Locos

Llevaba allí ya mucho tiempo, desde aquel día, que me declararon clínicamente loco, ¿y qué podía hacer?, todo el mundo me miraba raro, cada vez que abría la boca todos se me quedaban mirando; la verdad es que era una situación insoportable, además de insostenible, por eso, no opuse resistencia y fui ingresado en el hospital psiquiátrico.
Aquí todo era distinto, yo no me consideraba loco, simplemente no pensaba igual que todo el mundo, ya saben, no era un tipo normal; pero ni por asomo era conflictivo, y ni se me habría pasado por la cabeza herir a alguien ni a mí mismo. También escuchaba las ideas normales de los demás, sus vidas normales, sus pensamientos normales, sus deseos normales, ya saben, su normalidad manifiesta. Yo, en otro tiempo, antes de ser ingresado, escuchaba a la gente en mi sillón mientras les ayudaba, les ayudaba a buscar soluciones a sus vidas, al fin y al cabo es lo que todo psiquiatra hace. Mas un día me levanté distinto… El Sol no brillaba igual, la televisión me resultaba repulsiva, mi familia era insoportable, escuchaba la radio y me parecía vulgar y monótona, la sociedad era clónica, una masa igualitaria. Intenté hablar con otros, y sólo encontré repudio, escándalo, sorpresa y una profunda marginación. Había cambiado, lo sabía, pero, nadie, absolutamente nadie consiguió comprenderme.
Al final, mis consejos no servían a la gente en mi consulta, ni ellos me comprendían a mí, ni yo a ellos, salían escandalizados, no daban crédito a mis palabras, huían terminada la hora y no volvían jamás, así perdí la consulta y casi la casa… Hasta que fui declarado loco.

Este sitio, sin embargo, me dejaba expresarme tal y como era, sin ataduras, sin sentirme distinto, era como haber llegado a otro mundo, donde todos eran iguales pero a la vez distintos.
Al principio, al llegar, pensé que todos los locos de allí serían los típicos hombres y mujeres violentos, idos de la cabeza, con camisas de fuerza, chillando por los pasillos, pero… La realidad fue muy distinta. No había nadie gritando, no había camisas de fuerza, no había gente conflictiva, era todo de lo más agradable, incluso diría que los locos eran simpáticos y amables; me sentí muy afín con ellos, pensábamos parecido, y aunque diferíamos en muchos puntos de vista, escuchaban y daban cabida al diálogo y al compartir ideas.
Con el tiempo me di cuenta de que me ahogaba en el otro mundo que estaba, pero en este nuevo había vuelto a nacer.

Hoy volvía a tocarme revisión; la terapia era sencilla: Si le decía al doctor lo que pensaba, me diría que era un loco de remate, pero, si le decía lo que él quería oír, me diría que la locura había desaparecido, pero yo no tenía muchas ganas de irme.

