I Carta a la vendedora de hinojo

Cuán difícil es para mí expresar lo que siento, te diría tantas cosas pero tenemos tanto tiempo por delante, terrible desgracia es no poder conocerte nunca por completo, sólo de eso me arrepiento. Confío hoy más en Dios porque esto no puede haber sido casualidad del destino, quiero que compartas conmigo tu felicidad, pues yo la comparto contigo, pero quiero sobretodo que compartas tu pena conmigo, pues yo la comparto contigo. La sólida roca y la pluma, ambas, miran al peregrino en su marcha en día soleado pero, al llegar la noche, el viento llega y la pluma desaparece, y lo que parece ligero y suave vuela en busca del día y la luz, pero la roca permanece al lado del peregrino indicándole el camino, si éste se fija en sus señales. Hoy te diré que me acompañes, hoy el gran lucero acaece en el horizonte, baña cada rincón de su vista dando paso a sus claroscuros en la inmensidad del bosque, el cálido color del ocaso del lucero se torna purpúreo y melancólico, cárdena dio paso, cada instante me abandona, pero vuelve a mi esta luz, ahora de esa esencia que alumbra tanta oscuridad, la noche está estrellada, y tiritan azules los astros, a lo lejos, el viento de la noche gira en el cielo y canta, es tan corto el amor y tan largo el olvido.

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