III Carta a la vendedora de hinojo

Estaba, entre el bullicio de la gente, comprando mi billete, gritos, pasos. Gente, gente y más gente, ruido de tacones, ruido de pisadas y susurros, ruido de ruidos. ¡Señor su billete!; ah, gracias. Cogí mi pasaporte y miré al andén. Me senté en un banco, hacía frío, era de noche, y la luz del farolillo de color amarillo mortecino apenas iluminaba por completo la estancia; el túnel negro como la noche. Y hacía un frío, ni mi abrigo tres cuartos negro me abrigaba de aquel gélido escalofrío que calaba en los huesos. A mi lado un hombre. Ya nadie quedaba en ese andén, el bullicio se había convertido en soledad; pero aquel hombre cubierto por los cuellos de su abrigo y, ese sombrero, lo hacían más oscuro. A cada calada que le daba al interminable cigarro, despertaba, con las ascuas de las cenizas, su rostro poco a poco. De repente, un pitido, a lo lejos del túnel se iluminaba con dos luceros; de nuevo el pitido; el cese de su movimiento calmadamente y los humos envolviéndolo todo. Me giré y el hombre desapareció. ¡Pasajeros al tren! Dijo un joven de rayas. Subí con mi billete en la mano y una vez dentro leí: tren de media noche.
Busqué mi asiento, pasé por cubículos y cubículos de cuatro asientos, hasta que llegué al que me tocaba, ciento treinta y cinco.
Una señora joven, vestida de negro y con un sombrero de pamela, fumaba con el filtro largo, que ahora tanto se estilaba, un cigarro. A cada calada parecía reducir su estrés. Preocupada, nerviosa, sólo Dios sabe si en aquel tren estaba por obligación. Entró el revisor a pedir el billete. Caballero, gracias; señora, gracias, tengan ustedes una grata estancia, si desean algo ya lo saben. La señora que tenía delante de mí, giró la cabeza de lado a lado sin mediar palabra pero, puede verle el rostro.
Miré por la ventana pues, me pareció grosero seguir observando de reojo  a aquella mujer.
La noche reinaba tras la ventana y, la llovizna resbalaba por el cristal. Fue un susurro, un leve susurro, paladeado suavemente.
Tren de media noche ¿Adónde te diriges? Entonces, sólo entonces supe, adonde llevaban las vías de la máquina de vapor, de aquel… Tren de media noche.

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