Llamé a la puerta y abrí. Su despacho estaba como siempre, suelo y pared de madera, muchos muebles llenos de libros, una alfombra en el centro, la lámpara con una luz tenue, su mesa con un pequeño jardín Zen y los dos asientos.
El me hizo el gesto para que me sentara y yo me apresuré para acomodarme.
– Buenas tardes, nos volvemos a ver, haber si esta fuera la última, en casa seguro que le esperan.
– No se crea doctor, cuando pasa tanto tiempo, uno ya no se acuerda ni de su sombra.
El hombre escribió un rato y, al parar, preguntó.
– ¿Cómo han ido estos últimos días?
– La verdad es que he tenido un sueño.
– Muy bien, le escucho.
Se acomodó en el asiento y esperó a que empezara.
– Soñé que no existía civilización en un lugar, que todo estaba rodeado de un césped inmenso y verde, refrescante, natural… Cerraba los ojos y sentía… Y saber que todo seguía girando, que todos seguían con sus quehaceres, que todos seguían con su rutina, y yo había parado mi reloj por un tiempo indefinido. Luego, volví en mí, pero dentro del sueño, estaba en mi casa, tal y como la recordaba; mi familia, iguales que la última vez que los vi, y mi mujer me preguntaba ¿Dónde quieres ir? Con una bola del mundo en la mano. Yo la giraba cerrando los ojos y con un dedo puesto, de repente aparecí en París, lleno de luces, de la calidez de su ambiente; volví a girar y aparecí en Moscú, en una casa sin muchas pretensiones, allí estaba mi mujer, haciéndome un gesto con la mano para que me sentara, empezó a hablarme.
– La vida es como una paloma, se escapa, es fugaz, vuela; no te preocupes, vuela con ella, no te pierdas en tierra, conócete a ti mismo, ve tus propios límites sin que nada te condicione, no pongas el querer al servicio del debo.
– Aparecí en un bosque cubierto de nieve, esta vez solo, me sentí grande y a la vez pequeño, como un Dios y el ser más minúsculo, grité en medio del paraje, era un paisaje sin normas, sin reglas, que me llamaran loco era un riesgo que no me importaba correr, sabía que desde aquel momento nunca más pondría el querer al servicio del debo.
El hombre tardó un rato en asimilar todo aquello mientras escribía en su libreta.
– Muy bien… Muy bien, parece que es más grave de lo que pensaba… Habrá que subirle la medicación.

Distancias reducidas

Corría el tren y con una vida nueva, llena de sorpresas, de vivencias y, sobre todo, de soledad. Con ello, dejaba cantidad de recuerdos, todo un pasado, buenos momentos, risas, conversaciones interminables, una lista sin fin de amigos, y, lo más importante, a mi familia.
A veces habíamos tenido nuestros encuentros buenos y malos, disgustos y alegrías, pero es mi familia, y eso es inamovible; la familia no se elige, te viene impuesta desde niño, y es por ello que un extraño vínculo te ata a ellos, un lazo invisible que te atrapa en su recuerdo, mas, es lo normal, el día a día, la confianza, las peleas y los buenos ratos también van haciendo de la familia seres necesarios, totalmente imprescindibles, que por muy lejos que estés, por muy mal que te hallas portado, y por miles de catástrofes que cometas, siempre, te acogerán con los brazos abiertos.
Era de noche, y su silueta se fue diluyendo como la pintura en el agua hasta desvanecerse por completo. Todavía quedaba en mí el último adiós, y con él, y de repente, se me agolparon todos los recuerdos, todo lo que me perdería, las nuevas risas, los nuevos buenos momentos y los malos, las peleas, la confianza, toda una nueva vida que sólo podría escuchar contada por otros, nunca más viviré todo aquello. Me dieron ganas de tirarme y volver corriendo pero hubiera sido un cobarde, no habría hecho frente a la vida, a lo nuevo, a lo desconocido, a la aventura… Tenía miedo a lo nuevo, todos tenemos miedo a lo nuevo, un reconcome interior que te muestra todo lo bueno que tenías y todo lo malo que vendrá después. Hay que imponerse racionalmente y pensarlo, pues el subconsciente juega malas pasadas y, si te dejas, te termina dominando, te atrapa y te invade el miedo.
No se puede dejar que el miedo domine la vida, que coaccione las decisiones, siempre se toma el camino más irracional y se cierran tantas puertas; no es fácil echarle valor, pero es necesario si se quiere vivir, si se quiere vivir dueño de la vida, ir haciéndose con el control, hacerse dueño de uno mismo. Es entonces cuando desaparecen los miedos y las dudas, y, aunque vienen nuevos, ya nunca son iguales, pues se tienen las armas para luchar con cualquier obstáculo, con cualquier barrera y se afirma uno como único propietario de sí mismo.

No es vivir sin miedo lo que nos hace dueños de nuestras vidas sino afrontar la vida sin dejar que nos domine.

