El olor de la noche

Cielo opaco de mirada oscura, ni un astro, ni una luz tintineante; el frío de la luz de Morfeo, el frío gélido del candil de una noche anodina.
Seis de junio y quizás una noche cualquiera, pero con ese aroma de recuerdo, con ese que por breve seguía siendo una bella reminiscencia.
Era una noche donde brillaba el Sol, un Sol que no todo el mundo ve, era un Sol que más que verse, se sentía en el fondo del pecho.
Pronto marcharíamos a otro lugar y parece, que sólo en los momentos en que la mente descansa, llegan los recuerdos futuros y pasados, de hoy y de mañana, de nunca, de siempre y de tal vez y quizás.
Dentro de poco me marcho, dentro de poco esta callejuela que contemplo cada noche desde mi terraza, será un recuerdo; pero espero que cada noche, sea aquí o sobre las farolas de Madrid, en la ventana de un hotel de Atenas o de uno en Poitou, quiero llevarme ese sentimiento, ese aroma que me inunda, ese olor de la noche.

¿Qué o quién eres?

Cuantas veces me has clavado esa mirada de eterna sorpresa, que formula siempre la misma cuestión de bocanadas vacías. Tiempo ha pasado, pero lo que quedó en incógnita hoy procuro contestártelo.
Soy el pájaro en tu ventana y las gotas de la lluvia en tus cristales, soy ese día radiante y ese día gris, soy Sol y Luna, soy el cielo y la tierra, soy vida y muerte, soy el amor y los celos, pero sobretodo, fui ayer, soy hoy, y seré mañana.

Hoy te he visto y me has mirado

Al olor de mi blanco olivo, siento los murmullos del patio, que a las luces veraniegas aun radiantes, de un tiempo discordante porque no es verano, y con las suaves cantinelas de un día plagado de melodías de la brisa del viento, oigo el cantar de los pájaros, elevo mi mirada y, un bello azul de tono mortecino, que ni azul ni cetrino, es sólo una ilusión, una ilusión de ilusiones, que entonan sus colores, celeste no es azul.
¡Oh! Mi hermoso olivo, antiguos ojos verdes por toda tu corteza, hoy marrones, hoy se secan.
Hoy como compungido, en un letargo te has dormido, y a la sombra, mi corazón deprimido.
A mi derecha aquel pozo, en el que tu reflejo ya no es gozo, tu mirada aparto, de tus palabras ya harto, quédate tu esparto para el artesano que sepa labrarlo, porque yo sé de antemano que eres sólo mal.
Perdición de perdiciones, vuelve a las aguas de reflejos cristalinos, ni matices ni taninos, tan sólo unos cominos de una triste y antigua canción.

Sería tan bello

En las noches de luna sombría y nubes que ocultan la mirada de las estrellas, corazones que  sintieron de verdad algo más que el deseo, laten con más fuerza. El viento y el frío en aquella noche oscura y solemne, a la luz del alumbrado público, sacaron un deseo, un sentimiento, una espina clavada o quizá, una simple locura que me atormenta. ¿Realmente alguien me ha amado?, que bello sería si tan sólo por un instante, un segundo, alguien de aquí o de allá, del fin del mundo o de la misma calle, pensara en mí, pensara en un amor conmigo, por un fracción de segundo. Que en un instante tus labios y los míos se tocaran, sin más palabras, sin más miradas, que tus manos recorran mi cara… y con un simple chasquido vuelvo a mi mundo, que sería tan bello…

¿Qué es amar?

Amar es perderse en un abrazo, amar es recordar el sabor de los besos, amar es enamorarse de una sonrisa, de unos ojos, de unas manos, amar es escuchar el respirar, amar es ir a la sima más profunda y al monte más alto, amar es morir en un silencio, amar es que te duela todo y no te duela nada, te diría tanto y te diría tan poco, porque solo amar es amar…

Día de lluvia

Transcurren los días, todo está gris y lánguido. Un suave lagrimeo lame los cristales de mi cuarto y me hace pensar cada vez con más insistencia que, debo darle un giro a mi vida, hacer algo diferente, sentirme vivo de nuevo, como si cualquiera de aquellas gotas que atraviesan el tejado hiciesen germinar en mi a un ser diferente.
Salí a la calle enfundado en un anorak y unas botas de agua. El paraguas está de más, aunque creo que es una buena ocasión para lucir un regalo que por caro, no es de mi agrado.
Deambulé por las calles y a cada paso el viento se volvía más gélido y la cortina de agua más insistente. Pensé que había otros días para aventurarse por la ciudad y no precisamente hoy pero, ya era tarde, estaba calado hasta lo más recóndito y mi única escapatoria era la línea 26 del bus urbano. Ni anorak, ni botas, ni paraguas, servían para repeler la insistente lluvia.
Al principio no reparé en aquella criatura, yo y mis cuelgues me hacen egocentrista y absurdo. Pero, sí me fijé en la cara de desesperación de una joven madre africana, intentando refugiarse en lo que ya parecía el diluvio universal. Entonces me preguntó la joven mujer: -“¿El autobús para el centro?”.
Y yo me sorprendí- “Señora tres paradas más allá debe cruzar y a 100 metros”.
Volvió a mirar a su bebé, envuelto en mantas, que ya formaba parte de la lluvia. Salió de la marquesina con su carrito, e instintivamente la sujeté por el brazo y le dije: “Tome mi paraguas, el niño enfermará con esta lluvia”.
La mujer me miró y su cara se iluminó como una tarde de mayo, cogió mis manos y me dijo: “Que Alá te bendiga”. Yo enrojecí, y mi cara ya no notó la lluvia ni el frío. Me sentí como un héroe en una cruzada que salía victorioso y con el beneplácito de Dios.
En aquel momento fui un héroe, un caballero de mi destino y decidí por lo menos no volver a quejarme de mi suerte por ese día.