Parásitos y otros seres

Cuentan de ellos que son los seres más evolucionados sobre la tierra y, los biólogos que lo afirman no se equivocan, dicen  una gran verdad.
En los humanos sucede igual, seres que viven del amor de lo demás, del amor y del trabajo del prójimo, de su esfuerzo y caridad; de ellos hay muchos, infectan a su víctima y cuando ya no tiene más sangre, y sólo cuando han exprimido la última gota, vuelan con la brisa de la indiferencia y el interés. Velan por su conveniencia, eso sí, velan día y noche a ver cuanto más pueden quitarle a ese huésped. Clavan sus bífidas mandíbulas cargadas de mentiras y sutilezas, desgarran la piel con patrañas y falacias. Como bolas llenas del sebo del odio acaban, con papadas de maldad, barrigas cargadas de la grasa de sus víctimas pero, tarde o temprano esos parásitos mueren sepultados o ahogados por su morbidez, y los que fueron depredadores serán víctimas, o al menos es el único consuelo que nos queda.
También existe otro animal, animal por llamarle de alguna manera; a este ser, los biólogos nunca lo vieron; por extraño que parezca es un animal sin cabeza, se parece al rabo de una lagartija, cuando lo separan de su dueño da coletazos de aquí a allá. Hoy lo llaman algo así como “fan” y, señores utilicemos bien las palabras, no es lo mismo que te guste algo o que seas seguidor, que que sea un fan, nos quejamos de las cruzadas por el fan-atismo pero, hoy tenemos lo mismo.
Hoy tenemos un montón de “sujetos” sin cabeza, son una serpiente descabezada dando tumbos de un lado a otro.
En este mundo de locos, espero, que ni un parásito me infecte con su ponzoña venenosa y drene mis buenas intenciones ni que una de esas serpientes bailonas descabezada me aplaste al pasear por las calles de mi ciudad.

El país de pandereta

Todos los días me enfrento, ante lluvias y tormento, a la más cruda realidad.
No es por decirlo, pues por todos es notorio, que de aquí al consistorio, huele a corrupción.
Todos, unos y otros, metidos en el caldero, de caciquismo, mentiras y antiguas costumbres; costumbres de antiguo olor a fritanga, en las calles de la plaza, con uno u otro tacón.
Con todo el griterío, del populoso gentío, miro mi reflejo en el río, y no veo más que pura decepción.
Intercambio de palabras, vacías, vanas, eso sí cargadas de mentira, odio y maldad; dos mundos tan distintos, unidos con un único fin pues, desde arriba a abajo, y de derecha a izquierda todos tocan la pandereta, una pandereta que anima las fiestas y el jolgorio, de antiguo viene y ya es tradición, quien lo bautiza de quinta esencia, no se equivoca, no existe en ninguna otra nación.
Y ahora todos cantan, y ahora todos bailan, sin rumbo fijo, sin timón ni timonel, sin vela ni capitán claro que les dirija.

Poco hemos cambiado, en espíritu y alma, poco hemos cambiado, en esa nación gloriosa, que al olor de la rosa, la democracia lleva cadenas, la libertad es mero recuerdo y, una gran fuerza nos dice, nunca dejes para hoy lo que puedas hacer mañana.

Y así concluye este pobre delirio de un español, que al vivir los días que corren y al soñar días mejores, escurre las lágrimas al ocaso y al fin.