Libertad

¿Realmente queremos ser libres? Y aún, ¿somos libres realmente? ¿Qué es ser libre para el ser humano? ¿Cuánto de libres queremos ser? ¿Cuánto de libres somos? Y… Lo más importante ¿Es cuantificable la libertad?
La palabra libertad suena poderosa, es inspiradora de soberanía, de autonomía, es símbolo y representante del bien, pero… ¿Sabemos lo que supone la libertad para nosotros?, creemos ser libres mas solo lo somos hasta un límite, ¿son libres los niños en sus cunas?, y más, ¿el preso en la cárcel? Somos tanto de libres como libre es el pájaro en su jaula; creemos ser libres, pues, no hay necesidades que nos exalten o turben el alma, mas otras necesidades también están cubiertas, aún si todo, nos cantan en nuestros barrotes, y al haber nacido allí y haber vivido allí, crecemos con la jaula, y, más si en realidad el hierro del barrote no existe, sí, en cambio, en la mente.
Es con ello que digo, que ¿qué es libertad para el hombre de hoy?, no hay libertad en el hombre de hoy; lo cual nos lleva a preguntarnos ¿lo tuvo el hombre de ayer?, posiblemente tampoco, pero, si bien aquí reside la diferencia, que, cualquiera colegiría sin problema, el hombre de ayer, los antiguos, sabían que no eran libres; las necesidades corporales, otros seres opresores, el propio mundo supone ya de por sí desde el nacimiento un yugo antilibertario, del que, por natura, se intenta escapar. Pero, ahora bien, el humano de hoy, a diferencia del antiguo, cree, de forma errónea, ser libre, y cae en un fracaso; pierde la búsqueda de libertad, pierde el ansia natural, el deseo de ser libre y se somete, complacientemente, a ese yugo opresor. Llega al acomodamiento estático del animal enjaulado, del cerdo en cría, y, es por ello que debo decir ¿en qué se ha convertido el ser humano de hoy sino en cerdos en cría para ser explotados como fuerza obrera?; seres alienados en campos a los que llamamos ciudades, son masa vacía, masa amorfa y disforme; engendros sin vísceras, zombis autómatas al servicio de su amo y, cual pájaro dice, hace y piensa lo que el amo, a cambio de alpiste, ordena.

La libertad es un deseo inalcanzable pues cuando crees que lo tocas con la punta de los dedos más se aleja y desvanece, pero tan de necios es dejar de buscarla como creer haberla encontrado.

Esquemas establecidos

Es la rutina un hábito que queda enquistado en el alma; el rito, una melodía que parasita la esencia y, la costumbre, una cadena que apresa a la sociedad.
Deshaceos de todas las cadenas que apresen vuestro ser, quitad todas las vendas en los ojos tanto de vosotros como de vuestros semejantes, arrancad los prejuicios y quemadlos.
El mundo es demasiado bello para nacer con una idea fija, cambiadlo, afirmar la realidad, someted al sistema, acabad con todo aquello que sin identidad plena os oprime.
Buscad la verdad en un camino sin fin, sin destino, siempre en pos de encontrar, luchad por las ideas claras y distintas, iluminad la oscuridad, abrid las puertas del progreso, observad el mundo sin lentes, sentir el poder de la realidad sin categorías, sin críticas.
Luchad contra el pesimismo, contra todos aquellos que ocultan el sol, contra los que únicamente se vanaglorian; morid si fuera preciso por un ideal, por la verdad, por la razón, por el amor en sentido amplio y en contra del escepticismo, del oscurantismo, de los malos pensamientos, de todo aquello que pudre el alma y de todos aquellos que corrompen las aguas puras de los bellos ideales.

