III Carta a flor de té. Los sueños del Creador

Hola, un saludo claro está, sería lo mínimo. Espero que tus pies se recuperen y vuelvan a la Tierra… o debería decir a la visión que el mundo quiere que tengas, no tiene mucha más explicación. Cuando el mundo nos enseña a ver la Tierra, a menudo no nos la enseña, nos hace ver una pseudo-realidad que se acerca más a lo místico o esotérico que a la realidad.
El dolor que me aqueja es más bien otro, te lo explicaría, pero tendría que desglosarte una vida de algo más de diecisiete años, dura, tediosa, solemne y otras cosas… bueno, ¿Para qué explicar tanto si hay cosas que no tienen solución? Que triste… que triste son esas palabras; no tiene solución. Cuesta asumir el no, nunca, imposible; palabras que no dejan, si quiera, un poquito de duda, de tal vez o quizá podría darse esto o lo otro.
¡Ah!, claro tengo que contestarte a las preguntas que me hiciste pero, ¿Realmente tengo que contestarte? No obstante lo intentaré.
Deber, querer y poder, son, como decirlo, extraños amigos; a veces quiero y no puedo, pero si quiero y puedo, es posible que no deba. Estos tres amigos, si no están en armonía, son los peores enemigos.
Debo, pero no quiero; puedo pero no debo pero quiero, así una lista larguísima, aplicables a la vida. Yo soy yo y mis circunstancias, y he ideado un plan, bueno lo ideé hace tiempo.
Como el querer era un ser molesto, le pedí al deber que buscara una solución. Un día decidimos que lo mejor era que el deber engullera al querer, con el fin de arreglar este conflicto. Y hasta hoy sólo tengo dos amigos, el poder y el deber que en su interior aun vive el querer, algunas veces se queja de que quiere salir, pero no suele dar problemas.
También te hablaré de las personas, aunque esta carta se vaya por los cerros de Úbeda, creo que será interesante, así no monopolizo la carta con mis absurdas filosofías que tanto te abruman y desconciertan. Las personas, estos “seres”, individuos, especímenes, son seres humanos, y como tal, “piensan”, bueno no siempre… vi una vez a un ser de esos que le salía serrín de un oído ¿No te lo crees?, que desconfiada… a lo que íbamos, estos seres siempre dan clases particulares, si, si clases particulares, has oído bien, o en este caso leído. Nos dan clases particulares sobre sus vidas, que quieren, que necesitan, pero no sabemos aprovecharlas, es un poco deprimente.
O no sabemos aprovecharlas o no sabemos bien cómo hacerlo, supongo que es sólo práctica.
Para despedirme quería contarte un cuento, ¿Te apetece?, dicen que allí, donde estás tú les fustán los cuentos y los sueños también, y todos los misticismos esos, debe ser divertido, espero que los días que quedan te den buena comida y no te maten de hambre, no quiero un ser vaporoso, no quiero una sílfide.
Te daré también una mala noticia, no puedo ir a verte el día que vuelvas de ese país siniestro, en que no hablan inglés, ¡Oh por Dios! Un país en el que no se habla inglés, parece el mismo infierno. Te pido disculpas de antemano por no poder ir, I’m sorry baby!
Empiezo el cuento. Érase una vez un niño llamado Alberto o Carlos… mejor Alberto, se apellidaba Olmos. Si, si así se llamaba, Alberto Olmos, bueno el niño Olmos vivía en una cabaña rodeado por un bosque de Olmos, como su apellido, había un río por allí cerca y era feliz, un Señor Alberto Olmos feliz.
Él vivía solo, pero había gente en cabañas cerca de la suya, y eso le hacía a Olmos más feliz. Resulto que Olmos salió de su casa, como siempre andaba como una tal Jessy, ya sabes cómo te digo, muy “rexulonamente”, bueno mi ordenador prefiere la palabra resultonamente, que también vale, pero no te quedes con su forma de andar que sigue el cuento.
El caso es que un día Olmos decidió hacer amigos, y tuvo la suerte o la desgracia de hablar con una tal Lorena, te pongo nombres de tu entorno para que te sea más fácil ponerles cara a los personajes, pero si otra persona lo lee seguro que se figura en su cabeza otro personaje, en ese caso que no se preocupe, también vale, prosigo.
Olmos y Lorena se hicieron buenos, buenísimos amigos e incrementó, como era normal, la felicidad de Olmos y, porque no la de Lorena también, y pronto se casaron; Alberto quería mucho a Lorena, pero también amaba, en cierta forma a los libros.
Alberto era un gran amante de la literatura y le gustaba escribir, le gustaba tanto escribir que pasaba horas y horas, noches y noches en vela.
Lorena se sentía, como no, algo desatendida, en cierto modo, sabía que Olmos le gustaba el mundo de las letras, pero por otro lado lo quería para sí.
Cuando se casó con él, lo aceptó como era, pero siempre le quedó la esperanza de que lo cambiaría pero, no fue así.
La felicidad parece que nos abandona de repente, sin previo aviso, bueno no siempre, pero a Lorena le desapareció, perdió la felicidad y Olmos parecía no darse cuenta, vivía como en otro mundo, el mundo de los cuentos y su escritura.
Lorena, harta de tanta infelicidad y sufrimiento, terminó maldiciéndolo.

