El país de pandereta

Todos los días me enfrento, ante lluvias y tormento, a la más cruda realidad.
No es por decirlo, pues por todos es notorio, que de aquí al consistorio, huele a corrupción.
Todos, unos y otros, metidos en el caldero, de caciquismo, mentiras y antiguas costumbres; costumbres de antiguo olor a fritanga, en las calles de la plaza, con uno u otro tacón.
Con todo el griterío, del populoso gentío, miro mi reflejo en el río, y no veo más que pura decepción.
Intercambio de palabras, vacías, vanas, eso sí cargadas de mentira, odio y maldad; dos mundos tan distintos, unidos con un único fin pues, desde arriba a abajo, y de derecha a izquierda todos tocan la pandereta, una pandereta que anima las fiestas y el jolgorio, de antiguo viene y ya es tradición, quien lo bautiza de quinta esencia, no se equivoca, no existe en ninguna otra nación.
Y ahora todos cantan, y ahora todos bailan, sin rumbo fijo, sin timón ni timonel, sin vela ni capitán claro que les dirija.

Poco hemos cambiado, en espíritu y alma, poco hemos cambiado, en esa nación gloriosa, que al olor de la rosa, la democracia lleva cadenas, la libertad es mero recuerdo y, una gran fuerza nos dice, nunca dejes para hoy lo que puedas hacer mañana.

Y así concluye este pobre delirio de un español, que al vivir los días que corren y al soñar días mejores, escurre las lágrimas al ocaso y al fin.

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