntan con el dedo desde sus sillones los que nos den la libertad.

Seremos atacados, seremos maltratados, hasta nuestros iguales nos negarán, sufriremos la repulsa de muchos, nos vejarán, insultarán, escupirán e incluso habremos de recibir la muerte por respuesta.

No será un camino fácil, incluso a renuncia de la propia vida, pero esto es juventud, esto es la obra, esta es nuestra obra de llama viva y este es nuestro momento, gozad el martirio porque nos indicará el camino correcto. Lucharé por todo aquello que creo noble y justo, e invito a todo aquel que quiera sumarse a esta lucha que no desespere y que conserve entre sus manos su más puro fuego, su juventud.

El silencio del huérfano

Ya no soporto más la situación que mantenemos en la Región. He presenciado desde hace muchos años, con mis propios ojos, como se destruía el patrimonio de la Región sin ningún tipo de pudor, tala de los ficus de Avenida América en Cartagena, tala de eucaliptos y ficus del Cuartel de Artillería, podas de todo tipo en pueblos y ciudades por personas de dudosa preparación, hasta la catástrofe de Santo Domingo, y así un largo etc.

Hoy, todos ellos, engrosan ese patrimonio del olvido, para erradicar, una vez más, del pueblo murciano su identidad, engendrando una sociedad huérfana y estéril. La cultura de la Región también son sus paisajes, sus bosques y avenidas, conforman su identidad, aunque a muchos les parezca descabellado también nuestra identidad se escribe en el medio ambiente por medio de la vida. No obstante, cultura también es lo que no hicimos, lo que no hemos hecho, lo que hemos dejado arrancar de las entrañas de la tierra, eso también habla de nuestra identidad, del dejar morir, del dejar pasar, el mirar hacia otro lado y defender la vida.

Como murciano y como ingeniero agrónomo tengo la obligación moral y profesional de proteger el patrimonio de la Región y defender los intereses de todos los murcianos encarnados aquí en su patrimonio.
Le pediría al COIARM, apelando también a su responsabilidad ética para con su pueblo buscar soluciones a estos actos por parte de los ayuntamientos y gobierno autonómico.

No creo necesario remarcar aquí la importancia del patrimonio natural, pues bien sobrado es vuestro conocimiento, por ello, y con más razón, la importancia de defenderlo, y no solo hacer una defensa, sino también fomentar su conocimiento y participación.

Diversidad

No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige. Algo así venía decir Séneca, durante mucho tiempo había tomado esas palabras como estandarte personal. Tienes que tener las cosas claras, tener un destino fijo, bien encauzado, un camino recto, sin titubeos, firme, siempre firme.

Hoy, con algunos años más a las espaldas, no demasiados, pero algunos son, creo que ya no siento esa frase como propia. He luchado, he vencido, he sido derrotado, me he caído y levantado. Un día tuve las cosas claras, ¿por qué hoy no?, ¿por qué hoy siento que todo me da vueltas?, ¿Por qué hoy siento que nada es como creía? Para llegar de A a B, no siempre la línea recta es el camino más corto, o al menos no el más enriquecedor. Si no me hubiera dejado mecer por el viento, si no me hubiera dejado llevar por esos misterios que encuentras en los muchos senderos por los que uno camina no hubiera llegado hasta aquí. No sería lo que soy, no sentiría lo que siento.
Hoy dejo atrás 6 meses, una muesca en el recorrido de una vida, pero 6 meses de felicidad, de dificultades y alegrías, 6 meses de lucha, sacrificio pero también de recompensa y fruto.

Me llevo mucho, y por más que intentara contener con mis brazos, mi corazón o mi mente cada recuerdo, cada experiencia o cada sentimiento no podría porque desbordarían hasta derramarse.

Cuando empecé a trabajar en el centro de discapacidad intelectual me dije, ¿De verdad estás haciendo lo correcto?, ¿Qué haces tú aquí?, tenía muchos prejuicios, veía un entorno que no tenía nada que ver conmigo, veía algo extraño, tenía verdadero miedo, estaba aterrado, ¿Qué hacía un ingeniero agrónomo aquí?
Los días fueron pasando, mis prejuicios iban desapareciendo, cada usuario y trabajador del centro era un pájaro que iba quitando un pedacito de esa venda que tenía en los ojos, una venda que me impedía ver la belleza del mundo, la belleza de lo diferente, de aquello que se esconde, que nos es oculto.

