Locos

Llevaba allí ya mucho tiempo, desde aquel día, que me declararon clínicamente loco, ¿y qué podía hacer?, todo el mundo me miraba raro, cada vez que abría la boca todos se me quedaban mirando; la verdad es que era una situación insoportable, además de insostenible, por eso, no opuse resistencia y fui ingresado en el hospital psiquiátrico.
Aquí todo era distinto, yo no me consideraba loco, simplemente no pensaba igual que todo el mundo, ya saben, no era un tipo normal; pero ni por asomo era conflictivo, y ni se me habría pasado por la cabeza herir a alguien ni a mí mismo. También escuchaba las ideas normales de los demás, sus vidas normales, sus pensamientos normales, sus deseos normales, ya saben, su normalidad manifiesta. Yo, en otro tiempo, antes de ser ingresado, escuchaba a la gente en mi sillón mientras les ayudaba, les ayudaba a buscar soluciones a sus vidas, al fin y al cabo es lo que todo psiquiatra hace. Mas un día me levanté distinto… El Sol no brillaba igual, la televisión me resultaba repulsiva, mi familia era insoportable, escuchaba la radio y me parecía vulgar y monótona, la sociedad era clónica, una masa igualitaria. Intenté hablar con otros, y sólo encontré repudio, escándalo, sorpresa y una profunda marginación. Había cambiado, lo sabía, pero, nadie, absolutamente nadie consiguió comprenderme.
Al final, mis consejos no servían a la gente en mi consulta, ni ellos me comprendían a mí, ni yo a ellos, salían escandalizados, no daban crédito a mis palabras, huían terminada la hora y no volvían jamás, así perdí la consulta y casi la casa… Hasta que fui declarado loco.

Este sitio, sin embargo, me dejaba expresarme tal y como era, sin ataduras, sin sentirme distinto, era como haber llegado a otro mundo, donde todos eran iguales pero a la vez distintos.
Al principio, al llegar, pensé que todos los locos de allí serían los típicos hombres y mujeres violentos, idos de la cabeza, con camisas de fuerza, chillando por los pasillos, pero… La realidad fue muy distinta. No había nadie gritando, no había camisas de fuerza, no había gente conflictiva, era todo de lo más agradable, incluso diría que los locos eran simpáticos y amables; me sentí muy afín con ellos, pensábamos parecido, y aunque diferíamos en muchos puntos de vista, escuchaban y daban cabida al diálogo y al compartir ideas.
Con el tiempo me di cuenta de que me ahogaba en el otro mundo que estaba, pero en este nuevo había vuelto a nacer.

Hoy volvía a tocarme revisión; la terapia era sencilla: Si le decía al doctor lo que pensaba, me diría que era un loco de remate, pero, si le decía lo que él quería oír, me diría que la locura había desaparecido, pero yo no tenía muchas ganas de irme.

Llamé a la puerta y abrí. Su despacho estaba como siempre, suelo y pared de madera, muchos muebles llenos de libros, una alfombra en el centro, la lámpara con una luz tenue, su mesa con un pequeño jardín Zen y los dos asientos.
El me hizo el gesto para que me sentara y yo me apresuré para acomodarme.
– Buenas tardes, nos volvemos a ver, haber si esta fuera la última, en casa seguro que le esperan.
– No se crea doctor, cuando pasa tanto tiempo, uno ya no se acuerda ni de su sombra.
El hombre escribió un rato y, al parar, preguntó.
– ¿Cómo han ido estos últimos días?
– La verdad es que he tenido un sueño.
– Muy bien, le escucho.
Se acomodó en el asiento y esperó a que empezara.
– Soñé que no existía civilización en un lugar, que todo estaba rodeado de un césped inmenso y verde, refrescante, natural… Cerraba los ojos y sentía… Y saber que todo seguía girando, que todos seguían con sus quehaceres, que todos seguían con su rutina, y yo había parado mi reloj por un tiempo indefinido. Luego, volví en mí, pero dentro del sueño, estaba en mi casa, tal y como la recordaba; mi familia, iguales que la última vez que los vi, y mi mujer me preguntaba ¿Dónde quieres ir? Con una bola del mundo en la mano. Yo la giraba cerrando los ojos y con un dedo puesto, de repente aparecí en París, lleno de luces, de la calidez de su ambiente; volví a girar y aparecí en Moscú, en una casa sin muchas pretensiones, allí estaba mi mujer, haciéndome un gesto con la mano para que me sentara, empezó a hablarme.
– La vida es como una paloma, se escapa, es fugaz, vuela; no te preocupes, vuela con ella, no te pierdas en tierra, conócete a ti mismo, ve tus propios límites sin que nada te condicione, no pongas el querer al servicio del debo.
– Aparecí en un bosque cubierto de nieve, esta vez solo, me sentí grande y a la vez pequeño, como un Dios y el ser más minúsculo, grité en medio del paraje, era un paisaje sin normas, sin reglas, que me llamaran loco era un riesgo que no me importaba correr, sabía que desde aquel momento nunca más pondría el querer al servicio del debo.
El hombre tardó un rato en asimilar todo aquello mientras escribía en su libreta.
– Muy bien… Muy bien, parece que es más grave de lo que pensaba… Habrá que subirle la medicación.

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