“Que aquello que me arrebató la felicidad sea tu perdición”

Lorena corrió y corrió hacia el río intentando secarse las lágrimas, pero cuál fue su desgracia, que cayó a las aguas del río, y como no sabía nadar, murió ahogada.
Olmos sufrió mucho pero dejó no dejó de escribir, tenía miles de cuentos maravillosos, misteriosos, de terror y aventuras escritos.
No tardó mucho en surtir efecto la maldición que Lorena le echó ates de morir. Los personajes de los cuentos cobraron vida. Cada vez que Alberto dejaba la pluma, los personajes volvía a su libre albedrío, claro, como Olmos no los sometía al destino de su tinta, estos corría desde las sombras, maquinando, susurrando.
Alberto no podía permitirlo y condensó todas las historias y cuentos en un solo libro que manejara el destino de todos y cada uno. Cada noche proseguía sus historias, los manejaba a placer, Olmos era el creador y ponía y disponía a su antojo.
¿Sabes qué pasó después?, Olmos cada noche sigue escribiendo por miedo a que salten a su realidad, por miedo a que se acerquen esos seres de cuento, de la “fantasía”, de la otra realidad, de su mente.
¿Algún día se escaparían esos “seres” de la pegajosa tinta del Creador? ¿Quién sabe si ya ha sucedido o nosotros mismos somos una creación de una tinta de otro? ¿Quién sabe si tan sólo somos un sueño de una mente más grande?
En cualquier caso, la vida sería sueño y los sueños, sueños son.
Cuídate, y que no te abrume ser un sueño de un soñador soñado, y sólo amado, por el amor de un sueño perdido y olvidado, en el borde de la muerte, donde el ser y la suerte, se mueren por verte.

II Carta a la Flor de té

Oigo tu susurro incesante, temeroso, perdido entre las luces de julio y agosto. En dos partes del mundo, pero tan cerca, tan cerca que casi siento tu aliento.
Pero tú sigues pensando en los besos que no te he dado, besos que guardas en un tarro de cristal junto a tus sueños, promesas y ficción.
Quizá pensemos lo mismo, y quizá sea mejor guardarlo todo en los sueños, porque allí todo es posible, allí brotan atardeceres en el horizonte, allí puedes tumbarte en la playa en una noche de Luna llena, allí puedes hasta tomar un picnic en los jardines del mismísimo Versalles.
Creo que los besos saben como los sueños, saben a ilusión y a felicidad ¿Tú qué crees? ¿Saben a felicidad? Ojalá todos los besos supieran a felicidad, yo lo creo así, saben al sentimiento ese de cuando llaman a tu puerta con un regalo, saben a cuando el corazón te late muy fuerte, saben a la luz del Sol.
En los sueños todo es perfecto ¿Cuándo aprenderemos de los sueños? Espero que pronto, yo así lo espero, lo espero cada día que el Sol se pone en el horizonte despidiéndose hasta el día siguiente, así lo espero cada vez que miro mi reflejo en una fuente, que crueles son los sueños ¿No crees? Lo dan todo, abres los ojos y puff… Desaparecen como una nube.
Bueno te dejo, espero no haberte robado mucho tiempo y sobre todo si era tiempo de un sueño.
Recuerda la vida es sueño y los sueños, sueños son.

