Domus

En el siglo XXI se empieza a revolucionar el concepto de casa por el de domus. La domus es funcional en todos sus aspectos, habitable, bella y útil al trabajo del morador. En la antigüedad el dueño de la casa dormía y vivía en ella, pero también trabajaba, fabricaba sus alimentos o los procesaba.

Hoy en día no solemos plantear un proyecto arquitectónico pensando en recobrar la inversión al margen de la especulación por el precio de la vivienda. Este es verdaderamente el punto en el que rompe conceptualmente la forma de entender la arquitectura. El plantear una vivienda pensando, además de otros aspectos imprescindibles en un hogar, en el beneficio económico. Si nuestro beneficio económico además de ser respetuoso con el medio ambiente mejorara la disponibilidad de recursos de la humanidad, entonces, y solo entonces empezarían a converger ideas más allá del yo, del egocentrismo humano.

Pero, y si además de ser útil, funcional, habitable, productivo y eficiente pensando en los demás fuera bello en sí mismo, para disfrutarlo yo y la humanidad. Es entonces cuando surge la obra de arte, cuando convergen diferentes ideas y es algo que hace enorgullecer al ser humano. La evocación del sentimiento, la evocación de la contemplación y la maestría del hombre.

Primer día de enero

El recuerdo me ha posado en tus ramas como la escarcha en el primer día de enero. A tu vereda siento el abrigo del frío que me sonroja la nariz y mejillas. Me hace pensar en ti.

Mi almendro de flores, ¡Les he dicho que mienten!, mi niña, mi niña bonita, les he dicho que mienten. Les he dicho que ha llegado la primavera y con el azul del cielo tus flores parecen más vivas, más coloridas, más tú.

Una brisa, sin hacer ruido, te meciste entre las ramas del almendro en flor. En su madera tallaste tu despedida, un marzo 24 de hace 6 años. 6 años que te fuiste mi niña, que te ataste a la tierra y que en el aire vuelas libre, mi niña bonita.

Sigues siendo la luz y el fruto, sigues siendo el tesoro. Anclado en el tiempo se ha quedado tu raíz y tu tronco como si nada hubiera pasado, como si en la memoria aún estuvieras.
Se han caído las hojas y en pétalos he enjuagado mis lágrimas, prometo volver a visitarte, un rato cada día.

Tu que me has acompañado en las etapas más duras de mi vida, donde todo lo había dejado y ahora tu me dejas solo. Me has enseñado a creer en mí mismo, me has curado las heridas con el aceite de tu fruto.

Ahora he aprendido a no arrepentirme de mi propio vuelo, la amistad no es prisionera, no es jaula ni cárcel. Hoy te llevo en mi bolsillo compañera junto a mi pañuelo de amargura. El recuerdo me ha posado en tus ramas como la escarcha en el primer día de enero.

El barquero de Cannaregio

Lo reuní todo, preparé mi viaje y tomé esa barca. La barca escapa de una cárcel de recuerdos inservibles. El barrio donde habito no huele a mar. Lo encuentro como un susurro. Un silencio de muerte. La barca escapa de mi cárcel de recuerdos inservibles, tira lastre, aligera su peso. Detrás no queda nada solo estatuas de sal.

Recuerdo de lo que nada importa

Molinos de pimentón, molinos de tiempo. Tiempo el que dejaron las aguas del arroyo blanco. Ya de tus piedras queda el testimonio, aguas para saciar tu sed, agua de azud del malecón. Los álamos están cortados, tirantes de acero caminan de la ciudad nueva a la vieja. Eres un recuerdo, el recuerdo de lo nuevo frente a lo viejo, lo olvidado, lo marchito, eres un recuerdo de lo que nada importa.