La maldición del loco

Estábamos en el salón central, el más grande de la casa: estilo barroco alrededor, lámparas de araña que iluminaban hasta la última curva de las columnas de la pared y un sin fin de fuentes de comida. Era una fiesta o una cena, no lo recuerdo bien, con muchas caras sonrientes, rostros que ocultaban la otra faz de la moneda, una malicia que se les enquistaba en el pecho. Cristaleras había muchas, pero, una noche oscura aplomaba fuera y la llovizna chocaba con los cristales, aunque nadie parecía oírlo.
Sonaba una suave música pero, tan pasional que el sonido era verso; más al fondo, cantaba un tenor corpulento, trajeado y con pajarita, a su lado un cuarteto de violinistas; todos ellos pasaban desapercibidos como quien pone música en una tienda de ropa entre el parloteo y los rumores de todos aquellos que acudieron a la fiesta. Vestidos de cóctel, maquilladas hasta la médula, ellos, figurines que aparentaban más de lo que podían imaginar; entre risas y comentarios el grupo cuya “magia” musical pasaba desapercibida, terminaba su actuación, pero a nadie le importó lo más mínimo.
Ya cansado decidí desaparecer del tumulto y me apoyé en una ventana de un balcón muy alto; miré al fondo, a lo lejos, al infinito, pero no vi nada, tan sólo sombras que ocultaban ese maravilloso mundo. Mi vida se iba envolviendo de una delicada pena que me pesaba en el corazón y hacía que cada vez me encontrara más angustiado, agaché la cabeza casi para desplomarme pero, retomé la fuerza y la levanté de nuevo.

Radiaba el Sol en todo el jardín del fondo, el cielo azul con gran intensidad, pájaros, flores, árboles. De repente, a lo lejos, oí una melodía de violín y se descubrió un violinista detrás de un árbol.
– Vente, sígueme.
Otro a lo lejos dijo lo mismo, y otro, y otro.
– ¡Salta te cogeremos!
Todos dejaron los violines y cogieron una manta blanca.
– ¡Salta nosotros te cogeremos! ¿Tienes miedo? ¡Confía en nosotros!
No lo pensé mucho más y me tiré. El tiempo se ralentizó y una extraña sensación se repartió por mi cuerpo, desapareció el miedo, la duda, el dolor, la pena, todo estaba radiado de una extraña luz.
Caí en la manta blanca y los violinistas salieron corriendo en fila hacia un laberinto, corrí tras ellos, pero una vez dentro, se separaron y empezaron a correr cada vez más deprisa hasta que al final, me perdí. Di vueltas y vueltas en busca de la salida aunque fue inútil, me había perdido sin remedio alguno.
Oí una voz muy ligera, quizá, de mujer, atrayente y dulce como un sueño; agudicé un poco más el oído para escuchar las palabras.
– Lo que está arriba, ayer estuvo abajo, lo que es joven, un día fue viejo, lo que es, antes no era, el mañana será presente, la nada lo es todo. Uno, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– ¿Qué quieres decir con eso voz de mi cabeza?
– Uno, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– ¿Podéis explicaros mejor?
– Uno, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– Es imposible decirte nada.
– …
Se hizo el silencio y salió una ardilla de un color un tanto peculiar, rosa llamativo, y los ojos muy azules, llevaba en las manos una bellota roja como una cereza. Se fue poco a poco acercando a mi zapato. Se paró en seco y tiró la bellota, empezó a hacer un gesto con la pequeña mano que tenía.
¿Qué podía hacer?, estaba perdido, podía seguir buscando por mi cuenta, pero los animales suelen tener buenos instintos y, seguramente, la ardilla ya conocía el lugar, la respuesta, era OBVIA…
La ardilla fue corriendo, dando saltos con la cola erguida, por muy pequeña que fuera no fue fácil seguirla, al final, acabamos en una plaza en medio del laberinto y desapareció.
De repente me volví a encontrar solo y perdido en aquel laberinto. Por lo menos sabía que había llegado más o menos al centro.
En la plaza había un montón de flores, rojas, blancas, naranjas, azules, de todos los colores, el sitio era agradable y se respiraba tranquilidad, era como una mañana de verano, con el fresco de la mañana y el sol dando un poco de calorcito, también había bancos y estatuas de mármol, y una fuente con muchos peces.
Me acerqué un poco para ver mejor los peces de la fuente y salió uno del agua, se puso de pie y me miro con sus grandes ojos, sus proporciones eran desmesuradas, comparando claro, con el tamaño que tenían en el agua, bastante altas para ser carpas, para considerar un poco la medida, llegarían por la cadera o un poco más de un hombre alto. Tenía cuerpo de carpa japonesa con dos bigotes y era roja como un demonio; fue dando saltos de un lado a otro y salieron unas cuantas más del estanque, no llegaron a rodearme porque cada una erraba sin destino fijo, iban perdidas de un lado a otro de la plaza, y salieron más y más. Volví a oír una voz.
– Un, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– Otra vez esa voz.
– ¡Plaffff!
– …
Cayó un libro enorme encima de una carpa y, la aplastó, como era de esperar, al rato salió un liquidillo color frambuesa por debajo del libro.
– ¡Plaffff!
Empezaron a caer unos cuantos libros más aplastando otras carpas y cundió el pánico, las carpas morían sucesivamente aplastadas por los libros, no había refugio posible, íbamos a morir.
Apareció, entre los gritos de las carpas y libros con restos de pescado japonés, la ardilla rosa haciéndome un gesto; me acerqué corriendo hacia ella, y sin más reparo, la ardilla abrió una puertecilla en el suelo y entramos los dos.