I Carta a la Flor de Té. El palacio azul y la Emperatriz

Hace mucho tiempo, un caballero a lomos de un níveo corcel que había recorrido lejanas tierras, pasado montañas inhóspitas, abismos siniestro y valles donde vagan las más oscuras almas, llegó a un gran castillo.
El caballero, un apuesto joven de ojos claros pide que por el amor de Dios se le dé cobijo y un plato de comida, pues su estómago rugía como cien leones hambrientos.
La Emperatriz, una mujer bellísima de proporcional generosidad y bondad, accedió a dicha petición y acogió al joven caballero por una noche.
Su Gran Majestad estaba muy contenta con el extranjero por su sabiduría y grácil habla; y las noches fueron semanas, y las semanas meses.
Un día el joven caballero, como había cogido amistad con la Gran Emperatriz le dijo:
– Dado que el amor y el miedo difícilmente pueden coexistir, puestos a elegir es mejor ser temido que amado, ¿Qué opináis Majestad?
– No estoy de acuerdo, ya que mi vida no pretende basarse en hechos seguros. Me guío por otras cosas, por lo tanto, sin duda alguna, prefiero ser amada, aunque sólo sea un instante.
La Gran Emperatriz hizo amago de protesta, pero dejo que prosiguiera el caballero. Mientras, este reflexionaba pensando que habría hablado demasiado rápido.
– Mi Serenísima Majestad, dijo el caballero, pero habréis de saber una cosa antes de contestar, ¿Dónde aplicaríais esa frase anteriormente pronunciada y dónde no?
La Emperatriz frunció el ceño con ademán de incomprensión.
– No os entiendo caballero, ¿Podéis ser más explícito?.
– Por supuesto Su Ilustrísima, vos sois Emperatriz de un inmenso imperio, en cualquier caso ¿Qué sería mejor ser amada o temida? Sé que no es una fácil cuestión, no obstante, ¿Podríais elegir Majestad?
Tras larga deliberación, la Emperatriz contestó:
– Amada, pero nunca se puede ser amada por todo el mundo, yo intento impartir justicia desde mi punto de vista, e intentar inculcar buenos valores, como el amor, la razón, la sabiduría, pero intentaría hacerlo desde el amor.
– Os entiendo Majestad, entonces según vuestra forma de pensar, vuestra filosofía de vida es vuestra filosofía política. Es una buena forma de ver la vida y la vida humana, pero ahora yo os digo, como bien dijisteis antes, nunca se puede ser amado por todo el mundo ¿Fue así como lo dijisteis Majestad?
– Así fue joven caballero.
– ¿Os puedo hacer una pregunta íntima Majestad?
– ¿Es completamente necesaria para proceder con nuestro diálogo?
– Sí Majestad.
– Proceded.
– ¿Cuál es vuestro color preferido?
– Ahora mismo el blanco, pero va cambiando.
La Emperatriz estaba impaciente por saber el color preferido del joven caballero pero no podía ponerse a su misma altura.
– ¿Sabéis, Majestad, cuál es mi color preferido?
Con júbilo hizo un gesto para que se lo dijese el caballero.
– El azul, me he enterado además que habéis acabado el palacio tan majestuoso que estabais construyendo, es magnífico, imponente y sencillamente colosal. También ha llegado a mis oídos que estáis pensando en pintarlo de vuestro color preferido ¿Es así Majestad?
– Así es.
– ¿Habéis preguntado a los vagabundos sobre el color del que hay que pintar el palacio?
– Para opinar deberían ser personas importantes.
– Os entiendo Ilustrísima, pero ¿Es que acaso un pobre no tiene derecho a opinar?, el pobre no decide sólo opina, y no es una persona importante.
– Claro que sí, pero no creo que les importara mucho el color del palacio, tendrían cosas más importantes en sus vidas.
– Efectivamente, sois tan sabia Majestad.
Como se encontraban allí solos el caballero y la Emperatriz, le dijo la Emperatriz:
– Caballero podéis llamarme, Leo.