Un segundo previo

El sonido reverberaba por las esquinas del auditorio, la vibración de cada nota se reproducía en la mente de los espectadores. Se tocó la última nota y quedó suspendida en el aire acompañada de su gesto de cierre. La yema del pulgar tocó suavemente la del índice. Su leve sonrisa atesoró ese segundo de magia que aguarda antes del aplauso. La gloria antes de la gloria. El cosquilleo anterior al orgasmo. El estertor previo a la muerte.

La fragilidad del agua

Fugaces son las estrellas que surcan el cielo. Efímeras las hojas cayendo de álamos y chopos. Insignificante la danza de la sultana. Pasajera la sonrisa de un amigo. Trivial el arrullo del agua. Perecedero el eco de la última nota antes del aplauso. Superfluo el sueño de mis fantasías. Baladí la ilusión. Humano. Líquido. Voraz.

Todo vale, nada queda. El problema de las sociedades modernas es que es difícil pronosticar cuál será el siguiente paso, cómo se desarrollará la siguiente crisis, dilema y como sabemos tan poco sobre ello nos sentimos impotentes.

Si uno no es capaz de predecir como las cosas evolucionarán, no puede tomar medidas de precaución, entonces, no nos podemos defender, prepararnos, los hechos nos toman por sorpresa, nos sentimos arrastrados y la vida nos sacude y golpea violentamente.

La planificación del futuro desafía nuestros hábitos y costumbres, las capacidades que aprendimos, las pasiones que dejamos, la experiencia dada que nos ayuda a superar los escoyos del camino. Los espacios son virtuales, los mercados volubles, las personas intercambiadas y las ilusiones frágiles como el agua.

24 de marzo

El deseo de una casualidad desaprovechada, una segunda oportunidad, el billete recomprado en una taquilla de Sants para llegar a alguna parte de la calle Bailén.

El frío volvía a llenarme de la ilusión que perdí por la ciudad condal. Mi nariz helada me traía el recuerdo de cómo me daba el aire en la cara cuando iba en moto de un lado a otro de María Claret. Bajar Diagonal fue dando el color, que había perdido hacía varios meses, a mis visiones que solo eran en blanco y negro.
Nada fue intempestivo, todo transcurrió sutil, sencillo, sin pretensiones. Comenzamos a hablar, de todo, quizá de nada, de lo que fue, de lo que no era.

No me sentía nervioso como otras veces, pero el hecho de querer agradar sin que se produjeran silencios incómodos me hacía hablar en exceso, siempre más de la cuenta. Empezamos a hablar de música. Nos miramos y surgió ese momento inefable.

Le robé un beso en la primera nota del solo de saxofón del Waltz nº2 de Dmitri Shostakovich. Recorrí cada curva, cada surco de su piel. Un momento surealista e intenso. Esas manos calientes me calmaban el frío que traía de la calle en Barcelona. Sonreía de nuevo, me perdía en sus manos, nuestras miradas se perdían buscando algo más profundo que la pupila. Era un diálogo sin articular palabra, la piel tenía su propio lenguaje.

Quise compartir algo más de mí mismo, quizá buscando una respuesta a un interrogante que me llevaba toda la noche rondando la cabeza. Dejé que sonaran las Gymnopédies de Satie y mi duda se contestó sola. El tiempo pasó melifluo concediéndome un montón de sueños y fantasías, proyecciones de miles de futuros y con ellos me quedé dormido.

El sentido errante

El día parecía tranquilo como otro día más de mis vacaciones, pero hoy no lo sería, la experiencia me decía que no lo sería, lo que me hacía pensar por qué estaba allí.

Bajé a Murcia por una especie de sentido de la responsabilidad, un aliño de empatía y lástima; en verdad, nadie me pidió que lo hiciera pero ese cóctel me obligó de alguna manera a aventurarme otra vez a esa epopeya que de tanto en tanto volvía a fracasar.
Con mis mejores intenciones llegué a aquella casa de mis recuerdos infantiles en Santa Isabel, llamé y después de un rato, consiguió abrirme. Subí hasta la sexta planta. Cansado, sordo, arqueado como una madera vieja… exhausto. Así me recibió, con su clásica cortesía. No cruzamos apenas dos palabras. Tardamos casi veinte minutos en cerrar las puertas de la casa, esas manías que la gente mayor genera en todo y para todo, incomprensibles para cualquiera fuera de su psique, pero tan trascendentales e importantes que se vuelven como las necesidades vitales.

