Seres, más seres

El protagonista se mueve de un lado a otro en la cama. Son las 6:47 y aun el despertador no ha sonado. La habitación está en penumbra, llena de bártulos e inmersa en un caos que por caótico parece un cosmos de libros y recuerdos de un eclecticismo no muy lejano. La luz todavía no incide por la ventana. El otro ser de la misma habitación dormita más allá del sueño en lo que parce una muerte profunda. El protagonista abre los ojos entre sudores y piensa.
– Parece que el día ha llegado, como me gustaría cambiarlo todo, ir atrás en el tiempo con lo que ya sé y, cambiarlo todo, o mejor, parar el tiempo y hacer lo que me diera la gana, o saberlo todo y hacerlo todo mejor que nadie… ah y ser el más guapo, por pedir que no quede.
El protagonista suspira y el ser que parecía inerte dormitando a un lado hace amagos de vida. El protagonista coge el móvil y ve la hora. 6:53.
– Porque no serán las cosas más fáciles, una barita, un poder mágico, un genio, un pez de esos de los cuentos o inspiración divina, ¿Es qué es tan complicado?, parece que sí…
El protagonista se mulle la almohada en un vano intento para mejorar su comodidad, pero no lo consigue. Mira al techo, pero todo está negro. Vuelve a mirar el móvil. 6:56. Suspira y cambia de posición mientras desespera. Cierra los ojos y piensa.
– Bueno, la suerte está echada, no puedo ser tan negativo, tengo que vivir y a veces viviendo se cometen errores, son los riesgos de vivir, errar es humano; maldito tiempo cuando quieres que avance parece que se vuelve rígido y lento, y cuando quieres que vaya más lento, corre como alma que lleva el diablo, al fin y al cabo somos esclavos suyos hagamos lo que hagamos.
Maldice casi en silencio. Suena el móvil con música moderna, algo así como fusión de electro y dance. Se levanta. Va al aseo. Se mira.
– Dios mío, ¿Estaré muerto?
Se pellizca y le duele. Se le ven las ojeras envolviendo una cara de sueño aderezada con unos ojos llorosos y algo rojos que afean el color verde azulón de su iris, los labios secos y la boca pastosa le hacen la expresión congestionada y el pelo entre rubio y pelirrojo tan alborotado como si una manada en estampida hubiera transitado su cabellera terminan haciéndole un ser deplorable.
– No, sigo en el mundo un día más, que ilusión… Señor llévame pronto.
Deambula con el móvil en la mano a modo de linterna. Va a tientas como palpando las paredes. El sueño se apodera de él y suelta un bostezo. Está llegando a la cocina y gira la cabeza a la izquierda. Vislumbra el salón y a través de la ventana se cuela la luz del alumbrado público. Todavía es de noche. Prepara el desayuno y se sienta a ver embobado el calendario de un día sí y otro también.
– ¿Quién hará estos calendarios?, son tan feos… por lo menos dicen el día y son gratis, menos da una piedra.
Formula una cuestión retórica que acostumbra a decirla diariamente. Echa un trago de leche y dos galletas, repitiendo el proceso varias veces hasta que se termina el vaso. Se pone a mirar una de las figuras de madera plana que tiene pinta de ser un cocinero. Por la disposición de este “cocinero” sus ojos miran siempre a todo aquel que ose mirarle.
– Ya me estás mirando de nuevo, tengo un cansancio… dormiría mil años y aun tendría sueño, tú si que me comprendes cocinero, tú no te preocupes te llevaré algún día al restaurante de Ferran Adriá.
La paranoia asalta al protagonista y comienza un desvarío hasta que se levanta. Friega los platos del desayuno. Va al pasillo oscuro con el móvil de candil hasta el baño. Entra. Abre el grifo. Se desnuda. Entra en la ducha quedándose un rato bajo el corro de agua caliente.
– Me quedaría siglos aquí, pensando únicamente en no pensar con el calor de la ducha.
Vuelve al mundo real. Cesa su rutina diaria de ducha y aseo personal. Con la mano quita el vaho se ha depositado en el espejo. Se mira.
– Parece que el fantasma del sueño me ha abandonado, vuelvo a parecer humano.
Quedan aun unas cuantas horas. Coge las llaves y el móvil, antes utilizado de candil. Sale de la casa. Sube las escaleras. El amanecer está poco a poco entrando por las ventanas del edificio. Llega a lo alto y el calor del edificio se agolpa arriba. Abre la puerta. Entra al terrado. Se posa en uno de los muro del terrado. Se hace un silencio muy largo hasta que sale el Sol por completo. Comienza una reflexión.