Me encontré sin saber como en extraño lugar en forma de cuadrado, muy oscuro por cierto, la cabeza me dolía y me encontraba como el que se despierta después de un profundo sueño. Miré a un lado y a otro, una nube lo cubría todo aunque no llegaba a tapar el cuadrado en el que me hallaba. Pero enseguida me dí cuenta de que no era una nube, era como polvo, era algo así como lo que ocurre cuando sacudes cosas antiguas, que se despierta por arte de magia un genio vaporoso de partículas diminutas.
En lo alto de una de las paredes había una oquedad que proyectaba un rayo en el centro pero no iluminaba prácticamente nada, se podría decir que era casi un adorno.
Justo en frente una puerta, imponente, poderosa, impertérrita, al igual que los portones de las catedrales o los castillos, a su derecha un hombrecillo que parecía dormido sentado en una silla. Me acerqué, dando pasos fuertes para hacer notar mi presencia, a preguntarle.
– Perdone buen señor ¿Sabe usted dónde estoy?
Levantó la cabeza para conversar conmigo y descubrió su rostro de anciano, pero tan humano y con una expresión tan amable que en lo sucesivo me sentí muy cómodo hablando con él.
– Buena pregunta ¿Dónde crees que estás?
– No lo sé.
– Has estado escudriñando este lugar ¿Es qué acaso no me puedes decir nada de él?
Me había mirado y yo si quiera me había dado cuenta.
– Hombre, poder… puedo decir cosas de él.
– Escucho atentamente.
– Parece un cubo, el ambiente es espeso, casi podría cortarse con un cuchillo, hay una ventana que proyecta su luz en el suelo, está aquella puerta y estamos usted y yo, claro está.
El anciano mostró una amplia sonrisa.
– Muy bien, muy bien, excelente, yo nunca lo hubiera desglosado mejor, fíjate, que yo hasta habría olvidado la ventana.
– Sí, pero sigue usted sin darme respuesta.
– Todo a su tiempo ¿No te sientes mejor en este sitio?
– No, la verdad es que no.
– Yo como ya estoy acostumbrado a este sitio, quizá por ello me siento bien aquí.
No parecía muy dispuesto a contarme como había llegado a este sitio, o como podría salir, así que decidí pasar a la acción.
– ¿Qué hay detrás de la puerta?
– Creo que material de construcción, ladrillos y esas cosas.
– ¿Y cómo lo sabes?
– Porque algunas veces pasa por aquí un Arquitecto, y confío en su palabra, según cuenta hace muchas cosas con ese material, pero su material es muy rebelde.
– ¿Cómo que rebelde?, ni que los ladrillos y el cemento se amotinen.
– Si más o menos, es un material raro, lloran, tienen miedo, dudan, pero también son felices, alegres, son materiales peculiares.
Después de lo que había visto últimamente no me sorprendía nada, no obstante, tenía que salir de allí.
– Ya me presentarás algún día al Arquitecto ese, parece buen hombre, no todos los arquitectos se arriesgan a trabajar con materiales… REBELDES.
– Él ya te conoce, está más cerca de lo que piensas.
– ¿Eres tú el arquitecto?
– Oh no, yo solo le cuido el sitio para cuando venga.
– ¿Cómo puedo volver de donde vine?
– Por la misma puerta por la que entraste, ¿Quieres irte ya tan rápido?
– Sí, le estaría muy agradecido si me ayudase a salir.
– Por supuesto.
El anciano se levantó, toco unos engranajes de la puerta, y empezó a chirriar, a articularse y se abrió. A fuera estaba completamente negro, no como en el cubo de allí, que estaba grisáceo.
– ¿De verdad quieres irte ya?
– Sí, no sé muy bien porque, pero sé que tengo que llegar a algún sitio.
– Entonces, marchad, nos veremos pronto, hasta luego.
Pasé y se cerró la puerta, todo estaba oscuro y caminé un rato todo recto, terminé tropezándome con algo y caí al suelo, me incorporé de nuevo y toqué una puerta y su pomo, abrí.

