La sombra del coloso

He nacido de la tierra mora, entre el crepitar de aquel que me recuerde, allí, dónde la raíz al suelo muerde y el agua de sus azarbes enamora. A la Vega le debo la vida y el alma.

El murmullo que se desliza entre sus orillas, acequias y norias custodia mi espíritu y sus ecos se sienten en la tierra y se huelen en el aire. Mientras las ranas y sapos borbotean en los remansos del arroyo, el sol despierta. Al alba, en el lejanía el rayo que no cesa, como una espada atraviesa, cada lágrima de rocío, creando juegos de luces y destellos, como un soplo sombrío, de diamantes entre y mi tronco y mis hojas, que al pesado yugo del plomo pomeridiano desvanecen. Tras las horas pesadas del día el sol sigue su propio camino en el cielo. Cae la tarde, y con ella, en el confín del mundo, cárdenos y purpúreos faros del ocaso, entre brazos y piernas de gigantes que en cielo juegan, con los colores a su antojo, por pintar con brochas y pinceles de un candil apagado, óleo añil, rojo y pardo. Con la última luz rozando el horizonte llega la noche, y no todas lucen rasas y estrelladas, otras como mordidas y dentadas, la centella, rompe la esfera en estruendos y emergen aguas terribles y oscuras, que desbordan seguras y anegan todo a su paso, ahogan, asfixian y forman ríos de martirio.

No lejos de allí, en lo alto de una montaña se contempla la ribera que entre vientos desbocados y tormentas atronadoras cuaja de flores en el equinoccio de marzo, una espuma blanca y rosácea llena el valle que solo necesita un instante para desaparecer bajo un conjuro de niebla. Coronando la montaña, desde la atalaya, una voz aterida que no calla, lento lame el suelo enredado en un duelo, entre piedras, calles angostas, recoletas y sinuosas simas de un monte escarpado. Inexpugnable, un pulmón en lo alto exhala, a golpe de tambor, una caricia de un labio helado por un soplo de aire inundado de escalofríos de bruma.

Un hechizo de vapor lo oculta en la duda de la sombra, escondidas las lomas y el paisaje, y yo, que soy pesado como la galena, esposado cumplo bajo un velo de silencio y polvo mi perpetua condena, un disfraz de seda gris como sepultura, pero su traje es prestado, y al salir de nuevo el sol se desvanece y vuelve a verse mi desnudo de plomo y jade.

Y así pasan los años, y de la tierra no me canso, a veces dormido, a veces apesadumbrado y taciturno esperando de la flor el fruto, y del fruto el tesoro, esas pepitas de oro que arrancan de entre mis hojas, a golpe de vara, sobre alfombras que cubren el suelo. Esta es mi razón de ser, la razón por la que el pie y el camino me entregaron a la tierra y al tiempo. Y el tiempo ya puso clausura, y yo sigo aquí, desafiante e impertérrito, arrancando del aire y del cante jondo de la tierra su bramido.

De las profundidades de una grieta surge de llamas un quejido, arranca las vidas de mis compañeros, cubre de cenizas y carbón las lomas del valle, y con él se lleva al hombre. Atado yo a él y éste desaparecido, pierdo mi razón de ser y caigo en el olvido donde dejé de contar los días hasta desaparecer entre las nieblas del bosque de ribera.

El sudor de verano en la canícula, la escarcha de los inviernos más fríos endurecen mi tez de plata, dejan heridas, arrugas de agotamiento y muerte. En las primaveras surge, tras las heladas de febrero, de la carne endurecida, borbotones de vida, del tizón se arranca el vigor de la perla hacia el azul del cielo.
Suspirando de las grietas de mi piel de nácar con los años mutilado por anhelos de Luna, consuelos de Sol y sin temer al rayo.

Como cada abril, centenas de pájaros me atropellan, huéspedes que traen leyendas de sus aventuras muy lejanas, cuentan que hay otros como yo, en miles de lugares, pero son forasteros que solo están de paso. Uno se quedó de mi mano en la palma, y ni corto ni perezoso me picó con saña, y yo que furioso lo agarré y blandí varias veces para no escuchar más sus historias, me sorprendí al ver que no había cicatriz ni estaba lastimado, que había sido un beso y yo que con mi ruido que ahora mi pájaro herido está, entre colores serenos, no encuentro un lugar en el vuelo, junto a mis hermanos y hermanas, que perdí prisioneros de las llamas y que hoy me visitan cada mañana en el recuerdo de aquello que un día fueron y me han quitado. Me han arrancado con un puñal de fuego y pólvora las vísceras y me han dejado varado en esta cama de terrones de barro. En mi consuelo de muerte, en mi pesar de vida, desfallezco medio dormido en la helada del inverno, mi corazón tendido, en los más profundo del leño arrebatado cada latido, cada pulso a la noche y al día para brotar de las entrañas, las sangres de mi sabia.