– Me queda tanta vida por delante, piénsalo bien, toda mi vida ha ido sucediendo como el agua de un río, encauzada sin más destino que llegar al mar y depositarme allí. Toda la vida viviendo como se supone que uno debe vivir, haciendo lo que uno debe hacer pero, ¿cuántas veces me he parado a decir, qué es lo que quiero, qué es lo que pienso, qué es lo que siento?, ¿he tomado acaso enserio estas preguntas?, puede que llegue el día que tenga mi trabajo, tenga mi casa, tenga todo lo que creía que debía tener y diga, ¿es realmente lo que yo quería?
Mira el reloj. Ya es la hora y no queda mucho tiempo. Sale del edificio. Anda hacia su destino y el Sol y el ambiente fosco pegan durante todo el trayecto. Llega al edificio rojo. Desierto. Desapacible. Lleno de ese aroma de edificación soviética y burocrática que hacen de la estancia un puro tramite. El ambiente enclaustrado y rancio. El calor mortecino y estridente que hacen sentirse como un extraño. Almas deambulan errantes de un lado a otro. Sube las escaleras. Asaltan los recuerdos. Segunda planta. Tercera. Pasillo. Puerta a lo lejos. Un ente tras ella hace amagos de que se siente el protagonista.
Comienza el recuerdo del “ser” que se le muestra delante al protagonista.
De todas las criaturas del Señor, ésta, sin duda, era en la que el Creador había gastado menos tiempo; acostumbraba a llevar, tacones, la pregunta importante y vital era ¿Por qué?; este “ser” estaba plagado de porqués, éste no era ni el primero ni el último en esta descripción. Como dije, tacones, que parecían comprados en el más sucio y pobre mercado, por decir diría que fueron comprados en los arrabales del Rabat de siglos atrás, si se hubieran inventado en aquellos siglos los tacones. La visión ascendente de su persona le hacía un flaco favor, enfundada en unas mallas fucsia fosforito agredían a la vista, llegando incluso a producir desprendimiento de retina y graves problemas oculares, a quien, tras largos periodos, se fijaba en aquella grotesca imagen.
Sus piernas parecían baquetas de batería, pero no llegaban ni a eso, decir que eran como agujas o alfileres lo asemejaba más a la realidad. Si se ascendía algo más, y si las corneas no habían sufrido una combustión espontánea, se sufría el riesgo de expulsar violentamente el contenido estomacal, era, y atentos, la hendidura que las mallas producían en la delantera de su cuerpo; era una placa discordante, una sima abisal, un vórtice espacial hacia otro mundo donde la luz no sólo era absorbida como en un agujero negro, sino que, no contenta con ello, le aplicaba la mayor de las torturas, que ni Stephen Hawking ha llegado a estudiar, se le ha catalogado con la mayor de las peligrosidades, y muchos guardacostas fueron allí a poner la bandera roja, pero todos murieron en el intento.
Si tras tan esperpéntica calamidad la Parca no te acechaba con su hoz lo haría el más hediondo de los olores, que se manifestaba en un perímetro considerable a la redonda de esta criatura del Señor. Su olor, tan estridente y agudo penetraba en las fosas nasales como Atila el huno en tierras romanas, no hay palabras ni ser terreno para poder definir o explicar tal violencia olfativa, por eso me he tomado el placer de ponerle nombre, el Aliento de la Muerte.
Su estilismo hortera quedaba empequeñecido por todas las debacles que a continuación relataré. Pelo rubio, al más puro estilo platino, eso sí, diez o más dedos de raya negra, que desde la raíz a las puntas se bañaba en un suculento aceite de ensalada, que culminaba en una diadema de metal, pero para metales los que llevaba repartidos entre cuello y manos; mucho, no es suficiente para definir la cantidad de oros que llevaba alrededor del cuello, aunque sus manos incrustadas en anillos no se quedaban atrás, anillos que representarían la colección de maridos, o debería decir, “Exmaridos”, porque tenía pinta de viuda negra.
He de decir que lo que a continuación viene podría herir la sensibilidad del lector, por eso aconsejo a mis queridos lectores que si aprecian la vida se salten estos renglones, por su salud, la de sus córneas y la tranquilidad de sus sueños.
Su cara decrepita, desfigurada, con los ojos casi precipitándose hacia el abismo, inyectados en sangre y con la pupila bañada en la desgracia de sus victimas, su piel idéntica a la superficie lunar, con una incipiente boscosidad vellosa  en torno a aquella “superficie”, su nariz era un iliada y sus labios una odisea. Eso no era humano, no podía serlo.