Cada día era diferente, desde que salía de mi casa hasta que volvía a ella, con cada ciezano, abaranero o blanqueño. Pasé de desconocer mucho de mi propia tierra a conocer algo más de ella, ver la floración de Cieza, el Segura pasando por la Vega Alta, o la Atalaya siempre vigilante.

He aprendido mucho de vosotros cada día, con cada abrazo, cada mirada cómplice, cada risa y cada llanto, con cada pelea y cada arrebato que surgen de un corazón que late y necesita ser escuchado, compartido y sentido por otro corazón que sepa escuchar, compartir y sentir cada latido.

Hoy que me voy hago acopio de todo lo que llevo en mi maleta, una sonrisa en los labios como recuerdo de lo vivido y de lo que dejo, un soplo de aire favorable me lleva, volveré a dejarme mecer por el viento, no sé a dónde, no sé a dónde se dirige.

La sombra del coloso

He nacido de la tierra mora, entre el crepitar de aquel que me recuerde, allí, dónde la raíz al suelo muerde y el agua de sus azarbes enamora. A la Vega le debo la vida y el alma.

El murmullo que se desliza entre sus orillas, acequias y norias custodia mi espíritu y sus ecos se sienten en la tierra y se huelen en el aire. Mientras las ranas y sapos borbotean en los remansos del arroyo, el sol despierta. Al alba, en el lejanía el rayo que no cesa, como una espada atraviesa, cada lágrima de rocío, creando juegos de luces y destellos, como un soplo sombrío, de diamantes entre y mi tronco y mis hojas, que al pesado yugo del plomo pomeridiano desvanecen. Tras las horas pesadas del día el sol sigue su propio camino en el cielo. Cae la tarde, y con ella, en el confín del mundo, cárdenos y purpúreos faros del ocaso, entre brazos y piernas de gigantes que en cielo juegan, con los colores a su antojo, por pintar con brochas y pinceles de un candil apagado, óleo añil, rojo y pardo. Con la última luz rozando el horizonte llega la noche, y no todas lucen rasas y estrelladas, otras como mordidas y dentadas, la centella, rompe la esfera en estruendos y emergen aguas terribles y oscuras, que desbordan seguras y anegan todo a su paso, ahogan, asfixian y forman ríos de martirio.

No lejos de allí, en lo alto de una montaña se contempla la ribera que entre vientos desbocados y tormentas atronadoras cuaja de flores en el equinoccio de marzo, una espuma blanca y rosácea llena el valle que solo necesita un instante para desaparecer bajo un conjuro de niebla. Coronando la montaña, desde la atalaya, una voz aterida que no calla, lento lame el suelo enredado en un duelo, entre piedras, calles angostas, recoletas y sinuosas simas de un monte escarpado. Inexpugnable, un pulmón en lo alto exhala, a golpe de tambor, una caricia de un labio helado por un soplo de aire inundado de escalofríos de bruma.

Un hechizo de vapor lo oculta en la duda de la sombra, escondidas las lomas y el paisaje, y yo, que soy pesado como la galena, esposado cumplo bajo un velo de silencio y polvo mi perpetua condena, un disfraz de seda gris como sepultura, pero su traje es prestado, y al salir de nuevo el sol se desvanece y vuelve a verse mi desnudo de plomo y jade.

Y así pasan los años, y de la tierra no me canso, a veces dormido, a veces apesadumbrado y taciturno esperando de la flor el fruto, y del fruto el tesoro, esas pepitas de oro que arrancan de entre mis hojas, a golpe de vara, sobre alfombras que cubren el suelo. Esta es mi razón de ser, la razón por la que el pie y el camino me entregaron a la tierra y al tiempo. Y el tiempo ya puso clausura, y yo sigo aquí, desafiante e impertérrito, arrancando del aire y del cante jondo de la tierra su bramido.

De las profundidades de una grieta surge de llamas un quejido, arranca las vidas de mis compañeros, cubre de cenizas y carbón las lomas del valle, y con él se lleva al hombre. Atado yo a él y éste desaparecido, pierdo mi razón de ser y caigo en el olvido donde dejé de contar los días hasta desaparecer entre las nieblas del bosque de ribera.