Aparecí en una biblioteca, miles de estanterías con libros antiguos, la decoración estaba ambientada en un estilo neoclásico, con mucha madera y el aspecto aunque parecía de ricos era acogedor. Se oían unos pasos de un lado a otro, un traqueteo incesante, pasos, pasos y más pasos; una sombra se deslizaba entre pasillo y pasillo, delante, detrás; salí corriendo hacía algún lugar de aquella biblioteca donde pudiera defender mi posición mejor; sombras aparecían y desaparecían como un suspiro. Me paré en seco. Las luces oscilaban.
Un grito ensordecedor retumbó en toda la sala, vi a un hombre corriendo, esta vez no como las sombras, era de carne y hueso, llegó a mi posición y yo iba a gritar, pero me contuvo el grito con su mano y se llevó un dedo a los labios pidiéndome silencio.
Otro grito, al fondo, no podía soportarlo más, estaba al lado de un desconocido y el corazón entre un puño y apunto de explotar. Otro grito, y silencio de nuevo, hombre estaba esperando a algo o a alguien, entre la tensión no podía si quiera mirarle, de todas formas llevaba la cabeza cubierta.
Los gritos cesaron, pero se oyó un gran estruendo, algunas de las estanterías se cayeron y el montón de libros se esparramaron por el suelo, el hombre de mi lado salió corriendo y me pidió que le siguiera. De pronto me vi envuelto en una marcha forzada hacia una de las puertas de la biblioteca, corrí cuanto pude y el hombre me grito:
– ¡No mires atrás!
Llegamos a una salida de emergencia y otros hombres entraron también, el que me acompañó se quedó dentro de la biblioteca y cerró con candado. Tras unos segundos escuché lo inevitable y golpearon la puerta repetidas veces.
Nos quedaba, a lo largo, un pasillo apenas iluminado por un par de bombillas, y al final, una sala iluminada con luces de neón, como una oficina, tenía pinta de pasillo de hospital, las paredes desarrapadas, sin decoración alguna, pero eso sí, estropeadas, pues, parecía haber pasado mucho tiempo aquel abandonado. Se seguían escuchando los golpes en la puerta de emergencia y el candado parecía ceder poco a poco, los hombres de allí corrieron hasta la puerta del fondo y yo los seguí. Pasamos de sala en sala, había camillas, ordenadores, papeles por el suelo, quirófanos y el blanco color que caracterizaba todo su alrededor.
Al rato de correr hacia ninguna parte paramos y los hombres aquellos se descubrieron la cara, eran blancos como la nieve, sus ojos azules como el mar y rapados completamente. Hablaron un rato en su idioma que no entendí, y luego, uno se dirigió a mí.
– ¿Qué haces ti aquí?
– No lo sé, venía de hablar con un hombre, se abrió una puerta y aparecí aquí.
– Uhmm… ¿Un hombre? ¿Puedes darnos más información sobre él?
– No mucha la verdad, decía que conocía a un Arquitecto, pero no hablamos de muchos más.
– ¡El Arquitecto!
Se hizo el silencio mientras estaban todos aquellos seres como alterados.
– muy bien, entonces debes seguirnos, ha llegado el momento, debes regresar de donde viniste.
– ¿Regresar? ¿Cómo que regresar?
– No te preocupes, síguenos y no pasará nada.
Seguimos caminando pero esta vez sin tanta prisa, llegamos a un almacén y nos metimos por una tapa en el suelo, en muy poco tiempo llegamos todos a través de una escalera a una alcantarilla. Ellos sacaron las linternas y fuimos avanzando en aquella maloliente cloaca, estaba todo recubierto de una mugrosidad que abrazaba cada rincón, pero ellos parecían resignarse y seguir con la marcha, sus sombras se proyectaban en las paredes con la luz de la linterna. Se oyeron unos susurros. Los hombres aquellos apretaron la marcha y terminamos corriendo. Dos de los hombres que nos acompañaban se quedaron atrás y desenvainaron unas espadas para protegernos de los entes que gritaban en la oscuridad.
Llegamos al final, esta vez iluminado, una pared de mármol enorme, se pararon los dos hombres y dijeron:
– aquí se acaba el viaje, la próxima vez piénsatelo mejor.
– ¿Cómo?
Me empujaron hacia la pared, me di un golpe monumental y perdí el conocimiento.

