El fragor de la batalla

Ya vuelven los sabores callados,
ya se sienten las banderas de Parma,
ya se ven los olores cantados,
ya se huelen los sentimientos del alma.
Los caballos cesan movimientos
ni brisas ni vientos,
un Sol de aplomo, calor abrasante
ni una nube, azul, sólo azul.
Los pies en la Tierra,
el peso de la armadura
casco, coraza, escudo
preparado para la batalla.
Al otro lado, a una gran distancia,
una muchedumbre enloquecida
turbia, inquieta, temerosa de las armas.
Aquí, ahora el tiempo no pasa
con una solemne melodía
en el fondo del corazón y cuatro palabras,
prudencia, justicia, fortaleza y templanza,
todas a las ordenes de mi señor.
Ya se oyen las trompetas,
ya se oyen los tambores
y cualquiera diría que son ángeles
que bajan a los infiernos y se llevan las almas.
Los primeros gritos, sangre, flechas,
cruce de acero, rechinar de los dientes.
Segunda fila, turbio remolino, polvareda,
sed angustiosa, tragar de saliva.
Nuestro turno, a golpes me abro paso,
a golpes de espada y espada.
Último soldado frente a frente,
último revés, diez estocadas,
dos giros pero su último destino
saborear su carne mi acero.
Cual es mi sorpresa,
cual es mi desdicha
donde no hubo promesa
ni final ni perdición.
Un sangre de mi sangre,
mi alma torturada
pues entre mis brazos yace,
un hijo mío.
Y ya se oyen las trompetas
y ya se oyen los tambores
y cualquiera diría que son ángeles
que bajan a los infiernos y se llevan las almas.

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