Primer día de enero

El recuerdo me ha posado en tus ramas como la escarcha en el primer día de enero. A tu vereda siento el abrigo del frío que me sonroja la nariz y mejillas. Me hace pensar en ti.

Mi almendro de flores, ¡Les he dicho que mienten!, mi niña, mi niña bonita, les he dicho que mienten. Les he dicho que ha llegado la primera y con el azul del cielo tus flores parecen más vivas, más coloridas, más tú.

Una brisa, sin hacer ruido, te meciste entre las ramas del almendro en flor. En su madera tallaste tu despedida, un marzo 24 de hace 6 años. 6 años que te fuiste mi niña, que te ataste a la tierra y que en el aire vuelas libre, mi niña bonita.

Sigues siendo la luz y el fruto, sigues siendo el tesoro. Anclado en el tiempo se ha quedado tu raíz y tu tronco como si nada hubiera pasado, como si en la memoria aún estuvieras.
Se han caído las hojas y en pétalos he enjuagado mis lágrimas, prometo volver a visitarte, un rato cada día.

Tu que me has acompañado en las etapas más duras de mi vida, donde todo lo había dejado y ahora tu me dejas solo. Me has enseñado a creer en mí mismo, me has curado las heridas con el aceite de tu fruto.

Ahora he aprendido a no arrepentirme de mi propio vuelo, la amistad no es prisionera, no es jaula ni cárcel. Hoy te llevo en mi bolsillo compañera junto a mi pañuelo de amargura. El recuerdo me ha posado en tus ramas como la escarcha en el primer día de enero.

La fragilidad del agua

Fugaces son las estrellas que surcan el cielo. Efímeras las hojas cayendo de álamos y chopos. Insignificante la danza de la sultana. Pasajera la sonrisa de un amigo. Trivial el arrullo del agua. Perecedero el eco de la última nota antes del aplauso. Superfluo el sueño de mis fantasías. Baladí la ilusión. Humano. Líquido. Voraz.

Todo vale, nada queda. El problema de las sociedades modernas es que es difícil pronosticar cuál será el siguiente paso, cómo se desarrollará la siguiente crisis, dilema y como sabemos tan poco sobre ello nos sentimos impotentes.

Si uno no es capaz de predecir como las cosas evolucionarán, no puede tomar medidas de precaución, entonces, no nos podemos defender, prepararnos, los hechos nos toman por sorpresa, nos sentimos arrastrados y la vida nos sacude y golpea violentamente.

La planificación del futuro desafía nuestros hábitos y costumbres, las capacidades que aprendimos, las pasiones que dejamos, la experiencia dada que nos ayuda a superar los escoyos del camino. Los espacios son virtuales, los mercados volubles, las personas intercambiadas y las ilusiones frágiles como el agua.

24 de marzo

El deseo de una casualidad desaprovechada, una segunda oportunidad, el billete recomprado en una taquilla de Sants para llegar a alguna parte de la calle Bailén.

El frío volvía a llenarme de la ilusión que perdí por la ciudad condal. Mi nariz helada me traía el recuerdo de cómo me daba el aire en la cara cuando iba en moto de un lado a otro de María Claret. Bajar Diagonal fue dando el color, que había perdido hacía varios meses, a mis visiones que solo eran en blanco y negro.
Nada fue intempestivo, todo transcurrió sutil, sencillo, sin pretensiones. Comenzamos a hablar, de todo, quizá de nada, de lo que fue, de lo que no era.

No me sentía nervioso como otras veces, pero el hecho de querer agradar sin que se produjeran silencios incómodos me hacía hablar en exceso, siempre más de la cuenta. Empezamos a hablar de música. Nos miramos y surgió ese momento inefable.

Le robé un beso en la primera nota del solo de saxofón del Waltz nº2 de Dmitri Shostakovich. Recorrí cada curva, cada surco de su piel. Un momento surealista e intenso. Esas manos calientes me calmaban el frío que traía de la calle en Barcelona. Sonreía de nuevo, me perdía en sus manos, nuestras miradas se perdían buscando algo más profundo que la pupila. Era un diálogo sin articular palabra, la piel tenía su propio lenguaje.

