Cita

Tu vestido marinero de rayas blancas y negras

El otro día te vi,
con esa sonrisa
con tu cabello viajero
con el olor de la brisa.
El otro día te vi,
con tus ojos de miel
con tu vestido marinero
con el agua rozando tu piel.
Quiero estar contigo,
Sólo contigo,
quiero estar junto a ti.
Porque cuando tus ojos siento,
oigo el lamento de una vida sin fin
plagada de deseos, recuerdos y sueños.
Porque cuando tu melena recorro,
me muero en cada instante en que te pierdo.
Porque al rozar tus labios, tus manos, tu cuerpo,
olvido este pequeño mundo para volar,
más fuerte, más alto, más lejos y
entregarme a este Sol radiante,
a este cielo azul de un domingo catorce de marzo,
de una tarde, de una noche, de una luna creciente
con todo el Sol de poniente, y tú, junto a mí.

El fragor de la batalla

Ya vuelven los sabores callados,
ya se sienten las banderas de Parma,
ya se ven los olores cantados,
ya se huelen los sentimientos del alma.
Los caballos cesan movimientos
ni brisas ni vientos,
un Sol de aplomo, calor abrasante
ni una nube, azul, sólo azul.
Los pies en la Tierra,
el peso de la armadura
casco, coraza, escudo
preparado para la batalla.
Al otro lado, a una gran distancia,
una muchedumbre enloquecida
turbia, inquieta, temerosa de las armas.
Aquí, ahora el tiempo no pasa
con una solemne melodía
en el fondo del corazón y cuatro palabras,
prudencia, justicia, fortaleza y templanza,
todas a las ordenes de mi señor.
Ya se oyen las trompetas,
ya se oyen los tambores
y cualquiera diría que son ángeles
que bajan a los infiernos y se llevan las almas.
Los primeros gritos, sangre, flechas,
cruce de acero, rechinar de los dientes.
Segunda fila, turbio remolino, polvareda,
sed angustiosa, tragar de saliva.
Nuestro turno, a golpes me abro paso,
a golpes de espada y espada.
Último soldado frente a frente,
último revés, diez estocadas,
dos giros pero su último destino
saborear su carne mi acero.
Cual es mi sorpresa,
cual es mi desdicha
donde no hubo promesa
ni final ni perdición.
Un sangre de mi sangre,
mi alma torturada
pues entre mis brazos yace,
un hijo mío.
Y ya se oyen las trompetas
y ya se oyen los tambores
y cualquiera diría que son ángeles
que bajan a los infiernos y se llevan las almas.

El río de los destinos

Dormito entre sueño y sueño,
entre dos mundos paralelos.
Dormito entre sueño y sueño
entre la luz de tu rostro
y las oscuridades de las simas.
Dormito entre sueño y sueño y,
cuando esté ya descansado
y cesen mis latidos,
reúnete conmigo
en ese lugar perdido,
donde las palabras sobran
y los rumores del viento,
anuncian la llegada
de una vida encantada
a las orillas del río.
Con el suave aleteo de las libélulas,
con los chopos de troncos y médulas,
con tu amor no correspondido,
con este río perdido,
con el sufrir del lamento y,
con mi vida y tormento,
me entrego a las aguas
turbias y claras,
sinceras y amargas,
a un retorno sin frontera ni bandera
y dos palabras en el corazón.

El país de pandereta

Todos los días me enfrento, ante lluvias y tormento, a la más cruda realidad.
No es por decirlo, pues por todos es notorio, que de aquí al consistorio, huele a corrupción.
Todos, unos y otros, metidos en el caldero, de caciquismo, mentiras y antiguas costumbres; costumbres de antiguo olor a fritanga, en las calles de la plaza, con uno u otro tacón.
Con todo el griterío, del populoso gentío, miro mi reflejo en el río, y no veo más que pura decepción.
Intercambio de palabras, vacías, vanas, eso sí cargadas de mentira, odio y maldad; dos mundos tan distintos, unidos con un único fin pues, desde arriba a abajo, y de derecha a izquierda todos tocan la pandereta, una pandereta que anima las fiestas y el jolgorio, de antiguo viene y ya es tradición, quien lo bautiza de quinta esencia, no se equivoca, no existe en ninguna otra nación.
Y ahora todos cantan, y ahora todos bailan, sin rumbo fijo, sin timón ni timonel, sin vela ni capitán claro que les dirija.

Poco hemos cambiado, en espíritu y alma, poco hemos cambiado, en esa nación gloriosa, que al olor de la rosa, la democracia lleva cadenas, la libertad es mero recuerdo y, una gran fuerza nos dice, nunca dejes para hoy lo que puedas hacer mañana.

Y así concluye este pobre delirio de un español, que al vivir los días que corren y al soñar días mejores, escurre las lágrimas al ocaso y al fin.