Amar es un deseo que se muere en mi alma, sale por la boca y recorre tu cuerpo.
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Y después de tanto
Si Dios fuera verso en mujer, mi carne por tu piel ni pluma ni papel podrían representarte, que en tu beso un estandarte, tu amor sólo quiero.
Música sin instrumento
Te diría los versos más bellos, si con ellos la vida quedara y, tan sólo, en una fantasía se mojaran, en el recuerdo de tu vida conmigo. Ni ilusión ni imagen si quiera se pensaron concebidos en mi mente de sueño, y como el pájaro libre de tu concepto, me muero en esos versos, que por sueño, no existen ni aquí ni en el cielo.
Con la muerte en los ojos
Nunca más volveré a tenerte, nunca más volveré si quiera a recordarte, has muerto. Escribo mis notas finales, y aquí, entre líneas, escapas para ser olvidada, te derrites, te esfumas, para no llegar a contemplarte; será mi último adiós, mi último despido, porque ya no sé si realmente alguna vez te he tenido.
Entre la nieve me hallo, secuestrado por la escarcha de los arboles, por el rumor del río, por una melodía fúnebre que se entona, profunda, en mi ser. Cuánto me has robado, cuánto he perdido pensando en que algún día estaríamos juntos, y ahora, no sabré jamás tu respuesta, no sabré jamás que se sentía al rozar tu cuello, no sabré jamás a que sabía el perfume en tus labios, no sabré… jamás… si tú también me habrías amado…
Te espero, aquí, sentado, a las orillas del río, en este invierno helado, contemplando la lejanía, con las pupilas vacías, empapadas en ilusiones y en antiguas pasiones; para mirar a un lado y encontrar tu rostro, mirarte a los ojos y decirte todo lo que te echo de menos, lo que hoy me haces falta, y que me respondas con una sonrisa.
Ya no puedo decir si vivo en la realidad o soy una ilusión, que en cada mañana vuelvo a imaginarme entre los reflejos del sol en el lago, en este invierno cubierto de hielo; como el día poco a poco llega estallando con su brisa, a toda prisa, con recuerdos del verano.
Desciendo a los infiernos de la locura arrastrado por tu imagen, porque sé que no volverás, sé que fue un adiós, sé que aunque te perdí, algún día, en el horizonte, volveremos a vernos sin que jamás haya fin.
Me soñé con alas para poder volar muy lejos
¿Quién era aquella que te amó en el sueño mientras dormías? ¿Cuándo volverá este aliento de recuerdo amargo a tus labios? ¿Dónde está el calor tan cercano que se deposita en un rincón de la cama?
Luces de septiembre, y tan triste, que ignorando que existe la luz en la calle vuelas a un horizonte lejano; te pierdes entre suspiro y suspiro, un instante hecho verso, pues te queda tanto por delante. Tus ojos no lo ven pero tu corazón lo siente, en el fondo, en el pecho, un palpitar que no cesa, intenso, profundo, que se sale para exclamar, y exclama que no se pueden poner puertas al campo, que los caminos llevan a lugares insospechados, que por lejos que esté, la vida grita, grita y grita sin control.
Me encuentro libre, me encuentro dueño, soy, soy y soy, porque estoy lleno, lleno de una inmensidad que me abruma a la que recibo con los brazos abiertos. Compañera, compañera, cuéntame y déjame que te cuente, pues tenemos que hablar de muchas cosas, la otra noche, el otro día, me soñé, me soñé con alas para poder volar muy lejos, y… y el mar me llenaba, me fundía con sus olas, me integraba en un perfume salitre para convertirnos en uno, para decir jamás y nunca y para exclamar: siempre.
Para siempre fue perderte, compañera, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, que los libros vuelan errantes en el cielo, y sus saberes, y sus letras, y sus poemas, y sus versos eran tristes con la lluvia empapando sus lamentos, pero nada fue tan triste como volver, volver a aquel recuerdo anodino, de aquella ciudad, de aquel mundo, de aquel cielo y tiempo que siempre me recuerdan:
¿Quién era aquella que te amó en el sueño mientras dormías?