Aquí empezaría poco a poco a colmar mi paciencia, mi buen hacer y mi ganas de ayudar.

Accedí a llevar su coche más por orgullo personal que por ayudar tengo que admitir. Como no podía ser de otra forma no me lo puso fácil, él tuvo que sacarlo de su garaje, era muy difícil para hacerlo yo, solo un experto en la automoción, como él evidentemente, podía hacerlo. No quise herir más a aquel viejo león herido por la edad y preferí mantener su orgullo intacto. Conseguimos salir de aquel aparcamiento y fuimos a recoger a mi madre, a la que compadecía por estar “obligada” a cuidar de él aunque solo fuera unas semanas. Llegamos finalmente no sin medirnos las fuerzas verbalmente en alguna ocasión. Recogimos a mi madre y ayudó a amenizar el trayecto al ser ella quien sacaba constantemente conversación.

Subimos la montaña por encima de la Fuensanta y allí estaba la casa con mis recuerdos agridulces de toda mi infancia, donde habíamos disfrutado felices mis primos, mis hermanos pero la antipatía de mis abuelos, la falta de interés y sus formas incoherentes y groseras fueron apartando a todos de su lado en los veranos.

Era una casa grande, con un espacioso jardín, piscina e incluso un trozo de bosque, cabían allí fácilmente 11 personas eso sin contar los 2 sofás. Era la típica casa en la que cualquier niño podría disfrutar sin medida. Si no fuera por él, el recuerdo más amargo de mi infancia. Era literalmente una bestia, sus palabras como gruñidos y ladridos como un animal creaban un velo de miedo y respeto, sus continuas aseveraciones, su puesto, su experiencia, parecía que él lo era todo y lo supiera todo.

Dejamos las maletas y organizamos nuestras habitaciones. Yo me quedé un rato sobre la cama pensando. Por una parte entendía la situación actual, él había perdido a su mujer, mi abuela. El dolor, la falta de sentido, su deterioro de facultades le hacía vulnerable e irascible. Poco a poco volví a pensar en que en realidad, siempre había sido igual y la empatía o lástima que podía sentir por él se fue poco a poco esfumando.

Yo estaba en uno de los momentos más fuertes de mi vida y no iba a permitir que nada ni nadie pasase por encima de mí. Él ya no tenía ninguna autoridad ni por una parte física, porque ya no me aterrorizaba ni me conseguía amedrentar como cuando era un niño, ni moral, porque en realidad yo me había hecho a mi mismo, había luchado para llegar a ser quien era y ni él ni nadie podía cuestionar mis logros y progresos.

Fueron pasando los días y cada cual me resultó más terrible, muchos recuerdos, la dificultad de ver a mi madre desbordada por la ineptitud emocional de su padre y, sin duda, la terrible actitud de mi abuelo. Sea como fuere aquellos días me permitieron aprender valiosas lecciones, la primera cuál era mi sustrato. De donde venían mis pensamientos, emociones, actuaciones, muchos de mis comportamientos eran heredados de mis padres, de mis abuelos, si quería mejorar debía empezar por estudiarlos, porque siempre es más fácil ver los problemas ajenos que los propios, y buscar soluciones.

La otra parte era romper con los roles que siempre me habían contenido, reprimido o cohibido, con mis familiares y amigos. Si quería resultados diferentes, tenía que actuar diferente. Rebelarme y ser capaz de enfrentarme a la figura de mi abuelo supuso un antes y un después en mi crecimiento personal, me hizo liberar mi lastre emocional y empoderarme como nunca lo había hecho antes.