Dos leones

Estaba entre sombra y sombra
al calor de la suave lumbre,
rebuscando en mi pensamiento
yo sentado sin hacer más pompa,
en mi sillón como de costumbre
con la caricia del viento.

En la puerta dos leones
que no dieron condiciones,
y sin avisarme,
acompañan mi tortura
que ni Dios ni la locura
pueden arrebatarme.

Ya no tiene sentido
vivir este mundo perdido,
sin tus marchitos cabellos,
y que corra la sangre y puñal
a mi destino y final
aunque no sean ni míos ni de ellos.

El silencio reinante
al pobre y vetusto vacío
vencía el sueño el mismo día,
y en toda la habitación imperante
que un día fue río
con el pavor de mi alma confundía.

Mi nación amada

Es mi patria querida,
es mi rosa florida
de verdadero sentimiento,
sin zarza ni sarmiento.

Toda ella de radiante Sol iluminada
y toda su costa bañada
con la melodía y canción
del poder del corazón.

Con la verdad de las ideas,
esas que matan las almas,
a poner los puños en alza,
hacia días más claros.

Por bandera tu dulce tejido
y por lema, ese amor gozoso
que hace de este día hermoso
mi unión contigo.

Pierdo cada vez que gano,
pierdes cada vez que ganas,
y así con este vaivén sincero
en este barco velero
remo a las profundidades de tu cuerpo,
remo a los confines del mundo,
y sólo Dios sabe si estoy muerto,
pues no veo más destino
ni algún otro camino
que los dragones que esperan
entre sueño o letargo
a algún alma perdida.

Tu vestido marinero de rayas blancas y negras

El otro día te vi,
con esa sonrisa
con tu cabello viajero
con el olor de la brisa.
El otro día te vi,
con tus ojos de miel
con tu vestido marinero
con el agua rozando tu piel.
Quiero estar contigo,
Sólo contigo,
quiero estar junto a ti.
Porque cuando tus ojos siento,
oigo el lamento de una vida sin fin
plagada de deseos, recuerdos y sueños.
Porque cuando tu melena recorro,
me muero en cada instante en que te pierdo.
Porque al rozar tus labios, tus manos, tu cuerpo,
olvido este pequeño mundo para volar,
más fuerte, más alto, más lejos y
entregarme a este Sol radiante,
a este cielo azul de un domingo catorce de marzo,
de una tarde, de una noche, de una luna creciente
con todo el Sol de poniente, y tú, junto a mí.

El fragor de la batalla

Ya vuelven los sabores callados,
ya se sienten las banderas de Parma,
ya se ven los olores cantados,
ya se huelen los sentimientos del alma.
Los caballos cesan movimientos
ni brisas ni vientos,
un Sol de aplomo, calor abrasante
ni una nube, azul, sólo azul.
Los pies en la Tierra,
el peso de la armadura
casco, coraza, escudo
preparado para la batalla.
Al otro lado, a una gran distancia,
una muchedumbre enloquecida
turbia, inquieta, temerosa de las armas.
Aquí, ahora el tiempo no pasa
con una solemne melodía
en el fondo del corazón y cuatro palabras,
prudencia, justicia, fortaleza y templanza,
todas a las ordenes de mi señor.
Ya se oyen las trompetas,
ya se oyen los tambores
y cualquiera diría que son ángeles
que bajan a los infiernos y se llevan las almas.
Los primeros gritos, sangre, flechas,
cruce de acero, rechinar de los dientes.
Segunda fila, turbio remolino, polvareda,
sed angustiosa, tragar de saliva.
Nuestro turno, a golpes me abro paso,
a golpes de espada y espada.
Último soldado frente a frente,
último revés, diez estocadas,
dos giros pero su último destino
saborear su carne mi acero.
Cual es mi sorpresa,
cual es mi desdicha
donde no hubo promesa
ni final ni perdición.
Un sangre de mi sangre,
mi alma torturada
pues entre mis brazos yace,
un hijo mío.
Y ya se oyen las trompetas
y ya se oyen los tambores
y cualquiera diría que son ángeles
que bajan a los infiernos y se llevan las almas.

El río de los destinos

Dormito entre sueño y sueño,
entre dos mundos paralelos.
Dormito entre sueño y sueño
entre la luz de tu rostro
y las oscuridades de las simas.
Dormito entre sueño y sueño y,
cuando esté ya descansado
y cesen mis latidos,
reúnete conmigo
en ese lugar perdido,
donde las palabras sobran
y los rumores del viento,
anuncian la llegada
de una vida encantada
a las orillas del río.
Con el suave aleteo de las libélulas,
con los chopos de troncos y médulas,
con tu amor no correspondido,
con este río perdido,
con el sufrir del lamento y,
con mi vida y tormento,
me entrego a las aguas
turbias y claras,
sinceras y amargas,
a un retorno sin frontera ni bandera
y dos palabras en el corazón.