Hoy no lo sé, hoy me he marchado, hoy he olvidado este recuerdo que, por bello, no es de mi agrado, porque, la otra noche, la de septiembre de hace años, me soñé, me soñé con alas para volar muy lejos.
Si uno no sabe a qué puerto se dirige…
Hoy te recuerdo como una exhalación, casi te desvaneces como el más suave de los vapores, pero siempre terminas volviendo a mí, con tus ojos pardos, con tu pelo negro, con tu blanca piel, mas como un recuerdo, tan sólo un recuerdo, sólo eso y nada más.
Y fíjate, sin reloj para medir el tiempo que paso sin verte y el tiempo en que en mi recuerdo te pierdes, un sueño, una ilusión, eres un vapor que te desvaneces en mi recuerdo.
¿Podría negar una y mil veces lo que siento por ti? ¿Podría luchar contra corriente, alzarme en lo más alto y gritar que no? Me es imposible porque sólo consigo gritar en silencio, sólo puedo dejar que lleve la corriente y sólo puedo decir que sí; ya no tengo fuerzas para controlarme, ahora, simplemente, me dejaré hacer.
Pero, como dejarme hacer, como no hacer nada y, menos aun, ¡¿Cómo decir que no?! ¡¿Cómo decir cada mañana que el Sol no existe, qué el cielo es negro, qué no hay remedio, qué sólo hay tristeza en mi corazón, qué muero cada día, qué te pierdo, qué para mí ya no hay consuelo?! Qué ya no hay luz… sólo sombra…
¿Quién tendría el valor, la voluntad, la templanza de no perderse en tus labios? ¿Quién tendría la fuerza para no morir en un silencio a tu lado? ¿Quién, quien entre los quienes podría resistirse al mirar de tus profundos ojos llenos de misterio y a tu infinita sonrisa? Quién…
Si amar fuera amarte, amaría mil veces, si flotar fuera mirarte, dichosos los ojos, si la felicidad fuera besarte, no dudaría ni un segundo y si morir fuera fundirse contigo, no tendría miedo a la muerte.
No puedo perderte, porque… nunca te he tenido, no puedo sentirte, porque… nunca te has quedado entre mis brazos, pero nunca, nunca, jamás he dejado de recordarte, quizá sea mejor morir en un sueño, descansar perdido en el infinito y gritar en silencio que nunca más veré el horizonte.
II Carta a la Flor de té
Oigo tu susurro incesante, temeroso, perdido entre las luces de julio y agosto. En dos partes del mundo, pero tan cerca, tan cerca que casi siento tu aliento.
Pero tú sigues pensando en los besos que no te he dado, besos que guardas en un tarro de cristal junto a tus sueños, promesas y ficción.
Quizá pensemos lo mismo, y quizá sea mejor guardarlo todo en los sueños, porque allí todo es posible, allí brotan atardeceres en el horizonte, allí puedes tumbarte en la playa en una noche de Luna llena, allí puedes hasta tomar un picnic en los jardines del mismísimo Versalles.
Creo que los besos saben como los sueños, saben a ilusión y a felicidad ¿Tú qué crees? ¿Saben a felicidad? Ojalá todos los besos supieran a felicidad, yo lo creo así, saben al sentimiento ese de cuando llaman a tu puerta con un regalo, saben a cuando el corazón te late muy fuerte, saben a la luz del Sol.
En los sueños todo es perfecto ¿Cuándo aprenderemos de los sueños? Espero que pronto, yo así lo espero, lo espero cada día que el Sol se pone en el horizonte despidiéndose hasta el día siguiente, así lo espero cada vez que miro mi reflejo en una fuente, que crueles son los sueños ¿No crees? Lo dan todo, abres los ojos y puff… Desaparecen como una nube.
Bueno te dejo, espero no haberte robado mucho tiempo y sobre todo si era tiempo de un sueño.
Recuerda la vida es sueño y los sueños, sueños son.