– De acuerdo, pues querida Leo, mis gustos son que debéis pintar el palacio de azul ¿Qué pensáis vos Leo?
– No entiendo, porqué creéis que el blanco no es un color adecuado para mi palacio ¿Podríais explicarme?
– Siempre me ha gustado el azul, y creo que es un color muy solemne, de entre todos los colores de la faz de vuestro amado imperio, el azul es mi preferido. ¿No es el de vos, querida Leo?
– No, no lo es, mi color preferido va cambiando constantemente, pero creo que el blanco es un buen color para mi palacio.
– De acuerdo, pero le pregunté a la Corte y les gusta más el azul ¿Qué haréis pues?
– Quizás podría mezclarse un color con otro, para llegar a un entendimiento.
– Ya, pero eso no le gusta a la Corte, a la Corte le gusta azul entero.
La Emperatriz en un brote de cólera espeto:
– ¡Pues que se hagan los suyos azules! Será donde yo viva, así que me debe gustar a mí.
– Y entonces, ¡Tendréis a todo a la Corte enemistada!
– No, no creo que se enfadaran por eso ¿Verdad?
– O quizá sí, y si supierais que se enfadarían ¿Cambiaríais de color?
– No creo, intentaría hacerles entender.
– Me he tomado la molestia querida Leo de informar a la Corte de vuestra voluntad pero parece que no quieren entender.
– Pero mi Voluntad es la última, el palacio será blanco, así será bonito.
Pasaron los días y el palacio se pinto de blanco, conforme a la voluntad de la Emperatriz prevaleciendo sobre la del pueblo y la Corte, lo que le granjeo la enemistad de la Corte y le hizo perder el amor del pueblo. Pasaron los días y los ciudadanos empezaron a amotinarse por las conspiraciones de los nobles de la Corte. A todo esto irrumpió en la sala del trono el joven caballero.
– ¡Majestad!, el pueblo se está amotinando. Decidí tratarlos con el amor que decíais, pero ya no responden al amor, están cegados por la rabia y el odio, creo que en mi modesta opinión, deberíamos poner una horca en medio de la plaza, ¿Qué os parece querida Leo?
– No creo que sea necesario.
– ¿Estáis segura?, están muy enfadados y tampoco nos podemos echar atrás, ya no podemos pintar el palacio de azul, ya no hacen caso a eso.
– Invitaremos a las personas más destacables del pueblo esta misma noche a cenar al castillo y hablaremos con ellos para intentar solucionar esto.
– Entendido Emperatriz, pero el pueblo puede pensar que queremos comparar a los cabecillas para que no sigan con la revolución ¿Nos arriesgaremos a eso?, y otra cosa más mi querida Leo, les dejaremos pasar a nuestro castillo, si nos arriesgamos a eso puede que tomen el castillo y nos hagan presos, puede incluso que nos apliquen tortura o nos maten, es demasiado arriesgado.
– Habrán guardias protegiéndonos y tampoco invitaremos a tantas personas, sólo a las necesarias.
– ¿Y quiénes son las necesarias mi Emperatriz?, si no los invitamos a todos sentirán que están siendo repudiados, es decir, sentirán que no son necesarios y aumentará su rabia, ¿Qué haremos pues?, la horca sería una buena solución.
– Ellos sabrán que sólo deben ser invitados ciertas personas, pero la horca no.
– Pero Madame, estoy aterrado, no habéis visto lo que dicen de nosotros en la plaza, se oyen gritos y abucheos, tengo tanto miedo que no me atrevo a salir del castillo sin escolta, Madame, tengo tanto miedo que no si podremos contenerlos haciendo lo que decís.
– No tengáis miedo, noble caballero, convenceremos al pueblo que la importancia del palacio es insignificante y debemos centrarnos en curar a los leprosos, eso es más necesario, lo entenderán.