Se han secado los ríos, el suelo se ha cuarteado y no hay murmullos que custodien a los seres de las pozas. Angustia y hambre, una llaga lacerante para el que quiera oírla, un rechinar de dientes, roca contra roca, desgaste. Ni un pan de barro que echarse a la boca.
Una trompeta de muerte ha llamado, y al ritmo de un martillo y un yunque cielo rajado, con una melodía entre mis hojas, los espíritus por mis requiebros y ramas han danzado. Una exhalación de aire bruto y enrarecido como una zarza retorcidos hasta entregar la última gota de dolor en mis pies tendidos.
Pero yo soy obra viva, y esperanza, soy consuelo de la Paloma, blanca, alzándose en el vuelo, más allá de estas colinas, más allá de estas montañas de las dos Españas por la que vivo y muero. ¡Ay!, las dos Españas que yacen heridas con falta de aliento, una rabia que brota como sangre derramada en venganza que no entraña más que la violencia del dormido.

Dos Españas me han amado y ¡Cuanto amar han derramado que el perdón aún no ha surgido!, ninguna de las dos encuentra alivio, y yo, viajero de estas almas, que yacen aquí heridas, suspiro, como coloso de la sombra, atenazado al suelo.

Perseguido un hombre por un gigante sin rostro le dio caza, un estallido le atraviesa el cuerpo y cae a mis pies dando un golpe seco contra el suelo por único sonido. El gigante se desvanece y se pierde entre el río. Lo contemplé como inmóvil se ataba a la tierra, como yo en algún tiempo también lo hice.

Después de cien noches de luna un manto de silencio camina lento sobre él, lo arropa del frío de la noche. No vinieron a buscarlo, quizá nadie recuerda el cuerpo de aquel caído, por el tiempo, el agua y el sol enverdecido.

Sobre las amapolas de su camisa blanca hoy raída, se posaron miles de luciérnagas, cientos de miles de luces verdes y amarillas como un destello intermitente de magia y misterio. Un hechizo de los rumores de la noche, entre grillos y sierpes que entre las sombras se ocultan y de sus formas solo se reconoce el sonido.

En mi sombra, su cadáver, víctima de una mole, de un gigante envilecido, allí sigue, pero de su boca brota un vapor de vida, la verde luz de la aurora, el amanecer de una nueva época alimentado por entrañas y sangre del macilento torso. Un nuevo brote de vida, sano y erguido, que es luz en mi penumbra, destellos de plata, suave y tersa madera joven.

Ya no reconozco aquel hombre que un día estuvo tendido en el suelo, solo veo un compañero de mi misma sangre, de mi misma piel que se alza al cielo con sus ramas. Es un alma pura que en sus hojas lleva la esperanza, en sus flores el concilio y por frutos un corazón entregado. Disfruto de los días ora que con él mi soledad se ha quebrado esperando ora que mis hojas caen y mi cuerpo ya no da fruto a que las horas ya toquen a su fin.

Akra Leuké

Como muchas historias todo empieza con un viaje, más frío que de costumbre cuando apenas el otoño había deshecho sus maletas.

En una habitación el click de las teclas de un ordenador, el respirar de cualquier persona o simplemente el rumor de la calle se volvían asfixiantes para aquel chico. Quizá nunca sabré que fue, quizá no lo sabía ni él, pero algo en su cabeza gritó muy fuerte, ¡Corramos antes de que la realidad nos atrape!, salió del edificio y mirando hacía los dos lados de la calle, cruzó y continuó caminando. El día era como unos de esos días en los que no sucede nada pero esperas que suceda algo, mientras espera que suceda se tomaba las cosas con calma. Siguió caminando, el otoño, como dije, había deshecho sus maletas para instalarse mas solo permanecía en la mañana y la noche, a partir del medio día se iba de bares y acostumbraba a dejar un tórrido verano murciano en aras de la primavera. Siguió caminando, no se trataba de ser esperado o esperar, él no creía en que el destino te busca, sino tú a él, no pretendía que el mundo le llevara, odiaba sentirse dominado, él llevaba las riendas del mundo, de su mundo, al menos, eso le gustaba pensar a él.