Quise compartir algo más de mí mismo, quizá buscando una respuesta a un interrogante que me llevaba toda la noche rondando la cabeza. Dejé que sonaran las Gymnopédies de Satie y mi duda se contestó sola. El tiempo pasó melifluo concediéndome un montón de sueños y fantasías, proyecciones de miles de futuros y con ellos me quedé dormido.

El sentido errante

El día parecía tranquilo como otro día más de mis vacaciones, pero hoy no lo sería, la experiencia me decía que no lo sería, lo que me hacía pensar por qué estaba allí.

Bajé a Murcia por una especie de sentido de la responsabilidad, un aliño de empatía y lástima; en verdad, nadie me pidió que lo hiciera pero ese cóctel me obligó de alguna manera a aventurarme otra vez a esa epopeya que de tanto en tanto volvía a fracasar.
Con mis mejores intenciones llegué a aquella casa de mis recuerdos infantiles en Santa Isabel, llamé y después de un rato, consiguió abrirme. Subí hasta la sexta planta. Cansado, sordo, arqueado como una madera vieja… exhausto. Así me recibió, con su clásica cortesía. No cruzamos apenas dos palabras. Tardamos casi veinte minutos en cerrar las puertas de la casa, esas manías que la gente mayor genera en todo y para todo, incomprensibles para cualquiera fuera de su psique, pero tan trascendentales e importantes que se vuelven como las necesidades vitales.

Aquí empezaría poco a poco a colmar mi paciencia, mi buen hacer y mi ganas de ayudar.

Accedí a llevar su coche más por orgullo personal que por ayudar tengo que admitir. Como no podía ser de otra forma no me lo puso fácil, él tuvo que sacarlo de su garaje, era muy difícil para hacerlo yo, solo un experto en la automoción, como él evidentemente, podía hacerlo. No quise herir más a aquel viejo león herido por la edad y preferí mantener su orgullo intacto. Conseguimos salir de aquel aparcamiento y fuimos a recoger a mi madre, a la que compadecía por estar “obligada” a cuidar de él aunque solo fuera unas semanas. Llegamos finalmente no sin medirnos las fuerzas verbalmente en alguna ocasión. Recogimos a mi madre y ayudó a amenizar el trayecto al ser ella quien sacaba constantemente conversación.

Subimos la montaña por encima de la Fuensanta y allí estaba la casa con mis recuerdos agridulces de toda mi infancia, donde habíamos disfrutado felices mis primos, mis hermanos pero la antipatía de mis abuelos, la falta de interés y sus formas incoherentes y groseras fueron apartando a todos de su lado en los veranos.

Era una casa grande, con un espacioso jardín, piscina e incluso un trozo de bosque, cabían allí fácilmente 11 personas eso sin contar los 2 sofás. Era la típica casa en la que cualquier niño podría disfrutar sin medida. Si no fuera por él, el recuerdo más amargo de mi infancia. Era literalmente una bestia, sus palabras como gruñidos y ladridos como un animal creaban un velo de miedo y respeto, sus continuas aseveraciones, su puesto, su experiencia, parecía que él lo era todo y lo supiera todo.

Dejamos las maletas y organizamos nuestras habitaciones. Yo me quedé un rato sobre la cama pensando. Por una parte entendía la situación actual, él había perdido a su mujer, mi abuela. El dolor, la falta de sentido, su deterioro de facultades le hacía vulnerable e irascible. Poco a poco volví a pensar en que en realidad, siempre había sido igual y la empatía o lástima que podía sentir por él se fue poco a poco esfumando.

Yo estaba en uno de los momentos más fuertes de mi vida y no iba a permitir que nada ni nadie pasase por encima de mí. Él ya no tenía ninguna autoridad ni por una parte física, porque ya no me aterrorizaba ni me conseguía amedrentar como cuando era un niño, ni moral, porque en realidad yo me había hecho a mi mismo, había luchado para llegar a ser quien era y ni él ni nadie podía cuestionar mis logros y progresos.