– Pero al pueblo no le importa eso, el pueblo quiere que caigan los poderosos, dicen que somos nosotros los que infectamos a los leprosos, dicen que somos nosotros los que hacemos al rico rico y al pobre pobre, dicen que queremos quitarle el papel a Dios, y según ellos es intolerable; el pueblo nos quiere matar por ello, porque a su parecer es una blasfemia contra la Voluntad del Altísimo, el Clero está contra nosotros, la Corte también y el pueblo, no podremos hacer entrar en razón a tantos.
– Que no cunda el pánico, dormiremos y mañana pensaremos alguna solución.
– ¿Podréis dormir mi Señora? Vuestra familia no duerme desde hace tiempo, yo tampoco, se escuchan gritos desde el castillo, vuestra familia tiene miedo y yo también.
La Emperatriz hizo un gesto de profundo pesar y contestó:
– Yo también tengo miedo.
– ¿Me dejaréis que mi propuesta siga adelante?, he oído que otros reyes hicieron algo parecido antaño y funcionó.
– No haremos lo que decís noble caballero.
– Mi Señora, ¿Qué debemos hacer pues?, el pueblo no nos escucha, la Nobleza ya no nos quiere, el Clero dice que Dios nos ha abandonado, ¡¡¡Qué será de nosotros!!!
La Emperatriz se sujetó la cabeza desesperada y contestó con pesar:
– No sé que hacer, quizás nunca debí haber sido Emperatriz.
– Mi Emperatriz, estáis aquí por la Gracia de Dios y vuestro deber es gobernar, mi Señora vos sois la Hija de Dios y él os otorgó el Poder. ¿Os puedo ser franco mi Señora?
– Sí noble caballero.
– A veces cuando no sabemos que hacer debemos rodearnos de nuevas ideas, lo que pasa es que no siempre podemos ver con nuestros ojos, a veces necesitamos ver con los ojos de los demás.
– ¿Rodearnos de nuevas ideas?
– Podemos optar por lo que dije de la horca querida Leo.
– No, la horca está descartada.
– ¿Puedo ser franco?
– Sí, podéis serlo de nuevo.
– ¿Por qué creéis que la horca no sería una buena solución?
– No quiero tener sobre mi conciencia ninguna muerte.
– No tenemos porque usarla.
La Emperatriz hizo un gesto sonoro diciendo:
– ¡Ah! El miedo.
– Si mi Señora el miedo, lo hacemos pues.
– Quizás los reyes deban implantar el miedo para controlar al pueblo…
Se hizo un triste silencio, la Emperatriz saltó de su trono y con una voz rotunda y sonora que resonó en toda la cámara del trono dijo:
– ¡¡¡Quizás no quiera ser una Emperatriz temida!!! Podéis marchar y decid lo mismo a todos los sirvientes, a mi familia y a todo aquel que se encuentre en el castillo, decid lo mismo a los guardianes, hasta el último hombre, mujer o niño que se encuentre en el castillo lo abandone, esta es mi Voluntad, haced pues lo que os digo, y no quiero objeción alguna, es mi última palabra.
Al día siguiente la Emperatriz salió a la plaza bajo abucheos e insultos, su noble caballero la acompañaba fielmente como deuda por la caridad de la Emperatriz. La Soberana empezó a hablar al pueblo:
– Oh amado pueblo, os imploro perdón si en algún desmán os hubiera ofendido, pero pueblo mío hemos de mirar más allá, hemos de mirar por el bien común, ayudar al prójimo, curar a los enfermos, ser caritativos y humildes, pueblo mío no miréis los pormenores de la vida, el color de los palacios si azul o blanco, o verde o amarillo.
El pueblo apenas hizo caso de las palabras de la Emperatriz, y uno de los caudillos le contestó:
– Vasta de palabrería, a la hoguera con ella.
– Por encima de mi cadáver, dijo el caballero.
– Muy bien, vos lo habéis querido, a la hoguera con los dos.
La emperatriz y el caballero fueron atados, y se procedió a la quema.
– Unas últimas palabras, Emperatriz.
– Sois esclavos del odio, algún día conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres, cuando este día llegue, no habrá fronteras, ni pasado, ni presente, ni futuro que nos separe.
Y sus palabras ardieron, junto a su cuerpo y el cuerpo del caballero.