Desperté con la vista borrosa, mis manos contenidas por otras manos que me apretaban, dos caras me observan absortas, las recordaba conocidas pero mi recuerdo era difuso… quizá… había cometido el error más grande de mi vida…

Deus Vitam

Somos el éter de los sueños, vapor desconocido, sombra del alba, último aliento en la muerte, destino infinito, incógnita permanente, crepúsculo de misterios y fascinante juego de magos.
La vida pende de un hilo y, en vilo, ingenua y frágil depositada en las manos inocentes de un niño, temeroso, ignorante y caprichoso; vida, perdida entre un perfume, tan dormida, triste y melancólica que me envuelve cada noche.
Tú me llenas con tu regalo, pues depositaste toda tu confianza sin apenas conocerme.

Desde la Akademeia

Parece que cuando el tiempo se ocupa y los astros tintinean en el cielo los mensajeros se retrasan, puede que esto no sea un contratiempo sino una ventaja; si bien, los amigos se convierten con frecuencia en ladrones de nuestro tiempo.
Recuerda, el agua de la clepsidra ya corre, pero… no te preocupes desde que el rio nace hasta que se entrega al mar suceden innumerables experiencias; no obstante, porque no comenzar el viaje un poco antes, será sólo la antesala, el vestíbulo de lo que el futuro nos depara.
Ahora bien, contesta a mis preguntas y si las respondes, quizá el mensaje llegue más pronto de lo que imaginamos, el Creador siempre se toma su tiempo…
“Se cuenta que un hombre que no es un hombre, viendo y no viendo a un pájaro que no es un pájaro que no es un pájaro, posado en un árbol que no es un árbol, le tira y no le tira una piedra que no es una piedra.”

¿Sabrías decirme la respuesta?

Por cierto, ¿me reconoces si por mis palabras o por donde te escribo?

Un saludo