La esfera de mi trascender

Aquel día sucedieron cosas terribles, pero otras, sin embargo, fuero maravillosas.

Cerré los ojos y nada sucedió. Quise sentir y no podía. Volví a insistir, esta vez prestando más atención a cada palabra, cada nota y nada sucedió. Frustrado lo dejé de intentar, sentía mucha ansiedad por no ser capaz de hacer bien un ejercicio tan sencillo. Me dije, por lo menos disfrutaré de la música y el ejercicio de relajación.

En ese momento mi viaje comenzó sin darme cuenta, algo que jamás se volvería a cerrar, como un descubrimiento, la puerta de mi existencia, esperándome para cuando quisiese volver a entrar.

Me sumergí, abrí mi corazón, latía sin parar, lo sentía como desbordado me explotaba en el pecho. Abrí mi sentimiento y sentí los latidos tan rápidos y violentos que pensé que moriría de un infarto. Abrí mi entendimiento, mi comprensión y sentí dolor, profundo y punzante. Poco a poco mis latidos fueron cesando, más suaves. El lugar donde me encontraba era oscuro y húmedo, todo se fue inundando de un líquido amniótico, todo se llenó de un líquido viscoso en mi mente. Estaba atrapado, me resistí, aguanté la respiración pero sentía que me ahogaba. Cuando no pude más tragué el líquido que me fue colmatando los pulmones. No me ahogué, la sensación era extraña, podía respirar pero mis pulmones estaban llenos de líquido. Dejé por un momento de lado la razón, sin intentar explicar aquel fenómeno tan extraño y miré mis manos, eran suaves y pegajosas, empapadas por ese líquido que todo lo rodeaba.
La piel de mis manos era sutil, miré el resto de mi cuerpo, también lo era, tenue, frágil. Mi cuerpo producía un centelleo desde el interior. Una tormenta de destellos rojizos como los rayos se deslizan entre las nubes en una borrasca. Una luz atravesando mis músculos, vísceras, piel, todos mis tejidos que eran frágiles y esponjosos.

Miré entonces mi barriga, allí estaba, un cordón del que solo veía su final conectado a mi cuerpo. Mas allá, el cordón se difuminaba en la oscuridad.
Mi luz se fue volviendo más intensa agolpándose a borbotones por todo mi torso como bolas que recorrían mi cuerpo levantando mi piel. Comenzaron a salir pequeñas bolas de luz fuera de mi cuerpo, como granos de arena luminosos, parecieran miles de luciérnagas alumbrando la oscuridad de aquel lugar.

Aquellos granos de luz fueron juntándose hasta formar una bola. La bola comenzó a producir destellos de una luz blanca, aquella esfera terminó por explotar en un destello que me deslumbró. Iluminó todo el espacio. Era un océano, lleno de un líquido ligero, azul, salpicado de destellos. Nadé, era libre, tenía mayor dominio de mis extremidades, pero el cordón en mi barriga seguía unido a mí. Lo miré, se prolongaba más allá del agua, apenas le di importancia, estaba más preocupado por explorar el océano y nadar que por la unión que me conectaba con el exterior.

Nadé durante bastante tiempo persiguiendo destellos de luz que se alejaban de nuevo conforme yo me acercaba. Comencé a bajar, buceé profundo donde casi no había luz y empecé a percibir un burbujeo que provenían de unas luces verdes, rojas y amarillas. El agua se calentaba al acercarme. Finalmente vi aquel magma que provenía de la tierra, viscoso, caliente del que emanaban burbujas, ceniza y humo. Toqué aquella lava que brotaba del fondo del océano, sentí como el pinchazo de una aguja en la punta de mis dedos y el agua se fue solidificando, tan lentamente que no me di cuenta hasta que ya era evidente que no podía nadar, todo era sólido.

Permanecí un tiempo sin poder moverme, petrificado por aquella roca que me contenía. Su espíritu se proyectó con el mío. Una memoria antigua me mantuvo inmóvil, quieto en el ahora, en un presente continuo sin futuro ni pasado que me costó entender, donde la vida, la suya y la mía, nuestros espíritus perduraban eternamente.

Una raíz empezó a resquebrajar la roca, el molde que me contenía inmóvil, paralizado en el tiempo. Poco a poco la raíz fue hundiéndose hasta liberarme. La raíz no se detuvo ahí, se metió por mis uñas, por mi nariz y por mi boca, por todo lugar donde encontró espacio para poder hacerlo. El cordón que me unía en mi barriga también se convirtió en raíz, y ésta, se metió en mis vísceras. Sentí como las raíces me rompían la piel, mis órganos, en un proceso de metamorfosis que no pude parar. Mi piel cayó al suelo, seca, inerte, con mi propio rostro, vacío.

Yo era parte del árbol, de la raíz a las hojas. Ella, como la roca me hizo conectar con un pasado muy antiguo, donde el tiempo no existía, las cosas no eran ni serían, todo es. En ese momento, como si cada segundo vivido o por vivir lo viviera en el aquí y ahora.
La raíz me dio seguridad, confianza, me hacía sentirme parte de un todo mayor. La raíz me mostró el espacio, las estrellas, los planetas y la luna, me mostró también como se consumen las estrellas y nacen, todos los misterios del cosmos hasta sus oscuridades más profundas y terroríficas.
Quise tocarlo, sentirlo con mis propios dedos pero estaba inmóvil y las yemas de mis dedos eran de la raíz. Le pedí que me dejara marchar, le dije que aunque la amaba como parte de mí no era libre y debía recuperar mi forma y caminar solo.

Aparecí solo en la oscuridad, miré mis manos, allí estaban. También estaban mis pies. Mi cordón había desaparecido. Era grande, de la estatura de un adulto. Caminé, todo estaba oscuro, diáfano, tenía miedo.

Comencé a correr, en todas direcciones, ni si quiera sabía por qué, estaba asustado, el corazón me volvía a latir a mil por hora. Pero entonces lo encontré a él. Me detuve en seco, y lo miré. Era mi yo, mi yo cuando tenía 8 años. Llevaba aquella esfera de luz azul en sus manos, no hablamos, él podía hablar en mí mente y yo en la suya, sus pensamientos eran los míos y viceversa. Me preguntó ¿Yo te he perdonado? ¿Y tú?, me ofreció aquella esfera azul brillante que me comí. Lo vi sonreír y desapareció.

En ese momento abrí los ojos. En ese momento mi viaje comenzó sin darme cuenta, algo que jamás se volvería a cerrar, como un descubrimiento, la puerta de mi existencia, esperándome para cuando quisiese volver a entrar.

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