IV Carta a la vendedora de Hinojo

Parece ayer cuando nos conocimos, y ahora parece que hemos andado mucho, que hemos viajado mucho, pero sin duda hemos amado y odiado, sufrido y alegrado, llorado y reído mucho, mucho, mucho.
¡Qué decirte que tu no sepas! Siento esa complicidad contigo como la que sienten los miembros de la misma familia, de una misma religión y sobretodo de una misma escuela filosófica.
Es salir de mi pequeña burbuja contigo, que, que, que me pierdo; me resulta tan difícil, tan, tan difícil hablar con el mundo; es como si un platónico le hiciera entender algo a un aristotélico, como si un discípulo de San Agustín de Hipona le hiciese ver a un tomista, y ya no hablemos de un nietzscheano con un platónico, pueden hasta tirarse de los pelos.
Es más, siento lo que mil veces hemos hablado, el quid pro quo, el toma y daca de la amistad, siento eso contigo, siento que me escuchas y te escucho, siento que te preocupas y me preocupo, siento que cuando me caigo alguien me va a tender la mano.
Es lo mínimo que se espera de la verdadera amistad, y vale que uno nunca ayuda a los amigos para recibir nada a cambio, pero, ¡Pardiez! Se agradece que estén ahí el día de tu cumpleaños, y aunque sólo te regalen una foto o una tontá, se agradece que te llamen, se agradece que se preocupen y que miren por tu felicidad.
Una frase me conmovió mucho, y te la relato: Salvador sólo hubo uno y lo crucificaron.
Fíjate la profundidad de esta frase; un hombre que dio todo, ¡Todo!, y murió torturado en una cruz; el amor de Dios es incondicional y eterno, pero el amor de los hombres es otro amor, deja el amor de los Dioses a los Dioses y el amor del humano para el humano, guarda siempre un poco de ese amor para ti, para tu disfrute, para vivir. Dios no te pide que seas el nuevo salvador, te pide que vivas.
Este amor del que te hablo, el amor propio, es tan necesario como el aire, sin él, te asfixias; es el amor propio el que nos hace latir el corazón, el que te hace mover con energía tu cuerpo, y que no se equivoque nadie, no es egoísmo; egoísmo sería coger todo el amor del que dispongo, y el amor de los demás y acapararlo; pero los humanos que hacen esto terminan por devaluar su moneda más preciada, el amor.
Por eso invierte siempre tu amor en los demás, pero nunca te olvides de invertir en ti, pues el que invierte consigue lo que tenía más un interés.
El amor también sirve para encontrarse, sentirse de nuevo, que junto a los lugares que nos hacen evocar sentimientos o a veces sacar lo que llevamos dentro y verlo desde fuera, o simplemente nos reportan paz, nos ayudan a encontrarnos.
Los seres como nosotros somos como los dientes de león, volamos y nos perdemos, y que conste que perderse puede ser uno de los mejores viajes.
Otra de las cosas que te cuento en esta carta, es la relación, y como siempre digo, la relación es el fruto del amor, del entendimiento, de la amistad y de algunas otras, pero principalmente estas tres. La amistad es como el impulso a conocer a otra persona, tu pareja tiene que ser aparte de amante, un buen amigo, porque con los amigos te diviertes, y con tu pareja tienes que divertirte. La amistad es el impulso.
Con el impulso vas a una tienda y compras cosas, de cualquier material, estas cosas son el entendimiento; son el compartir ideas, pensamientos, hobbies, pasiones, miedos, es una relación más espiritual o mental que física con la otra persona. El entendimiento es el material de construcción.
Y con el impulso también compras pegamento, extrafuerte, es el amor, con el amor pegas todo. De nada sirve hacer una estatua de pegamento, surge una cosa amorfa, y tampoco puedes hacer nada si sólo tienes los materiales, porque termina cayéndose, pero mucho menos si no tienes amistad, que entonces no tendrás ni pegamento ni material.
Otro asunto que hoy he reflexionado es lo que me dijiste de “la llave que se amolda a todas las cerraduras” ¿Quién no ha sentido eso alguna vez? Hay personas que tendemos a amoldarnos a la gente, a la vida, y en cierto modo es bueno, nos hace más resistentes al cambio, y muchas veces tendemos a ceder en muchas cosas.
Pero hay que alzar una bandera y decir, yo también soy importante, amoldaos a mí de vez en cuando, pensad aunque sólo sea un poco.
Esta mañana he saldado mi deuda, ahora te toca a ti; espero que siempre tengamos una deuda el uno con el otro, así por “miedo” a pagar nuestra deuda, nos volveremos a ver para pagarla a base de cafés, limonadas, helados o lo que se preste.
Un fuerte saludo, Georgius Milán.

