El sentido errante

El día parecía tranquilo como otro día más de mis vacaciones, pero hoy no lo sería, la experiencia me decía que no lo sería, lo que me hacía pensar por qué estaba allí.

Bajé a Murcia por una especie de sentido de la responsabilidad, un aliño de empatía y lástima; en verdad, nadie me pidió que lo hiciera pero ese cóctel me obligó de alguna manera a aventurarme otra vez a esa epopeya que de tanto en tanto volvía a fracasar.
Con mis mejores intenciones llegué a aquella casa de mis recuerdos infantiles en Santa Isabel, llamé y después de un rato, consiguió abrirme. Subí hasta la sexta planta. Cansado, sordo, arqueado como una madera vieja… exhausto. Así me recibió, con su clásica cortesía. No cruzamos apenas dos palabras. Tardamos casi veinte minutos en cerrar las puertas de la casa, esas manías que la gente mayor genera en todo y para todo, incomprensibles para cualquiera fuera de su psique, pero tan trascendentales e importantes que se vuelven como las necesidades vitales.

Aquí empezaría poco a poco a colmar mi paciencia, mi buen hacer y mi ganas de ayudar.

Accedí a llevar su coche más por orgullo personal que por ayudar tengo que admitir. Como no podía ser de otra forma no me lo puso fácil, él tuvo que sacarlo de su garaje, era muy difícil para hacerlo yo, solo un experto en la automoción, como él evidentemente, podía hacerlo. No quise herir más a aquel viejo león herido por la edad y preferí mantener su orgullo intacto. Conseguimos salir de aquel aparcamiento y fuimos a recoger a mi madre, a la que compadecía por estar “obligada” a cuidar de él aunque solo fuera unas semanas. Llegamos finalmente no sin medirnos las fuerzas verbalmente en alguna ocasión. Recogimos a mi madre y ayudó a amenizar el trayecto al ser ella quien sacaba constantemente conversación.

Subimos la montaña por encima de la Fuensanta y allí estaba la casa con mis recuerdos agridulces de toda mi infancia, donde habíamos disfrutado felices mis primos, mis hermanos pero la antipatía de mis abuelos, la falta de interés y sus formas incoherentes y groseras fueron apartando a todos de su lado en los veranos.

Era una casa grande, con un espacioso jardín, piscina e incluso un trozo de bosque, cabían allí fácilmente 11 personas eso sin contar los 2 sofás. Era la típica casa en la que cualquier niño podría disfrutar sin medida. Si no fuera por él, el recuerdo más amargo de mi infancia. Era literalmente una bestia, sus palabras como gruñidos y ladridos como un animal creaban un velo de miedo y respeto, sus continuas aseveraciones, su puesto, su experiencia, parecía que él lo era todo y lo supiera todo.

Dejamos las maletas y organizamos nuestras habitaciones. Yo me quedé un rato sobre la cama pensando. Por una parte entendía la situación actual, él había perdido a su mujer, mi abuela. El dolor, la falta de sentido, su deterioro de facultades le hacía vulnerable e irascible. Poco a poco volví a pensar en que en realidad, siempre había sido igual y la empatía o lástima que podía sentir por él se fue poco a poco esfumando.

Yo estaba en uno de los momentos más fuertes de mi vida y no iba a permitir que nada ni nadie pasase por encima de mí. Él ya no tenía ninguna autoridad ni por una parte física, porque ya no me aterrorizaba ni me conseguía amedrentar como cuando era un niño, ni moral, porque en realidad yo me había hecho a mi mismo, había luchado para llegar a ser quien era y ni él ni nadie podía cuestionar mis logros y progresos.

Fueron pasando los días y cada cual me resultó más terrible, muchos recuerdos, la dificultad de ver a mi madre desbordada por la ineptitud emocional de su padre y, sin duda, la terrible actitud de mi abuelo. Sea como fuere aquellos días me permitieron aprender valiosas lecciones, la primera cuál era mi sustrato. De donde venían mis pensamientos, emociones, actuaciones, muchos de mis comportamientos eran heredados de mis padres, de mis abuelos, si quería mejorar debía empezar por estudiarlos, porque siempre es más fácil ver los problemas ajenos que los propios, y buscar soluciones.

La otra parte era romper con los roles que siempre me habían contenido, reprimido o cohibido, con mis familiares y amigos. Si quería resultados diferentes, tenía que actuar diferente. Rebelarme y ser capaz de enfrentarme a la figura de mi abuelo supuso un antes y un después en mi crecimiento personal, me hizo liberar mi lastre emocional y empoderarme como nunca lo había hecho antes.