Y los sueños, sueños son…

Una vieja historia decía que en el mundo tenemos a alguien que es como nosotros, que aunque no lo conozcas de nada y aunque nunca lo hayas visto te conoce igual que tú a ti mismo; es el mejor amigo, es, como decirlo, tu alma gemela. La verdad es que la historia que voy a contar no es más ni menos cierta que una fantasía, un sueño; es muy real y muy veraz en el mundo que hay al otro lado del espejo, en el mundo que surge cuando se cierran los ojos.

Con la rutina poco solía darme cuenta de quien depositaba en mí sus ojos, siempre tan ocupado, siempre pensando en lo mío, de aquí a allá, trabajo, trabajo, y nada más que trabajo, todo el santo día de aquí para allá; mis papeles en la mano y la casualidad o simple torpeza, quien sabe, pero todos mis papeles al suelo, como de película americana, y yo con un cabreo, recogiendo mis papeles, echando sapos y culebras a quien accidentalmente se había tropezado conmigo, alcé un poco mirada para acabar mi sermón cuando, me quedé preso de una mirada, preso de unos ojos, de su pupila, sentí esa mirada cómplice, ese sentimiento de, te conozco de toda la vida, una confianza inexplicable, fue eterno, hasta que volví al mundo de los vivos, con todos mis papeles en el suelo y, los dos recogiéndolos. Una vez recogidos, me levanté y volví a mirar, esta vez disimulando un poco; se presentó y me dijo su nombre pero, poco importa eso, para mí siempre será ojos azules y, con un suave lo siento dio media vuelta y se fue. Yo regresé a mi despacho con mis papeles, el ordenador y los compañeros.
Después de todo aquello estaba un poco espeso, más denso de lo habitual, a media mañana salimos a tomar un café todos los compañeros. Buena falta me hacía si quería despejarme y terminar los informes; todo el mundo hablando de lo suyo, y yo, en mi nube, suspirando entre ensoñación y ensoñación. Un compañero, vio que estaba un poco distraído, apenas había dado un par de sorbos al café y mis suspiros estaban ya haciendo un huracán, me dijo entre susurros, que, tú te has enamorado; yo, un poco desconcertado, pues esa afirmación me había sorprendido, no hice otra cosa que espetarle un no, e irme de morros, claro estaba que ese no, era un sí, e irme de morros era darle la razón, fue girarme y saltar de la mesa tras dos pasos cuando me dijo, ¡Enamorarse no es tan malo!, debe ser, le dije yo, él único amor que tengo son estos papeles y el ordenador, ¡Qué más puedo pedir!, y le dejé con su risa maléfica.
Al final del día, terminando el papeleo, ultimando algunas cosillas y preparando mi maletín para volver a mi casa, como todos los días, vi que me faltaba algo, pensaba que se habían ido todos y, no había reparado en que no estaba solo en la habitación, ojos azules había venido a darme un papelajo que se me había caído, me dio un susto de muerte pero, ya tenía el papel que me faltaba para irme a casa, me pidió disculpas por el susto, yo se las acepté y con una sonrisa decidí irme a mi casa; ojos azules se quedó pensando, quería decir algo pero, quizá por la falta de valor o por cualquier otra cosa, no me dijo nada. Yo le insistí, parece que tienes algo que decir, ojos azules asintió y dijo, no, no es nada, sonrió y se paró en seco, volviendo a decir esta vez algo diferente, ¿Puedo acompañarte a donde quiera que vayas?, no sé porque le dije que sí, tampoco sé porque lo volvería a hacer, no le conocía de nada, sólo de esa mañana, sólo de esa mirada, pero era como si le conociera, así que le dije que sí. Fuimos en el ascensor y, que mala suerte la mía que se quedó parado, ley de Murphy, si algo puede salir mal, saldrá mal, bueno por lo menos estaba con ojos azules y, sabiendo que nadie estaba ya en el edificio, que no había cobertura, sólo tenía que esperar al día siguiente. Nos quedamos hablando mucho tiempo y, de repente, se hizo el silencio, me miró, me besó y le seguí el juego. Al día siguiente nos sacaron y muy contento volví a mi trabajo. Ojos azules y yo empezamos a salir, hasta que un día dejó de llamarme y de verme, me dijo que no podía seguir conmigo, que era mejor así, que ya entendería el porqué algún día; yo, tonto de mí, monté en cólera y, por la boca muere el pez, le dije que mejor que se hubiera muerto, que estaba muy bien yo solo, y otras barbaridades pronunciadas en un arrebato de ira.
Pasó el tiempo y arrepentido de mi error volví a su casa a pedirle disculpas; me abrió la puerta una persona desconocida, pregunté por ojos azules y me dijo, ah tú eres el chico ese, esto es para ti y, cerró la puerta. Era una carta.

¿Qué tal?, si estás leyendo esto es porque ha sucedido lo inevitable, no te guardo rencor por lo que me dijiste, me lo merezco ,fui muy egoísta contigo, todos los días te veía con tus papeles, y por falta de valor no me acercaba a ti, quizá fue el destino o simple torpeza, pero doy gracias por aquel día, doy gracias por aquel momento y por todos los demás que estuve contigo, pero ya ves, metástasis, si no hubiera intercedido el destino me hubiera arrepentido para siempre de no haber hecho lo que siempre había querido.
Quizás es mejor que dejes todo esto en el recuerdo, pero lo único de lo que me arrepiento de verdad es haber tardado tanto, no vivas toda la vida pensando en lo que podrías haber hecho y no hiciste, no cometas el mismo error que cometí yo.

Te quiere, ojos azules.

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