El sudor de verano en la canícula, la escarcha de los inviernos más fríos endurecen mi tez de plata, dejan heridas, arrugas de agotamiento y muerte. En las primaveras surge, tras las heladas de febrero, de la carne endurecida, borbotones de vida, del tizón se arranca el vigor de la perla hacia el azul del cielo.
Suspirando de las grietas de mi piel de nácar con los años mutilado por anhelos de Luna, consuelos de Sol y sin temer al rayo.

Como cada abril, centenas de pájaros me atropellan, huéspedes que traen leyendas de sus aventuras muy lejanas, cuentan que hay otros como yo, en miles de lugares, pero son forasteros que solo están de paso. Uno se quedó de mi mano en la palma, y ni corto ni perezoso me picó con saña, y yo que furioso lo agarré y blandí varias veces para no escuchar más sus historias, me sorprendí al ver que no había cicatriz ni estaba lastimado, que había sido un beso y yo que con mi ruido que ahora mi pájaro herido está, entre colores serenos, no encuentro un lugar en el vuelo, junto a mis hermanos y hermanas, que perdí prisioneros de las llamas y que hoy me visitan cada mañana en el recuerdo de aquello que un día fueron y me han quitado. Me han arrancado con un puñal de fuego y pólvora las vísceras y me han dejado varado en esta cama de terrones de barro. En mi consuelo de muerte, en mi pesar de vida, desfallezco medio dormido en la helada del inverno, mi corazón tendido, en los más profundo del leño arrebatado cada latido, cada pulso a la noche y al día para brotar de las entrañas, las sangres de mi sabia.

Se han secado los ríos, el suelo se ha cuarteado y no hay murmullos que custodien a los seres de las pozas. Angustia y hambre, una llaga lacerante para el que quiera oírla, un rechinar de dientes, roca contra roca, desgaste. Ni un pan de barro que echarse a la boca.
Una trompeta de muerte ha llamado, y al ritmo de un martillo y un yunque cielo rajado, con una melodía entre mis hojas, los espíritus por mis requiebros y ramas han danzado. Una exhalación de aire bruto y enrarecido como una zarza retorcidos hasta entregar la última gota de dolor en mis pies tendidos.
Pero yo soy obra viva, y esperanza, soy consuelo de la Paloma, blanca, alzándose en el vuelo, más allá de estas colinas, más allá de estas montañas de las dos Españas por la que vivo y muero. ¡Ay!, las dos Españas que yacen heridas con falta de aliento, una rabia que brota como sangre derramada en venganza que no entraña más que la violencia del dormido.

Dos Españas me han amado y ¡Cuanto amar han derramado que el perdón aún no ha surgido!, ninguna de las dos encuentra alivio, y yo, viajero de estas almas, que yacen aquí heridas, suspiro, como coloso de la sombra, atenazado al suelo.

Perseguido un hombre por un gigante sin rostro le dio caza, un estallido le atraviesa el cuerpo y cae a mis pies dando un golpe seco contra el suelo por único sonido. El gigante se desvanece y se pierde entre el río. Lo contemplé como inmóvil se ataba a la tierra, como yo en algún tiempo también lo hice.

Después de cien noches de luna un manto de silencio camina lento sobre él, lo arropa del frío de la noche. No vinieron a buscarlo, quizá nadie recuerda el cuerpo de aquel caído, por el tiempo, el agua y el sol enverdecido.

Sobre las amapolas de su camisa blanca hoy raída, se posaron miles de luciérnagas, cientos de miles de luces verdes y amarillas como un destello intermitente de magia y misterio. Un hechizo de los rumores de la noche, entre grillos y sierpes que entre las sombras se ocultan y de sus formas solo se reconoce el sonido.

En mi sombra, su cadáver, víctima de una mole, de un gigante envilecido, allí sigue, pero de su boca brota un vapor de vida, la verde luz de la aurora, el amanecer de una nueva época alimentado por entrañas y sangre del macilento torso. Un nuevo brote de vida, sano y erguido, que es luz en mi penumbra, destellos de plata, suave y tersa madera joven.

Ya no reconozco aquel hombre que un día estuvo tendido en el suelo, solo veo un compañero de mi misma sangre, de mi misma piel que se alza al cielo con sus ramas. Es un alma pura que en sus hojas lleva la esperanza, en sus flores el concilio y por frutos un corazón entregado. Disfruto de los días ora que con él mi soledad se ha quebrado esperando ora que mis hojas caen y mi cuerpo ya no da fruto a que las horas ya toquen a su fin.