Fueron pasando los días y cada cual me resultó más terrible, muchos recuerdos, la dificultad de ver a mi madre desbordada por la ineptitud emocional de su padre y, sin duda, la terrible actitud de mi abuelo. Sea como fuere aquellos días me permitieron aprender valiosas lecciones, la primera cuál era mi sustrato. De donde venían mis pensamientos, emociones, actuaciones, muchos de mis comportamientos eran heredados de mis padres, de mis abuelos, si quería mejorar debía empezar por estudiarlos, porque siempre es más fácil ver los problemas ajenos que los propios, y buscar soluciones.

La otra parte era romper con los roles que siempre me habían contenido, reprimido o cohibido, con mis familiares y amigos. Si quería resultados diferentes, tenía que actuar diferente. Rebelarme y ser capaz de enfrentarme a la figura de mi abuelo supuso un antes y un después en mi crecimiento personal, me hizo liberar mi lastre emocional y empoderarme como nunca lo había hecho antes.

La esfera de mi trascender

Aquel día sucedieron cosas terribles, pero otras, sin embargo, fuero maravillosas.

Cerré los ojos y nada sucedió. Quise sentir y no podía. Volví a insistir, esta vez prestando más atención a cada palabra, cada nota y nada sucedió. Frustrado lo dejé de intentar, sentía mucha ansiedad por no ser capaz de hacer bien un ejercicio tan sencillo. Me dije, por lo menos disfrutaré de la música y el ejercicio de relajación.

En ese momento mi viaje comenzó sin darme cuenta, algo que jamás se volvería a cerrar, como un descubrimiento, la puerta de mi existencia, esperándome para cuando quisiese volver a entrar.

Me sumergí, abrí mi corazón, latía sin parar, lo sentía como desbordado me explotaba en el pecho. Abrí mi sentimiento y sentí los latidos tan rápidos y violentos que pensé que moriría de un infarto. Abrí mi entendimiento, mi comprensión y sentí dolor, profundo y punzante. Poco a poco mis latidos fueron cesando, más suaves. El lugar donde me encontraba era oscuro y húmedo, todo se fue inundando de un líquido amniótico, todo se llenó de un líquido viscoso en mi mente. Estaba atrapado, me resistí, aguanté la respiración pero sentía que me ahogaba. Cuando no pude más tragué el líquido que me fue colmatando los pulmones. No me ahogué, la sensación era extraña, podía respirar pero mis pulmones estaban llenos de líquido. Dejé por un momento de lado la razón, sin intentar explicar aquel fenómeno tan extraño y miré mis manos, eran suaves y pegajosas, empapadas por ese líquido que todo lo rodeaba.
La piel de mis manos era sutil, miré el resto de mi cuerpo, también lo era, tenue, frágil. Mi cuerpo producía un centelleo desde el interior. Una tormenta de destellos rojizos como los rayos se deslizan entre las nubes en una borrasca. Una luz atravesando mis músculos, vísceras, piel, todos mis tejidos que eran frágiles y esponjosos.

Miré entonces mi barriga, allí estaba, un cordón del que solo veía su final conectado a mi cuerpo. Mas allá, el cordón se difuminaba en la oscuridad.
Mi luz se fue volviendo más intensa agolpándose a borbotones por todo mi torso como bolas que recorrían mi cuerpo levantando mi piel. Comenzaron a salir pequeñas bolas de luz fuera de mi cuerpo, como granos de arena luminosos, parecieran miles de luciérnagas alumbrando la oscuridad de aquel lugar.

Aquellos granos de luz fueron juntándose hasta formar una bola. La bola comenzó a producir destellos de una luz blanca, aquella esfera terminó por explotar en un destello que me deslumbró. Iluminó todo el espacio. Era un océano, lleno de un líquido ligero, azul, salpicado de destellos. Nadé, era libre, tenía mayor dominio de mis extremidades, pero el cordón en mi barriga seguía unido a mí. Lo miré, se prolongaba más allá del agua, apenas le di importancia, estaba más preocupado por explorar el océano y nadar que por la unión que me conectaba con el exterior.

