Carta IV a la flor de té.

Era una mañana de verano en la antigua Grecia, el día radiaba esplendoroso, estábamos en la ciudad de Atenas y los atenienses, como cada mañana, se reunían en el ágora para comprar y hablar.
La plaza estaba atestada de gente, a la cual más nerviosa, parecían miles de hormigas vestidas de túnica blanca, todos a su labor, en alguna tertulia, haciendo transacciones o simplemente luciéndose ya fuera haciendo música, danza, o mostrando el lujo de las joyas.
En aquella plaza, el ágora, confluían ideas de todos los tipos y los matemáticos, físicos, astrónomos y todos los filósofos enlazaban sus pensamientos con las armas de las que disponían, la oratoria en todo su esplendor.
De repente, sin previo aviso, se escucharon unos gritos; como dije, era por la mañana y todos los atenienses estábamos en el ágora y el corazón nos dio un vuelco al escuchar los gritos ¿sería algún guardia avisando del ataque espartano, de Argos, de Megara o de Corinto? ¡Podrían ser hasta persas!
La tensión caía como plomo sobre las cabezas y se hizo el silencio para escuchar el mensaje que portaban aquellas palabras.
– ¿¡Os merece seguir viviendo?!
No sabía si eran más duras mis especulaciones sobre los persas o las ridiculeces que gritaban en el ágora.
– ¿¡Decidme la verdad, merece la pena seguir viviendo?!
El ágora entera se giró a ver quien espetaba tan “amargas” palabras; no nos sorprendió lo que vimos; era un joven llamado Átalo, cautivaba con sólo mirarlo, era increíblemente perfecto, seguramente Adonis lo miraría con celos; este “hijo de afrodita” encandilaba cuando hablaba, y no tanto por sus palabras, sino más bien por la belleza que le caracterizaba, terminaba haciendo que todo mortal, por buen juicio que tuviera terminara cambiando de opinión; tan seguro estoy de ello, que si se propusiera llamar a la Luna, Sol y al Sol, Luna terminaría haciéndonos creer a todos que eso era cierto.
La plaza se sumió en la duda, de si merecía la pena vivir; seguramente algún pergamino de oriente había caído en manos del chico, pergaminos de esos que hablan de la vida y la muerte, de vidas en el más allá, de un Dios único y verdadero, pero en manos de un joven, perfectamente podía malinterpretarse.
Un hombre se levantó, era un hombre mayor que lucía una túnica púrpura, anciano, barba blanca y dijo en voz alta y clara de forma severa y sin vejez en su voz:
– Sí, merece la pena. Con que la vida me brindara la mitad de lo que me dio seguiría mereciendo la pena. Aunque el aliento de la muerte estuviera a cada instante, y aunque el mañana fuera incierto, la vida seguiría mereciendo la pena.
Se hizo el silencio en la plaza pública y todos los atenienses volvieron en sí; tras el misterioso hechizo se disipó duda alguna, vivir merecía la pena.

2 pensamientos en “Carta IV a la flor de té.

  1. Querido G:

    ¿Cómo estás? Espero que de maravilla. Por aquí todo va bien aunque algo estresada como siempre :D. Viendo una cosa por Internet me he acordado de tí y quería que lo disfrutaras, seguro que te gusta :D.

    Espero verte pronto, cuídate, besos

    PD: Ya tengo el carnet del coche 😀 y he aprobado con buena nota mi primer examen de la Universidad!!

    Como he dicho, que tengas suerte y y hablaremos guapo :D.

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