Se sienta el protagonista y comienza el examen. Tras muchas horas le llega un dolor de cabeza y al terminar comenta con los amigos el examen. Decide, pues el dolor no le deja aguantar más, abandonar el recinto y volver a casa. Una vez allí se acuesta y entre la penumbra del cuarto con las persianas bajadas cesan sus pensamientos y se condensan todos en el gran dolor. Entra un ser a perturbar la paz inducida de aquella estancia. Comienza una guerra de hostigamiento sin cuartel. Este “ser”, lo llamaremos a partir de ahora el Iracundo, pues en él la paz y la relajación son tan sólo un mero sueño en una mente que ni puede concebirse. Procede, el Iracundo, a manejar ciertos artilugios del tipo, libros, cambiándolos de sitio, trajinando con los lápices, así durante un período considerable de tiempo. Al parecer el Iracundo tenía un nervio en su interior y procuraba descargarlo con otros seres más cercanos, buscaba lo que se llama una trifulca, una pelea, sino física, por lo menos verbal.
El protagonista en ese preciso momento estaba más orientado a la contemplación de su dolor, que en la acción, no obstante, el Iracundo estaba siendo un potenciador básico y clave en el dolor mental y, el protagonista en un momento ya de falta de paciencia articuló palabra.
– ¿Podéis cesar en vuestro trajín?
– ¿Perdona?
– Habéis oído bien, cesad pues.
– Esta habitación es tan mía como tuya y puedo hacer lo que me de la gana.
El protagonista suspiró con parsimonia.
– Tu estulticia me trepana las meninges.
Pensó después en no haber dicho eso, pero era demasiado tarde y se desencadenó una lucha ardua que fue extendiéndose como el fuego en verano, una lucha entre dos facciones, aunque claro, una de ellas tenia graves problemas en la cabeza de su “gobierno”. Mientras tanto a el Iracundo le brillaban los ojos porque vio un claro objetivo, ojos que se acompasaban de una expresión de sorpresa y exclamación.
– Fue a hablar, que de todos los hipócritas, tú eres de todos ellos el que hace bandera y lo proclama.
– ¡Ja! ¿Y crees que haces las cosas con fines más lícitos?, yo al menos  no estoy podrido de odio y resentimiento hacia una sociedad a la que considero ajena, distante e inferior.
– Volvió a hablar quien no sólo malinterpreta, sino no contento con ello termina prostituyendo el saber.
– Cesad ya esta escabechina, pues vuestro fétido olor a ignorancia termina produciéndome arcadas.
– Espero que no utilicéis ese vomito para alguna de tus tertulias en la que sólo se oyen tus balbuceos petulantes alrededor de cuatro sapos a los que crees llamar amigos y a los que te encanta verlos croar.
– Yo he podido como poco poder disfrutar de lo que es la amistad, de la comprensión, de la complicidad, eso de lo que nunca disfrutaréis porque nunca podrás poner en manos de otra persona ni un ápice de confianza, ni un poco si quiera, te escondes como un topo sacando las garras al mundo.
– Deyecto en vuestra palabrería.
– Parece que eres sólo cáscara, vives tanto mi vida o la vida de los demás que ¿tú qué tienes?, nada, te da miedo vivir, tú vida está vacía, árida, es un desierto de desgracias, pero yo en cambio podré ser mil veces lo que decís, se podrá cernir sobre mi la desgracia, podré sufrir infortunios pero yo, yo y sólo yo puedo decir que si sólo viviera las virutas de mi vida pagaría al barquero para que me trajera de nuevo si la muerte me abordase. ¿Podríais decir vos eso?
– Volved a vuestra cloaca mental a retorceros entre jaqueca y jaqueca, reptil de la retórica.
Dio media vuelta y se marchó entornando levemente la puerta. El día acaeció tras una tormenta y liberó al protagonista de la terrible migraña. Sólo en la casa, se asomó al balcón, como acostumbraba cada tarde, pero esta vez sin nadie alrededor.
La calle desierta, un diluvio ennegrecido se planto en toda la ciudad de punta a punta, los árboles rugían con sus ramas a cada requiebro del feroz viento, de una forma atrayente la extraña sensación mortecina de la lluvia había calado muy fríamente todo a su alrededor, con ella sobrevinieron los candiles que en fila se encendieron llegado su momento.
Y sobre aquel balcón se perdieron los recuerdos, las dudas, los miedos, los dolores, desapareció en una noche anunciada por el clamor de los truenos. Noche oscura, vacía, tranquila y ante todo una gota más del destino que corría cada día un poco con el incansable rumor del reloj hasta el fin de los tiempos.

Un pensamiento en “Seres, más seres

  1. Siento que el protagonista esta agotado de la vida, o mas bien, de cierta rutina y monotonía, pero sabes un secreto…al abrir los ojos cada mañana debería buscar una pequeña motivación, algo que le impulse, algo que le de vida a su interior.

    Por otra parte, algo que es inevitable en el ser humano es el hacerse preguntas…por qué, para qué…, pero piensa qué es mas preocupante, si el echo de hacerte las preguntas o la respuesta en sí.

    P.D.: La máscara de oxígeno pasará a la historia.

    Meissa, 1100 años luz.

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