Nadé durante bastante tiempo persiguiendo destellos de luz que se alejaban de nuevo conforme yo me acercaba. Comencé a bajar, buceé profundo donde casi no había luz y empecé a percibir un burbujeo que provenían de unas luces verdes, rojas y amarillas. El agua se calentaba al acercarme. Finalmente vi aquel magma que provenía de la tierra, viscoso, caliente del que emanaban burbujas, ceniza y humo. Toqué aquella lava que brotaba del fondo del océano, sentí como el pinchazo de una aguja en la punta de mis dedos y el agua se fue solidificando, tan lentamente que no me di cuenta hasta que ya era evidente que no podía nadar, todo era sólido.

Permanecí un tiempo sin poder moverme, petrificado por aquella roca que me contenía. Su espíritu se proyectó con el mío. Una memoria antigua me mantuvo inmóvil, quieto en el ahora, en un presente continuo sin futuro ni pasado que me costó entender, donde la vida, la suya y la mía, nuestros espíritus perduraban eternamente.

Una raíz empezó a resquebrajar la roca, el molde que me contenía inmóvil, paralizado en el tiempo. Poco a poco la raíz fue hundiéndose hasta liberarme. La raíz no se detuvo ahí, se metió por mis uñas, por mi nariz y por mi boca, por todo lugar donde encontró espacio para poder hacerlo. El cordón que me unía en mi barriga también se convirtió en raíz, y ésta, se metió en mis vísceras. Sentí como las raíces me rompían la piel, mis órganos, en un proceso de metamorfosis que no pude parar. Mi piel cayó al suelo, seca, inerte, con mi propio rostro, vacío.

Yo era parte del árbol, de la raíz a las hojas. Ella, como la roca me hizo conectar con un pasado muy antiguo, donde el tiempo no existía, las cosas no eran ni serían, todo es. En ese momento, como si cada segundo vivido o por vivir lo viviera en el aquí y ahora.
La raíz me dio seguridad, confianza, me hacía sentirme parte de un todo mayor. La raíz me mostró el espacio, las estrellas, los planetas y la luna, me mostró también como se consumen las estrellas y nacen, todos los misterios del cosmos hasta sus oscuridades más profundas y terroríficas.
Quise tocarlo, sentirlo con mis propios dedos pero estaba inmóvil y las yemas de mis dedos eran de la raíz. Le pedí que me dejara marchar, le dije que aunque la amaba como parte de mí no era libre y debía recuperar mi forma y caminar solo.

Aparecí solo en la oscuridad, miré mis manos, allí estaban. También estaban mis pies. Mi cordón había desaparecido. Era grande, de la estatura de un adulto. Caminé, todo estaba oscuro, diáfano, tenía miedo.

Comencé a correr, en todas direcciones, ni si quiera sabía por qué, estaba asustado, el corazón me volvía a latir a mil por hora. Pero entonces lo encontré a él. Me detuve en seco, y lo miré. Era mi yo, mi yo cuando tenía 8 años. Llevaba aquella esfera de luz azul en sus manos, no hablamos, él podía hablar en mí mente y yo en la suya, sus pensamientos eran los míos y viceversa. Me preguntó ¿Yo te he perdonado? ¿Y tú?, me ofreció aquella esfera azul brillante que me comí. Lo vi sonreír y desapareció.

En ese momento abrí los ojos. En ese momento mi viaje comenzó sin darme cuenta, algo que jamás se volvería a cerrar, como un descubrimiento, la puerta de mi existencia, esperándome para cuando quisiese volver a entrar.

Sentimiento trágico de la vida

Hay dos tipos de personas: los que temen a la muerte y los que no. Yo soy de los segundos. He participado de la muerte, del no existir, del desaparecer, he querido morir, he muerto muchas veces, por eso no temo a la muerte, a mi propia muerte, a imaginar mi propia muerte.

Siempre he sido libre porque no tengo miedo a la muerte, es ella quien me teme. Desde la oscuridad la observo como una bestia acechando su presa, esperando con sigilo, desde la sombra, a saltar sobre ella.
Mi confesión de muerte es mi testimonio de vida, a no ver en la muerte mi condena sino un premio ansiado, un regalo de la propia existencia al propio ser.

