Delicada ciudad polvorienta

En aquella esquina de la plaza Santa Catalina, desapercibido, silencioso, aguarda al visitante Ramón Gaya. Como no podría ser de otra forma, el pintor abre las puertas de su casa, espíritu que caracteriza a cualquier murciano. Cientos, quizá miles de veces habría pasado por delante de aquella casa. Que desconocida me era aún mi propia ciudad.

No resultó ser Ramón mi preferido, y no por falta de matices ni sutilezas, ni tampoco por cantidad o calidad en sus obras. Sin embargo, encuentro en sus amigos Luis Garay y Pedro Flores otra sustancia pintoresca que me atrae.

Al margen de estas palabras y sin que estas sirvan para menospreciar ni mucho menos su vida y obra, diré que, siento admiración por muchos de sus actos, encerrados en sus textos y palabras a través de las cuales hoy me llega su potente voz, una voz profunda y sincera.

Comparto la visión de su Murcia, mi Murcia, nuestra Murcia ni levantina, ni andaluza como se puede tener la tentación de suponerla, ni tampoco mitad y mitad, como podría pensarse por su situación fronteriza. No es de Murcia el duende, sino el espíritu, el que se oculta tras la sombra del viento, de su susurro inaudible solo para aquel que sensible cierra sus ojos y admira una gloria pasada. Murcia es esa sustancia del no sequé, sin región ni regionalismo, sin carácter, amable, sincera, como el patrimonio del olvido.

Una Murcia de entonces, una Murcia de ahora, una delicada ciudad polvorienta, de una vigorosa sustancia desvaída.

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