Llegó a su destino, bueno, lo que parecía un destino agradable, allí se quedó unos minutos, en realidad no pensó que fuera su destino, simplemente le trajo recuerdos agradables y decidió pararse, acostumbraba a fantasear con todo. Le gustaba pararse e imaginar qué serían las cosas si tomara esta elección y no otra, como habría sido algo si no se hubiera producido ese otro algo, así en una sucesión finita hasta llegar al agotamiento cuando decidía parar ese diálogo absurdo entre su mente y un mundo ficticio. Cuando dejó de imaginar entelequias se fijó en el cielo, azul, como acostumbraba a estar el cielo en aquella ciudad que apenas llovía y que el sol pegaba bien fuerte casi todo el año. Alguien le gritó ¡Corramos antes de que la realidad nos atrape!, se giró, pero no vio a nadie, ¿Se estaría volviendo loco?, se acercó y compró un billete. No estaba seguro de que lo que había hecho estuviera bien o mal, si era bueno o malo, simplemente no se lo planteó, tenía dudas, sí, muchas, pero ¿Qué más daba?, él no se habría recriminado nada, mejor pedir perdón que permiso, él era lo que era porque siempre había sido libre de los pensamientos de los demás, había apostado, había arriesgado y ¿Cuántas veces había perdido?, pero y ¿Cuántas había ganado?, la sonrisa que le producía aquello era suficiente para seguir con ese juego.

Al día siguiente un tren le esperaba aunque en realidad era al revés, se montó y esperó a sentir como el motor deslizaba 157 toneladas por el raíl. El viaje se hizo corto, le gustaba recrearse en el paisaje que había visto tantas veces, que no le importaba ver una vez más.

Allí estaba el deseo de reencontrarse consigo mismo, una premisa para soltar lastre, callejear para dar esquinazo al pasado y empezar a glorificar el presente, y porque no, también el futuro. Recorrió la noche en busca del punto más alto, donde plata era el mar y a mar sabía el capricho que llevaba dentro. De espuma oscura eran las salpicaduras y el frío cortaba la piel, ¿pero qué más da?, corrió antes de que la realidad lo atrapase, miles de centellas tintineantes afirmaban su hazaña.

Se tuvieron cerca y se perdieron en sus miradas, en el sabor de sus besos y lágrimas, atesorando la espera del momento un momento después, entre piel y piel su olor, como huelen dos almas al acariciarse, Tchaikowsky y su souvenir de Florencia de fondo.

Historias que la boca no se atreve a contar, que solo el cuerpo cuenta, esos ojos rasgados, dedos que pasan entre su pelo eran una buena razón para amar, para que se amaran, como se atrapan entre sus alas dos pájaros para hacerse uno, la pérdida de cuando se te va alguien, ¡Que vuelen todos los sentimientos de pérdida!.
La incapacidad de sentirse libre, incapaz de dejar de echar de menos, todo, tout ça m’est bien egal, c’est paye, balaye, oublie, je me fous du passe. Hasta incluso aquellas cosas malas que nos suceden tienen algún sentido.

Melifluo

Noche de plutonio te he increpado, el no sentirme más viajero, de todas esas mañanas de enero, donde te he buscado sin fin. Quizá sonámbulo, quizá medio dormido, he seguido ese camino impuesto, paso a paso, huella a huella, arrastrado por la coacción de mis propias ideas. Un traspié en la tierra del imprevisto, atropellado y como absorto, he intercambiado miradas con el ceño fruncido de sonrisa erguida, mas mi final acaba, devastado y de bruces, a tres cruces, una en la garganta, nada más. Tenue, casi imperceptible, un arrollo untado del centelleo blanco de la luna, arrancado de las entrañas de la tierra, sangre que brota de un dragón en tardes de ocaso dormido. Azur, desvanecida, una luz de estrellas que se arrancan la piel en un duelo ante el riel de vapor de sodio.

Mas paré, y otra vez volví a increpar, noche de plutonio, tú que me tenías medio dormido, tú que me devoras las entrañas, arráncame con calma en el camino del sopor, aguas de sus azarbes, aguas que encuentran ninfas de ova entre sus cañizos, y jazmín de sultanas, y perfumes prisioneros de miles de flores. Ante efluvios de la noche se despeina el alma, inhiesta hiedra que por la palmera trepas, se deshace, tenue, casi imperceptible, un susurro hacia la esfera de plata que corona el cielo.