III Carta a la vendedora de hinojo

Estaba, entre el bullicio de la gente, comprando mi billete, gritos, pasos. Gente, gente y más gente, ruido de tacones, ruido de pisadas y susurros, ruido de ruidos. ¡Señor su billete!; ah, gracias. Cogí mi pasaporte y miré al andén. Me senté en un banco, hacía frío, era de noche, y la luz del farolillo de color amarillo mortecino apenas iluminaba por completo la estancia; el túnel negro como la noche. Y hacía un frío, ni mi abrigo tres cuartos negro me abrigaba de aquel gélido escalofrío que calaba en los huesos. A mi lado un hombre. Ya nadie quedaba en ese andén, el bullicio se había convertido en soledad; pero aquel hombre cubierto por los cuellos de su abrigo y, ese sombrero, lo hacían más oscuro. A cada calada que le daba al interminable cigarro, despertaba, con las ascuas de las cenizas, su rostro poco a poco. De repente, un pitido, a lo lejos del túnel se iluminaba con dos luceros; de nuevo el pitido; el cese de su movimiento calmadamente y los humos envolviéndolo todo. Me giré y el hombre desapareció. ¡Pasajeros al tren! Dijo un joven de rayas. Subí con mi billete en la mano y una vez dentro leí: tren de media noche.
Busqué mi asiento, pasé por cubículos y cubículos de cuatro asientos, hasta que llegué al que me tocaba, ciento treinta y cinco.
Una señora joven, vestida de negro y con un sombrero de pamela, fumaba con el filtro largo, que ahora tanto se estilaba, un cigarro. A cada calada parecía reducir su estrés. Preocupada, nerviosa, sólo Dios sabe si en aquel tren estaba por obligación. Entró el revisor a pedir el billete. Caballero, gracias; señora, gracias, tengan ustedes una grata estancia, si desean algo ya lo saben. La señora que tenía delante de mí, giró la cabeza de lado a lado sin mediar palabra pero, puede verle el rostro.
Miré por la ventana pues, me pareció grosero seguir observando de reojo  a aquella mujer.
La noche reinaba tras la ventana y, la llovizna resbalaba por el cristal. Fue un susurro, un leve susurro, paladeado suavemente.
Tren de media noche ¿Adónde te diriges? Entonces, sólo entonces supe, adonde llevaban las vías de la máquina de vapor, de aquel… Tren de media noche.