Las ruinas del tiempo
En el corazón de un gran valle rodeado de palmeras y cruzado por el río Éufrates, allí el mundo rivalizaba con lo divino; el verso, el Sol y el humano se fundían en uno para consolidarse en roca, roca con la que los templos, los palacios y toda aquella magnánima arquitectura se levantaba hacia el cielo.
Era el paraíso, naturaleza y arquitectura se confundían, jardines exuberantes, flores que estallaban de color a en sus macetas, palmeras que se clavaban como espadas en el cielo, enredaderas que lo cubran todo con un intenso manto verde.
Las estatuas de los ídolos acampaban a sus anchas, dioses petrificados a un lado y otro de la ciudad, que algún día seguro corrieron libres por el mundo, desatando sus pasiones y conflictos, mas hoy guardan silencio, presas de un mal conjuro del hombre, hoy guardan desafiantes los secretos de lo divino ante la mirada de los humanos.
El agua allí era la sangre de la vida, no faltaba ni una fuente, ni una acequia en esa maravillosa ciudad; regada un lado y otro para dar el verdor intenso con el que se cubría con pudor la roca desnuda. El reflejo de la ciudad en el agua creaba un magnifico enigma, ¿Había ciudad tan bella aunque sólo fuera en su reflejo? ¡Por los dioses!, ni en un espejo sería tan bella.
Mercantes discurrían por las aguas del Éufrates, traían exóticas telas, perfumes de oriente, especias de más allá de los límites del mundo, donde la mano de Dios no había si quiera creado más tierra.
Entre calzada y calzada se erigían templos dedicados al Sol y los pájaros los alababan con sus cantos, miles de piedras y minerales adornaban las construcciones, azules, verdes, rojos, amarillos con mosaicos de animales, con pinturas de hazañas, de mitos, de leyendas en las que el hombre se alzaba triunfante.
El olor de sus calles era limpio y puro, era el aroma de un dios, reconfortaba el espíritu, hacía casi enloquecer, tan elegante y solemne que hacía perderse en su inmensidad.
Cuando el Sol en el horizonte se ponía, en la ciudad se desataba la magia, los ídolos parecían cobrar vida, los ciudadanos comenzaban a prender los candiles y las hogueras, la vida se transfiguraba hacia lo místico de la luz y la sombra, sonaban los instrumentos, danzaban aquellos seres, y la noche los abrazaba suavemente hasta hacerlos desaparecer entre las tinieblas.
Esa ciudad no podía ser una ciudad, debía ser el palacio de un dios en la Tierra.
Una flor sin rostro
Soy una mota de polvo en medio del universo, a veces me pierdo, me confundo con mis semejantes; si me buscas no me encontrarás, si me llamas desapareceré, no me atrapes soy como el viento, no me tapes soy como la luz del Sol. Soy transparente como el vidrio y fluyo como el agua, estoy aquí, allí y más lejos.
Muero pero vivo en la muerte, vivo pero muero en la vida; oscuro pero luminoso en la oscuridad, luminoso pero oscuro en la luz.
Líquido, gaseoso y sólido, tiempo y espacio, fuerte y débil, negro y blanco.
Soy muchas palabras y ninguna, el más bello de todos y la más horrible de las criaturas, soy odiado y querido, temido y respetado, sufrido, cantado, llamado y rogado, estoy perdido y encontrado, soy yo, tú, él y todos pero soy nadie, soy y no soy.
Nada tan contradictorio, nada es tanto y tan poco, el amor tiene tantas caras…
El capricho del viento
Sentado otro día más en aquel castillo, que divisa a lo lejos, las tierras de África, sentado otro día más…
El Sol de la tarde y el viento de levante, el viento que trae el olor del mar, de las aguas del estrecho, del desierto, del sudor, de los sueños…
Viaja de un lado a otro, ve lo que nadie ve, siente lo que nadie siente, es un alma libre, no atrapa ni se deja atrapar, no juzga ni se deja juzgar, sólo viaja, sólo vuela, sólo recorre tierras y continentes, mares y océanos, colinas y montañas enseñando un lenguaje que va más allá de las palabras, y si lo escuchas, oirás su mensaje y su sabia enseñanza.
Yo lo aprendí del viento y ahora lo practico con los hombres.