Tan temprano madrugó la madrugada

En un julio cálido abrió la madrugada las puertas para darte la bienvenida. Tranquila, tomada de la mano te fuiste desde la tierra huertana con tu maleta, soplo de aire cargado de recuerdo.
La noticia me arranca un consuelo de golpe helado, un arrebato convertido en alivio de impotencia lacerante. Serenidad aguda. Una evocación se evapora, diluye, de lo que es hoy, ahora, una cáscara vacía. Tierra desmembrada en islas. Colapso de un oxímoron viviente destroza mi cuerpo en un silencio.
Ese beso en la mejilla que entrega tu tiempo. Lento. Más lento. Tu vida, reproducida a cámara lenta. Cada día. Cada hora. Cada segundo. Un péndulo silencioso. Apacible. Delicado. Una marca de lapsos temporales cada vez más extensos. Verte andar, relajada, disfrutando de la brisa del camino, espuma de mar. Sol. Luna. Oscuridad. Un fin prolongado en el tiempo. 6:21 de un jueves 13 de julio de 2017. Te lo llevas todo.
Calla. Mantente en silencio. Abre tus ojos y seca tus lágrimas. Saben a mar. No es mi marcha una interrogación, soy una respuesta viva. Mira mis ojos, mi sonrisa ¿Hay dolor?, ¿Hay miedo? Me he entregado a un viaje preparado cada día para partir. En este viaje no hay maleta, este viaje se hace, desnudo, solo con el corazón levantado. Alto. Muy alto.

Marguerite

Primera parte: La joven de la ventana
Segunda parte: El hombre del sombrero

Vano dolor, desdenes de palabras quebradas, cristales rotos que a roca precipitan como hojas de plata al suelo, deseos de una historia que bajo marca de fuego forja un comienzo iluso. Sin apenas un segundo de deliberación, no hay consuelo para aquellos que en el tintineo de un candil derraman lágrimas de amarga desdicha e irritación. Fue renacer entre habladurías el criterio propio.

Marguerite esperaba fuera, había entornado la puerta, ponía sus manos rozando ligeramente sus labios, blancas manos de arpa la señalan cómplice de una vida esclava. Marguerite saca de su bolsillo una caja envuelta en un pañuelo. Traga una de sus pastillas. Siente como se desliza por su garganta. El amor es una inconsistencia se dice ella. Le gusta deslizar su mano izquierda por su cuello, su garganta hasta llegar a su escote, su pecho. Aprieta fuerte y coge su camisa con fuerza. El amor es una inconsistencia, sólo aquello que es puramente inalcanzable repele a la razón y atormenta al alma.

Marguerite vuelve dentro, coge la llave en la mesa, quedan dos días por delante hasta el lunes que tenga que volver. Le gusta dar una ojeada cuando todo está en calma, ordenado. Se queda unos minutos mirando a través del escaparate la calle, como las gotas lamen los cristales y los negros adoquines. Se pone su gabardina y el gorro de la mesa. Baja la persiana. Un sentimiento agridulce le abate siempre que los viernes es la última en volver a casa. Veintiún minutos. Turbia noche de neblina tul. Marguerite odia los paraguas y prefiere salir sin él, camina por los soportales con el único rumor de sus zapatos contra el suelo. El goteo incesante empapa cada calle, cada tejado, cada hueso en la ciudad. Escucha como es costumbre cada viernes para llegar a casa el golpeo de las cuatro campanadas que le recuerdan la hora. Acelera el paso. Casi está llegando a casa. Un hombre con sombrero camina por la plaza. No puede evitar sentirse nerviosa. Camina un poco más rápido, sin parecer desesperada. Le quedan muy pocos pasos para llegar a la puerta. Intenta sacar las llaves del bolso pero no las encuentra. Rebusca en él cada vez más nerviosa, como un torrente desatado al pánico. Siente aproximarse algo detrás. Encuentra la llave y forcejeando con la cerradura para abrirla caen al suelo, en un segundo intento más afortunado consigue entrar. Cierra inmediatamente y exhala el aire contenido. Golpean la puerta varias veces. Marguerite se da la vuelta, aterrada no puede dar ni un paso, se le han bloqueado las piernas. Alguien al otro lado forcejea el pomo de la puerta. La puerta comienza a abrirse en una oscuridad azul. Contra la pared Marguerite al final del recibidor colapsada por el pánico no puede dar ni un paso. La puerta se abre del todo y solo puede ver la silueta de quien camuflado entre la noche se dispone a entrar.