Las ruinas del tiempo

En el corazón de un gran valle rodeado de palmeras y cruzado por el río Éufrates, allí el mundo rivalizaba con lo divino; el verso, el Sol y el humano se fundían en uno para consolidarse en roca, roca con la que los templos, los palacios y toda aquella magnánima arquitectura se levantaba hacia el cielo.
Era el paraíso, naturaleza y arquitectura se confundían, jardines exuberantes, flores que estallaban de color a en sus macetas, palmeras que se clavaban como espadas en el cielo, enredaderas que lo cubran todo con un intenso manto verde.
Las estatuas de los ídolos acampaban a sus anchas, dioses petrificados a un lado y otro de la ciudad, que algún día seguro corrieron libres por el mundo, desatando sus pasiones y conflictos, mas hoy guardan silencio, presas de un mal conjuro del hombre, hoy guardan desafiantes los secretos de lo divino ante la mirada de los humanos.
El agua allí era la sangre de la vida, no faltaba ni una fuente, ni una acequia en esa maravillosa ciudad; regada un lado y otro para dar el verdor intenso con el que se cubría con pudor la roca desnuda. El reflejo de la ciudad en el agua creaba un magnifico enigma, ¿Había ciudad tan bella aunque sólo fuera en su reflejo? ¡Por los dioses!, ni en un espejo sería tan bella.
Mercantes discurrían por las aguas del Éufrates, traían exóticas telas, perfumes de oriente, especias de más allá de los límites del mundo, donde la mano de Dios no había si quiera creado más tierra.
Entre calzada y calzada se erigían templos dedicados al Sol y los pájaros los alababan con sus cantos, miles de piedras y minerales adornaban las construcciones, azules, verdes, rojos, amarillos con mosaicos de animales, con pinturas de hazañas, de mitos, de leyendas en las que el hombre se alzaba triunfante.
El olor de sus calles era limpio y puro, era el aroma de un dios, reconfortaba el espíritu, hacía casi enloquecer, tan elegante y solemne que hacía perderse en su inmensidad.
Cuando el Sol en el horizonte se ponía, en la ciudad se desataba la magia, los ídolos parecían cobrar vida, los ciudadanos comenzaban a prender los candiles y las hogueras, la vida se transfiguraba hacia lo místico de la luz y la sombra, sonaban los instrumentos, danzaban aquellos seres, y la noche los abrazaba suavemente hasta hacerlos desaparecer entre las tinieblas.
Esa ciudad no podía ser una ciudad, debía ser el palacio de un dios en la Tierra.

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