Patrón del individuo social

1.1. Introducción al individuo y la sociedad

Es el individuo desde su origen un ser social, componente del Cuerpo, parte esencial aunque nunca necesaria de la comunidad; es el individuo el constituyente más básico de estructura poblacional, siendo el conjunto de individuos la única forma de concebir el Cuerpo, u organismo social.
Parece necesario que antes de concebir una jerarquía, hablar primero de los estamentos y, más, si este fuera un conglomerado. La compresión del conjunto es el entendimiento de las partes y la comprensión de la interrelación entre estas. Cabe pensar, por ejemplo, que para comprender a un organismo hemos de saber cómo son sus órganos al igual que sus tejidos y células y, la interacción de forma cooperativa entre estos. Para entender una frase habremos de comprender las palabras y su estructura sintáctica o interacción entre las mismas, también para comprender las palabras hemos de saber las vocales y consonantes y sus fonemas o forma de pronunciarse, es decir, la interacción de las mismas; así con otras muchas.
Es por ello, que el estudio del conjunto requiere no solo la comprensión de los componentes sino también la forma de interactuar entre los mismos.

1.2. La sociedad y bien común en el ámbito teórico

En el orden teórico la relación entre el individuo y el Cuerpo ha de ser en todo momento simbiótica, el beneficio colectivo será beneficio para el individuo, por lo tanto, por lo menos en el orden teórico, el individuo ha de tratar a la sociedad como si se tratara de sí mismo. Parece claro que es completamente perfecto el modelo si la sociedad fuera íntegramente una reproducción fiel y clónica del individuo, mas es evidente que no es ese caso el aplicable a nuestra realidad, no sería un modelo eficiente, aparece aquí la evidencia de que no se puede dar por igual a todos pues todos son diferentes. Es el caso del organismo, no todas las células de un mismo organismo necesitan la misma nutrición, cuidados, protección, etc. Por lo menos en la teoría, no es de la igualdad de la que nace el verdadero bien común, sino es la cobertura de la necesidad de cada individuo.

1.3. Conflicto del modelo

Nace aquí el conflicto, si el individuo ofrece su beneficio hacia la sociedad puede que no sea un beneficio real para la sociedad, el individuo cree bueno algo, mas puede no ser bueno, un individuo puede creer que algo sea justo mas no serlo. Se ha de crear un modelo generalizador que unifique estos conceptos, lo que es bueno, lo que es justo, pues ha nacido del conflicto la necesidad del consenso.
No es el individuo sin la sociedad, y no es la sociedad sin la interacción del individuo, si nace el conflicto absoluto y los individuos no se relacionan, desaparece la sociedad y, por tanto, el individuo. Es la interacción de estos a través del consenso los que forman a la sociedad.

Responsabilidad

El problema que se nos presenta, es, en definitiva, la consecuencia de una utilización irresponsable de los recursos; la preocupación no viene determinada por el daño que hemos hecho sino el efecto que estamos empezando a sufrir, las inquietudes de la humanidad sólo se muestran cuando el daño ha causado su efecto y empezamos a sufrirlo. El gran enigma que se nos plantea es ¿Cómo resolver el daño causado, y si éste será enmendable o no?
Nuestro estilo de vida ha crecido a la par que nuestra mentalidad, nuestro objetivo no es el crecimiento, ni cubrir nuestro bienestar, ni satisfacer las necesidades de la humanidad, ahora somos una máquina monstruosa que fabrica basuras a millones de toneladas año; nos hemos permitido ya muchos años esta situación y, al final, nos hemos dado cuenta de que todo tiene sus consecuencias, de que el dinero es el motor del mundo y quien tiene siempre quiere más.
Hemos perdido el sentido de la medida, vivir en sintonía con el medio y con lo que nos rodea para convertirnos en un virus imparable.
Sin embargo, el ser humano tiene la capacidad también de crear con proporción y medida, siendo justo consigo y con su medio, y estableciendo una relación fructuosa y duradera con la naturaleza de la que vive y goza.
Se pretende alcanzar un mundo donde el consumo sea responsable, donde las emisiones sean nulas y donde la producción de residuos tras su reciclaje y reutilización sea cero.
Es una meta lejana, utópica y para nuestros días imposible. Por inalcanzable que parezca no podemos dejar de buscar este objetivo, de caminar hacia un progreso responsable. Para ello, se reforzarán las medidas legislativas, se tomarán mayores medidas de control y planificación, aumentar la eficiencia, reducir el consumo, reutilizar y reciclar, así una larga lista.
En conclusión, la humanidad nunca encontrará modelos satisfactorios en ninguno de los campos mientras conserve su arcaica mentalidad; la previsión no existe y, cuando llega el problema, es demasiado grande para afrontarlo, procuramos cerrar una operación de corazón abierto con tiritas, y nuestra forma de actuar es siempre negativa y dirigida por el castigo.
Esta va a ser la gran lucha de la humanidad en sus próximos siglos, un problema que ha de modificar no en superficie sino en fondo. Se enfrenta a una lucha en la que no puede permitir el fracaso y en la que solo encontrará el éxito si vuelve e imita los orígenes en los que un día se encontró.

