La luciérnaga y la serpiente

Perseguía una serpiente a una luciérnaga y, la sierpe, a cada momento más cerca, preparaba ya sus fauces para devorar sin miramiento al insecto. La luciérnaga corrió cuanto pudo mas le fue imposible escapar de la serpiente; como sabía que la devoraría se paró y le preguntó:
¿Soy acaso de tu cadena alimentaria?
No.
¿Acaso te hice algún mal del que quieras vengarte?
No.
Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
Porque no soporto tu luz.

La historia aunque no fue idea mía, sino que, tan sólo ha sido una adaptación de una historia que me contaron y que he procurado recoger lo más fiel y verídicamente conforme a la original muestra una realidad patente que se manifiesta día a día.
Hay personas llenas de alegría, de fuerza, de pasión, de luz que irradia a todas partes, sin embargo, sólo por el mero hecho de brillar, de iluminar a nuestro pequeño mundo ya sea con una sonrisa, con una buena acción o con un don propio, será objeto de envidia, de deseo y de codicia de las serpientes, que arrastrándose y envilecidas por su veneno, reptarán para acabar con la luz de los demás.
Sed precavidos de aquellas sierpes que, rastreras, acechan a la luz del hombre, pues no dudarán en acabar con todo lo que tenéis, en quitároslo todo, pero nunca les deis la satisfacción de que os arrebaten la luz, que no apaguen la llama que brota en el interior de cada uno, sed, pues, faros de luz y brillad más fuerte ante la adversidad, ya que, si os la quitan os volveréis como ellos, sierpes envilecidas y venenosas.

La Obra

Se entonaban rezos en aquella iglesia, oraciones y plegarias a Dios.
Un novicio había cometido una falta, al parecer dibujó no más que un simple arbolillo y algunos motivos “decorativos”. Un sacerdote le castigo a que lo borrara, y el novicio, entre lágrimas lo borró; no obstante cuando no miraba el sacerdote otros novicios le ayudaban a borrarlo.
El joven, arrepentido, asistía a los rezos; al terminar se quedó algún tiempo más pidiendo a Dios que le perdonase, y sobretodo que le perdonase el sacerdote; la próxima vez que obrara sería con un poco más de cabeza. Claro estaba que el sacerdote era muy mayor, y su carácter era todo menos tranquilo y afable, su temperamento como el fuego en verano y cuando cayó sobre el novicio el castigo, sin duda el sacerdote estalló en ira.
El chico iba a irse cuando llegó el cura, con paso solemne, como acostumbra a llevar siempre que entraba a la iglesia, con su pelo blanco pero de expresión embrutecida, y siempre, siempre impoluto e impecable. El sacerdote le rogó que se quedara un rato con él en silencio. Ya se había ido todo el mundo y sólo quedaban ellos dos.
El sacerdote le dijo:
– Te voy a contar una historia, pero has de escucharla atentamente ¿De acuerdo?
El novicio asintió con la cabeza, pues le era imposible pronunciar palabra alguna.
– Cuenta la historia que acabada la Capilla Sixtina irrumpió el Papa y la contempló durante unos breves instantes y dijo:
– Si el hombre es capaz de hacer esto, y Dios es el Creador del hombre, cuan grande y magnífica es la Obra de Dios. Ahora bien, imagina Lorenzo, imagina por un instante que sentiría Miguel Ángel si tuviera que destruir pincelada a pincelada la obra que pintó. Imagina ahora que sentiría Dios si manchara sus manos con la sangre de su Creación. ¿Acaso hay mayor sufrimiento que perder una Obra, una Creación?
El novicio fue incapaz de contestarla.
– Sí, la hay, tener que destruirla uno mismo.
El sacerdote abrazó al novicio y le volvió a hablar.
– Cuando uno ha creado algo, que a nuestro parecer es bello o bueno, que nos a costado esfuerzo y trabajo, tener que hacerlo desaparecer puede que sea uno de los mayores sinsabores de la vida.