Melifluo

Noche de plutonio te he increpado, el no sentirme más viajero, de todas esas mañanas de enero, donde te he buscado sin fin. Quizá sonámbulo, quizá medio dormido, he seguido ese camino impuesto, paso a paso, huella a huella, arrastrado por la coacción de mis propias ideas. Un traspié en la tierra del imprevisto, atropellado y como absorto, he intercambiado miradas con el ceño fruncido de sonrisa erguida, mas mi final acaba, devastado y de bruces, a tres cruces, una en la garganta, nada más. Tenue, casi imperceptible, un arrollo untado del centelleo blanco de la luna, arrancado de las entrañas de la tierra, sangre que brota de un dragón en tardes de ocaso dormido. Azur, desvanecida, una luz de estrellas que se arrancan la piel en un duelo ante el riel de vapor de sodio.

Mas paré, y otra vez volví a increpar, noche de plutonio, tú que me tenías medio dormido, tú que me devoras las entrañas, arráncame con calma en el camino del sopor, aguas de sus azarbes, aguas que encuentran ninfas de ova entre sus cañizos, y jazmín de sultanas, y perfumes prisioneros de miles de flores. Ante efluvios de la noche se despeina el alma, inhiesta hiedra que por la palmera trepas, se deshace, tenue, casi imperceptible, un susurro hacia la esfera de plata que corona el cielo.

Madrugadas de septiembre

Son las 2 de la mañana, me llevas alto, muy alto, siento como me abrazas por la espalda, no veo tu cara, solo te siento, siento que estás conmigo y eso me da seguridad. Nos vimos por primera vez una noche lluviosa después de un viaje a Madrid y nunca imaginé que tu sonrisa me acompañaría 7 meses, 10 días, 17 horas y 36 minutos hasta quebrarse en ese nudo en la garganta que me sigue ahogando hasta dejarme sin aliento.

Son las 3 de la mañana, me caigo en un océano oscuro, con las manos a tientas busco en vano nadar para no hundirme. Empapado en sudor despierto. A cada paso miré atrás esperando que estuvieras detrás de mí, para decirme, olvídalo todo, para, vamos a hablar. Tomé el metro en Mediterrani, la parada más cercana a su casa sintiendo como se hundían todos nuestros planes juntos, nuestras niñas etíopes, nuestra casa estilo andalusí por la que discutiríamos como diseñarla, cuantos viajes dejaríamos de hacer juntos… y el martilleo de miles de recuerdos, de cada beso, cada abrazo, cada noche que hemos dormido juntos piel a piel, cada tontería para hacerte reír como si fuéramos niños y las infusiones en el sofá viendo pasarela a la fama con esos filetes de carne con queso, aceite y rúcula. Somos muy diferentes, lo supimos al poco de conocernos, pasaste muchas cosas a mi lado, algunas muy duras y difíciles, y aún así permaneciste conmigo. Siento que me han arrancado algo, que ya no estarás conmigo, que nuestros destinos se alejan y lo que fue nuestro se queda en un recuerdo que es arena en mis manos. Te voy a echar mucho, mucho de menos mi ardilla, y me gustaría tenerte toda la vida a mi lado, de una forma u otra, pero sé que es injusto pedirte eso. Lo que más me duele es perderte por nuestras diferencias pero nadie nos podrá echar en cara que no lo intentamos, que no nos amamos, que fue corto el amor mas no lo será el olvido.

Son las 4 de la mañana, he dado mil vueltas en la cama con mis entrañas encogidas esperando olvidar. Esperé todo lo que pude en l’Estació del Nord deseando verte para que me dijeras que no cogiera ese tren. Fui un iluso, esto solo pasa en las películas. Casi sin darme cuenta te fuiste haciendo un hueco en mi corazón, en mi vida, en mi camino y me ayudaste a caminar.

Son las 5 de la mañana. Mi tren está a punto de salir, esperando un grito entre la gente que me quite el nudo de la garganta. A cada paso una mirada atrás, buscado lo que nunca encontré. Subí al tren y miré atrás hasta que la puerta se cerró. Me mantuve en ella, miré y miré, pero no encontré nada cuando la máquina se puso en marcha, cuando aquella máquina me alejaba cada vez más de otro posible desenlace. Dije adiós a Valencia y cerré los ojos. Te pierdo en esa noche lluviosa, pasas de largo con tu paraguas y nunca nos hubiéramos conocido.