Locos

Llevaba allí ya mucho tiempo, desde aquel día, que me declararon clínicamente loco, ¿y qué podía hacer?, todo el mundo me miraba raro, cada vez que abría la boca todos se me quedaban mirando; la verdad es que era una situación insoportable, además de insostenible, por eso, no opuse resistencia y fui ingresado en el hospital psiquiátrico.
Aquí todo era distinto, yo no me consideraba loco, simplemente no pensaba igual que todo el mundo, ya saben, no era un tipo normal; pero ni por asomo era conflictivo, y ni se me habría pasado por la cabeza herir a alguien ni a mí mismo. También escuchaba las ideas normales de los demás, sus vidas normales, sus pensamientos normales, sus deseos normales, ya saben, su normalidad manifiesta. Yo, en otro tiempo, antes de ser ingresado, escuchaba a la gente en mi sillón mientras les ayudaba, les ayudaba a buscar soluciones a sus vidas, al fin y al cabo es lo que todo psiquiatra hace. Mas un día me levanté distinto… El Sol no brillaba igual, la televisión me resultaba repulsiva, mi familia era insoportable, escuchaba la radio y me parecía vulgar y monótona, la sociedad era clónica, una masa igualitaria. Intenté hablar con otros, y sólo encontré repudio, escándalo, sorpresa y una profunda marginación. Había cambiado, lo sabía, pero, nadie, absolutamente nadie consiguió comprenderme.
Al final, mis consejos no servían a la gente en mi consulta, ni ellos me comprendían a mí, ni yo a ellos, salían escandalizados, no daban crédito a mis palabras, huían terminada la hora y no volvían jamás, así perdí la consulta y casi la casa… Hasta que fui declarado loco.

Este sitio, sin embargo, me dejaba expresarme tal y como era, sin ataduras, sin sentirme distinto, era como haber llegado a otro mundo, donde todos eran iguales pero a la vez distintos.
Al principio, al llegar, pensé que todos los locos de allí serían los típicos hombres y mujeres violentos, idos de la cabeza, con camisas de fuerza, chillando por los pasillos, pero… La realidad fue muy distinta. No había nadie gritando, no había camisas de fuerza, no había gente conflictiva, era todo de lo más agradable, incluso diría que los locos eran simpáticos y amables; me sentí muy afín con ellos, pensábamos parecido, y aunque diferíamos en muchos puntos de vista, escuchaban y daban cabida al diálogo y al compartir ideas.
Con el tiempo me di cuenta de que me ahogaba en el otro mundo que estaba, pero en este nuevo había vuelto a nacer.

Hoy volvía a tocarme revisión; la terapia era sencilla: Si le decía al doctor lo que pensaba, me diría que era un loco de remate, pero, si le decía lo que él quería oír, me diría que la locura había desaparecido, pero yo no tenía muchas ganas de irme.