Aquí espero el mármol que no leeré en el que ya están escritos fecha, ciudad y epitafio.

Delirios

Ante las tinieblas a las que se avoca mi país soy incapaz de permanecer impasible. Callar a veces equivale a mentir y es ahora cuando la palabra toma su mayor valor para que mi silencio no sea interpretado como aquiescencia.

Un día oscuro para España porque hoy es el día del fracaso de la política, el diálogo y la razón. La preocupación deja paso al miedo y la desesperanza. Una nación gloriosa que no debe olvidar su sustrato, la conciliación del dolor de una España arrullada por la guerra, el hambre y la miseria.

No quiero ver a mi nación consumida por las llamas del odio, prefiero que siga siendo una historia terrible pero superada del pasado de este país.

Guerra de trincheras en donde el pueblo se lanza a pecho descubierto, un pueblo embelesado por palabras de rabia de quienes no conocen las secuelas de la guerra.

Es ahora cuando más importancia tiene hacer verdadera política y donde la propia clase intelectual tiene que volver a dotar de coherencia los discursos pronunciados. Apelo también a la humanidad de cada español que ante el sufrimiento ajeno ha tendido siempre la mano, a dado su pan aún a renuncia del propio y que se caracteriza por su empatía.

Que la súplica de la razón llegue para interponerse ante las palabras envenenadas de la mala política. Hay que tener optimismo y no dejarse arrastrar por el miedo, es hora de ser valientes, de acercar posturas, ser moderados, aprender a escuchar y solo así vencerá el diálogo.

La piedad siempre será mejor que la violencia, la compasión siempre será mejor que el grito y porque hay mucho más que nos une que nos separa.

El correo, el make up del dominio y hosting

No suelo publicar este tipo de entradas, normalmente escribo más sobre literatura, filosofía, historias de mi vida personal pero como algunas personas me preguntaron y esto no deja de ser una historia de mi vida me voy a lanzar a por ello.

El correo es una parte muy importante para tu imagen de cara a constituirte como empresa, autónomo e incluso buscar trabajo. Tener un correo con una extensión propia, como por ejemplo pedro@perez.com, ofrece una imagen personal diferenciadora y hoy en día marcar la diferencia puede suponer que un cliente acepte o no tus servicios o bienes que ofreces.

Aparentemente es algo muy sencillo e incluso podríamos decir que tonto. Tener nuestra extensión típica de @gmail.com, @hotmail.com, @microsoft.com, no nos perjudica a la hora de trabajar. Sin embargo, cuando una empresa te da su correo ¿Por qué no tiene la extensión típica que ofrecen los servidores de correos? Las empresas grandes tienen dominio y hosting. Para no enrollarnos el “dominio” es un nombre y el “hosting” es donde guardarlo.

Tener una extensión por defecto o una propia funcionalmente no nos mejora o perjudica a la hora de trabajar… ¿O quizá sí?. Tener un correo personalizado implica primero que has necesitado comerte la cabeza para pensar un nombre y poner en el asador toda tu creatividad para seleccionar el mejor nombre, de tu empresa, tu perro, tu ciudad o posiblemente tus apellidos. Además, como mínimo tendrás que saber qué es un dominio y comprarlo. Para la mayoría de los mortales esto del dominio ya empieza a dar dolor de cabeza y precisamente es lo que te hace diferenciarte, no es que vayas a ser un hacker por tener tu propio dominio pero al principio si eres lego en la materia te hace sentirte como si lo fueras.

En segundo lugar aunque no en todos los casos tendrás un hosting para albergar ese dominio. En mi caso es donde está mi página web y, por tanto, también mi dominio. No obstante, las cuentas de correo también hacen de hosting para tus correos y contenido que recibas.

¡Espera!, esto no es un camino de rosas, tener un dominio, un hosting y una cuenta personalizada de correo cuesta dinero, dependiendo del país, el tiempo, la cantidad de usuarios, incluso la actividad. Por tanto, piénsatelo bien antes de lanzarte y hacerlo. Encamina tu actividad, piensa a largo plazo y planifica, y entonces, y solo entonces, da el paso porque puede ser el empujón que te haga falta para mejorar tu imagen.