II Carta a la vendedora de hinojo

Mucho tiempo ha pasado desde la última carta. Con el tiempo intuí la respuesta. Para mi gusto fue algo vaporosa, pero terminé por encerrarla en un bote, guardarlo y, contemplarlo bajo el prisma del recuerdo y las arenas del tiempo.
Si bien es cierto que esta vez te escribo con las mismas letras pero distinta tinta. Gracias a Dios la Época Negra desapareció, aunque aún queda algún rescoldo mortecino del que no quiero deshacerme, le he cogido cariño a ese fular gris, llámame tonto, pues te doy la razón, soy un tonto entre listos al que le gusta escribir.
Ahora, después de haber recogido los mil trozos de sabor amargo y coserlos, con el dolor de cada punto, te paso a ti este ser vaporoso, como regalo del que me diste; pero éste es distinto, como dirían los tontos, son dos seres de misma substancia pero distinta esencia.
Lamento no habértelo regalado antes, pero preferí construirlo bien, con todos los detalles, amoldado a ti, si bien sabrás que yo nunca malgasto ni aliento ni tinta, nada es porque si.
Bueno, de lo que quería hablarte es de ese ser oscuro, al que tanto amas, odias, apartas, acercas, te hace sufrir, en definitiva una macedonia de frutas, y por frutas tus sentimientos. Y aquí quiero llegar, ¿Te acuerdas de aquella metáfora?, el Banquete de la Vida, si no te acuerdas hoy te la vuelvo a contar…

Todo ser humano llega a un Restaurante, se sienta y le traen platos uno a uno, él los digiere, por amargo, ácido o salado que sea. Siempre está la opción de levantarse, que acabe TODO, pero no merece la pena, es mejor ir comiendo uno a uno, y esta macedonia aderézala con lo que quieras pero, yo que estoy en la mesa de al lado, te recomiendo la salsa de la casa, el tiempo, échale un buen chorro de tiempo, sino, te atragantarás y te arrepentirás casi seguro.
Olvida a ese ser de mirada opaca y piel negra noche, sin boca y con garras por pies y manos, pero olvida sobre todo a ese sincorazón que tus ojos han formado, estoy seguro que no es así, será un disfraz macabro para llamar al tiempo y a los astros a que vuelvan a iluminar las tinieblas.
Pero, si el tiempo no lo solucionara, cosa que dudo, habrás de elegir, ¡Eligere aude!, atrévete a elegir. Cuando yo elegí no sé si lo hice bien o mal, pero fue mi elección, por eso yo digo, elige, no te diré sin miedo, pues siempre nos acompaña la duda de la decisión, pero te reafirmarás como tú misma, serás dueña de tu propio destino, ¡Libre, libre, libre!

I Carta a la vendedora de hinojo

Cuán difícil es para mí expresar lo que siento, te diría tantas cosas pero tenemos tanto tiempo por delante, terrible desgracia es no poder conocerte nunca por completo, sólo de eso me arrepiento. Confío hoy más en Dios porque esto no puede haber sido casualidad del destino, quiero que compartas conmigo tu felicidad, pues yo la comparto contigo, pero quiero sobretodo que compartas tu pena conmigo, pues yo la comparto contigo. La sólida roca y la pluma, ambas, miran al peregrino en su marcha en día soleado pero, al llegar la noche, el viento llega y la pluma desaparece, y lo que parece ligero y suave vuela en busca del día y la luz, pero la roca permanece al lado del peregrino indicándole el camino, si éste se fija en sus señales. Hoy te diré que me acompañes, hoy el gran lucero acaece en el horizonte, baña cada rincón de su vista dando paso a sus claroscuros en la inmensidad del bosque, el cálido color del ocaso del lucero se torna purpúreo y melancólico, cárdena dio paso, cada instante me abandona, pero vuelve a mi esta luz, ahora de esa esencia que alumbra tanta oscuridad, la noche está estrellada, y tiritan azules los astros, a lo lejos, el viento de la noche gira en el cielo y canta, es tan corto el amor y tan largo el olvido.