Llamé a la puerta y abrí. Su despacho estaba como siempre, suelo y pared de madera, muchos muebles llenos de libros, una alfombra en el centro, la lámpara con una luz tenue, su mesa con un pequeño jardín Zen y los dos asientos.
El me hizo el gesto para que me sentara y yo me apresuré para acomodarme.
– Buenas tardes, nos volvemos a ver, haber si esta fuera la última, en casa seguro que le esperan.
– No se crea doctor, cuando pasa tanto tiempo, uno ya no se acuerda ni de su sombra.
El hombre escribió un rato y, al parar, preguntó.
– ¿Cómo han ido estos últimos días?
– La verdad es que he tenido un sueño.
– Muy bien, le escucho.
Se acomodó en el asiento y esperó a que empezara.
– Soñé que no existía civilización en un lugar, que todo estaba rodeado de un césped inmenso y verde, refrescante, natural… Cerraba los ojos y sentía… Y saber que todo seguía girando, que todos seguían con sus quehaceres, que todos seguían con su rutina, y yo había parado mi reloj por un tiempo indefinido. Luego, volví en mí, pero dentro del sueño, estaba en mi casa, tal y como la recordaba; mi familia, iguales que la última vez que los vi, y mi mujer me preguntaba ¿Dónde quieres ir? Con una bola del mundo en la mano. Yo la giraba cerrando los ojos y con un dedo puesto, de repente aparecí en París, lleno de luces, de la calidez de su ambiente; volví a girar y aparecí en Moscú, en una casa sin muchas pretensiones, allí estaba mi mujer, haciéndome un gesto con la mano para que me sentara, empezó a hablarme.
– La vida es como una paloma, se escapa, es fugaz, vuela; no te preocupes, vuela con ella, no te pierdas en tierra, conócete a ti mismo, ve tus propios límites sin que nada te condicione, no pongas el querer al servicio del debo.
– Aparecí en un bosque cubierto de nieve, esta vez solo, me sentí grande y a la vez pequeño, como un Dios y el ser más minúsculo, grité en medio del paraje, era un paisaje sin normas, sin reglas, que me llamaran loco era un riesgo que no me importaba correr, sabía que desde aquel momento nunca más pondría el querer al servicio del debo.
El hombre tardó un rato en asimilar todo aquello mientras escribía en su libreta.
– Muy bien… Muy bien, parece que es más grave de lo que pensaba… Habrá que subirle la medicación.

Distancias reducidas

Corría el tren y con una vida nueva, llena de sorpresas, de vivencias y, sobre todo, de soledad. Con ello, dejaba cantidad de recuerdos, todo un pasado, buenos momentos, risas, conversaciones interminables, una lista sin fin de amigos, y, lo más importante, a mi familia.
A veces habíamos tenido nuestros encuentros buenos y malos, disgustos y alegrías, pero es mi familia, y eso es inamovible; la familia no se elige, te viene impuesta desde niño, y es por ello que un extraño vínculo te ata a ellos, un lazo invisible que te atrapa en su recuerdo, mas, es lo normal, el día a día, la confianza, las peleas y los buenos ratos también van haciendo de la familia seres necesarios, totalmente imprescindibles, que por muy lejos que estés, por muy mal que te hallas portado, y por miles de catástrofes que cometas, siempre, te acogerán con los brazos abiertos.
Era de noche, y su silueta se fue diluyendo como la pintura en el agua hasta desvanecerse por completo. Todavía quedaba en mí el último adiós, y con él, y de repente, se me agolparon todos los recuerdos, todo lo que me perdería, las nuevas risas, los nuevos buenos momentos y los malos, las peleas, la confianza, toda una nueva vida que sólo podría escuchar contada por otros, nunca más viviré todo aquello. Me dieron ganas de tirarme y volver corriendo pero hubiera sido un cobarde, no habría hecho frente a la vida, a lo nuevo, a lo desconocido, a la aventura… Tenía miedo a lo nuevo, todos tenemos miedo a lo nuevo, un reconcome interior que te muestra todo lo bueno que tenías y todo lo malo que vendrá después. Hay que imponerse racionalmente y pensarlo, pues el subconsciente juega malas pasadas y, si te dejas, te termina dominando, te atrapa y te invade el miedo.
No se puede dejar que el miedo domine la vida, que coaccione las decisiones, siempre se toma el camino más irracional y se cierran tantas puertas; no es fácil echarle valor, pero es necesario si se quiere vivir, si se quiere vivir dueño de la vida, ir haciéndose con el control, hacerse dueño de uno mismo. Es entonces cuando desaparecen los miedos y las dudas, y, aunque vienen nuevos, ya nunca son iguales, pues se tienen las armas para luchar con cualquier obstáculo, con cualquier barrera y se afirma uno como único propietario de sí mismo.

No es vivir sin miedo lo que nos hace dueños de nuestras vidas sino afrontar la vida sin dejar que nos domine.