VI Carta a la vendedora de hinojo

Que decirte…

Despierto en cada instante y todo parece efímero… me aborda la duda y el temor de los años, del tiempo; ese miedo a acabar, a desaparecer, esa angustia de pocos segundos al saltar del trampolín a la piscina; lo que sienten los recién nacidos al salir del vientre materno, el miedo a lo desconocido, el vértigo a una altura inalcanzable.
La experiencia me dice que de todo se sale, todo se cura menos la muerte, que siempre hay luz en el faro, que al fondo, a lo lejos, casi en el borde del mundo el sol asoma tintineante pequeñas chiribitas de su luz. Pero qué es del que espera, que consuelo nos queda ante la llegada. El que espera, desespera, y el que viene nunca llega…
La vida es una carrera de obstáculos, de pruebas, de retos, de aventuras, tendré que escucharme más a menudo para asumir esas palabras que hace años dije en público:

“Hoy toca zarpar hacia otro puerto y no sabemos bien lo que nos depararán las aguas turbulentas, pero con el faro que tenemos seguro que seguiremos la ruta, y si alguna vez nos perdemos, seguro que terminaremos encontrando las costas de una vida llena de sorpresas y aventuras”

Estos años las cosas han cambiado mucho, que te voy a decir, creo que todos caminamos en el sendero del cambio, ya es el devenir una constante. Me pongo retos cada vez más grandes, más peligrosos, más ambiciosos, tengo que echar el freno, reflexionar, asentarme como aquellas rocas sedimentarias. Ahora soy un rio turbulento, un fango arcilloso que discurre sin control, quiero que las cosas sean más lentas, necesito parar, apreciar mejor cada instante, cada segundo; sentirlo todo sin prisas.

A veces… algunas mañanas, pasa ese instante ciego y sonoro en que mi mente es pura, blanca, como etérea. Es entonces cuando la luz sopla con pavor por la ventana, temblorosa e impúdica pero impetuosa y altiva, y… siento… siento como haber muerto, y haber nacido, como cuando todo se para; parece que las motas infinitesimales de polvo se colapsaran en un segundo y flotaran inmóviles en ese halo que llega hasta mis ojos; y es la brisa del dia, del perfume salitre, de un recuerdo el que le sigue a coro. El fresco me roza las mejillas… el pelo… y no puedo evitar esbozar una sonrisa simple, humilde, una sonrisa de paz y satisfacción, una sonrisa que trasciende lo físico.
Es en ese momento, en el que me veo mi propia alma, mi verdad absoluta, me veo desnudo sin pudor alguno, soy yo, sin circunstancias, sin problemas, sin dudas, sin miedos, sin nada más que yo; veo mi retrato, veo aquel retrato de un chico, me veo a mi yo de antes, y daría todo por volver a ese recuerdo, al que con mis manos me aferro, el que me ha dado tanta vida cada día, al que aprieto con fuerza pero no puedo evitar que se me escape por los dedos instantes después de despertarme… y mi mente se enturbia… se colapsa de humo…
¿Qué sería sin mis recuerdos?, soy un recuerdo, seré recuerdo, y algún día ni un vapor tan etereo como esas reminiscencias del pasado, algún dia seré nada… soy nada… fui nada…

Requiem aeternam dona eis Domine.
Et lux perpetua luceat eis.
Requiescant in pace.

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