Distancias reducidas

Corría el tren y con una vida nueva, llena de sorpresas, de vivencias y, sobre todo, de soledad. Con ello, dejaba cantidad de recuerdos, todo un pasado, buenos momentos, risas, conversaciones interminables, una lista sin fin de amigos, y, lo más importante, a mi familia.
A veces habíamos tenido nuestros encuentros buenos y malos, disgustos y alegrías, pero es mi familia, y eso es inamovible; la familia no se elige, te viene impuesta desde niño, y es por ello que un extraño vínculo te ata a ellos, un lazo invisible que te atrapa en su recuerdo, mas, es lo normal, el día a día, la confianza, las peleas y los buenos ratos también van haciendo de la familia seres necesarios, totalmente imprescindibles, que por muy lejos que estés, por muy mal que te hallas portado, y por miles de catástrofes que cometas, siempre, te acogerán con los brazos abiertos.
Era de noche, y su silueta se fue diluyendo como la pintura en el agua hasta desvanecerse por completo. Todavía quedaba en mí el último adiós, y con él, y de repente, se me agolparon todos los recuerdos, todo lo que me perdería, las nuevas risas, los nuevos buenos momentos y los malos, las peleas, la confianza, toda una nueva vida que sólo podría escuchar contada por otros, nunca más viviré todo aquello. Me dieron ganas de tirarme y volver corriendo pero hubiera sido un cobarde, no habría hecho frente a la vida, a lo nuevo, a lo desconocido, a la aventura… Tenía miedo a lo nuevo, todos tenemos miedo a lo nuevo, un reconcome interior que te muestra todo lo bueno que tenías y todo lo malo que vendrá después. Hay que imponerse racionalmente y pensarlo, pues el subconsciente juega malas pasadas y, si te dejas, te termina dominando, te atrapa y te invade el miedo.
No se puede dejar que el miedo domine la vida, que coaccione las decisiones, siempre se toma el camino más irracional y se cierran tantas puertas; no es fácil echarle valor, pero es necesario si se quiere vivir, si se quiere vivir dueño de la vida, ir haciéndose con el control, hacerse dueño de uno mismo. Es entonces cuando desaparecen los miedos y las dudas, y, aunque vienen nuevos, ya nunca son iguales, pues se tienen las armas para luchar con cualquier obstáculo, con cualquier barrera y se afirma uno como único propietario de sí mismo.

No es vivir sin miedo lo que nos hace dueños de nuestras vidas sino afrontar la vida sin dejar que nos domine.

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