Covid-19 (I)

Devastado, agotado, sin poder tocar nada, ni a nadie, con el miedo de contagiarnos. Todo el día esa puta mascarilla que me asfixiaba, me ahogaba y que después de varios días sus elásticos me dejaban marcas y llagas en la piel. No nos dejaron despedirnos de él, ni decirle adiós, solo recuerdo cuando le dijeron que tenían que bajarlo a la UCI, se puso a llorar.

Miré a mi madre, estaba clavándose las uñas en el brazo para no derrumbarse ante su hijo, para mostrar la mejor cara de sí misma, para no caer ante nada ni ante nadie, ser fuerte, que su familia saldría adelante, como la loba que protege a su cachorro. No paró ni un instante de decir que todo saldría bien, que mi hermano saldría de esta.

Nuestra agonía duró 12 días, me descompone y atormenta el mero hecho de pensar como fue la de mi hermano. Solo, en aquella habitación, aislado, conectado al respirador, día tras día hasta desaparecer.

Ni tan siquiera después pudimos verlo, solo nos entregaron una urna, con lo que decían que era él. Una broma macabra. Tenía la sensación de que nos estuvieran engañando, que no fuera real.

La realidad nos fue golpeando, a cada uno de una manera diferente, todo pasó tan rápido.

La educación de pleno derecho

Hace unos días volví a escuchar un argumento muy popular en el mundo de la educación, entre los profesores. El argumento era “en el colegio, el instituto o la universidad no se puede enseñar todo”. Aparentemente, el argumento era lógico, todo no sé puede enseñar, pero ni en el colegio, ni en el instituto, ni en ningún lugar, porque eso significaría tener la capacidad de poder adquirir todos los conocimientos, y eso, es imposible.

Este argumento ad logicam (los gatos tienen pelo, mi gato tiene pelo, entonces es un gato), muy típico de los discursos falaces (no se puede dar todo en el colegio, ya se están dando otras materias, entonces esto no debemos darlo) suele ir aparejado a otros dos, o bien el argumento ad vericundiam “así lo dijo Euclides”, argumento que nombra algún autor relevante para la temática… o a veces no. O bien el argumento ad populum “es sobradamente conocido”, “la mayoría lo hizo así”.

Cuando escucho este tipo de argumentos una bombilla roja y una alarma suena dentro de mi cabeza. Los verdaderos sofistas tienen argumentos más retorcidos desde la dialéctica para confundir a uno, no obstante, en nuestros días, la bajeza intelectual está a la orden del día, ya sea con personas corrientes, de a pie, o con políticos, catedráticos o intelectuales, o supuestos… intelectuales.

Recomendaría a cualquiera que desee formular un argumento lógico, descarte el construir el corpus de sus ideas aplastando contra ellas este tipo de falacias.

Sin desarrollar mucho más esta introducción empezaré desmenuzando el siguiente argumento “esa parte de la educación la deben hacer los padres en sus casas”. Podemos usar la particularidad para ver como ese argumento se cae, al menos en algunos casos. ¿y si el menor no tiene padres?, este sería el primer caso que se desmorona el argumento, si el menor no tiene padres, no hay enseñanza que se pueda dar con ellos, por tanto, enseñanzas como los principios de la amistad, el respeto, la comprensión, la inteligencia emocional, bueno… un sinfín de principios que pueden enseñarse o no dentro del contexto familiar, no serían trasmitidos por los progenitores al carecer de los mismos.

Imaginemos ahora, que el menor sí tiene progenitores, pero estos están en lo que llamamos “familia desestructurada”, o bien los padres existen y se han desentendido del menor, o múltiples ejemplos en los que un menor puede verse inmerso y perjudican su desarrollo de principios al no ser estos trasmitidos.

Ahora bien, imaginemos, que el menor tiene padres, pero estos le inculcan otros principios, erróneos, que pueden perjudicar al menor y a su entorno.

Estos tres argumentos desbancan el “esa parte de la educación la deben hacer los padres en sus casas”, pueden no existir, puede existir, pero desentenderse de su educación, y pueden existir y enseñarle erróneamente.

Me gustó una definición que dice “La educación sirve para desarrollar a un ciudadano de pleno derecho, que pueda vivir una vida digna, desarrollando todo su potencial físico y cognitivo” la educación tiene que ser un instrumento por el cual una persona pueda llegar a ser un ciudadano integro e integral. Sin meterme más en la cuestión de qué es educación, querría plantear lo erróneo de una educación en la que los principios universales, sin entrar a definir cuáles son, no estén integrados en la educación o al menos en la educación obligatoria.

Delicada ciudad polvorienta

En aquella esquina de la plaza Santa Catalina, desapercibido, silencioso, aguarda al visitante Ramón Gaya. Como no podría ser de otra forma, el pintor abre las puertas de su casa, espíritu que caracteriza a cualquier murciano. Cientos, quizá miles de veces habría pasado por delante de aquella casa. Que desconocida me era aún mi propia ciudad.

No resultó ser Ramón mi preferido, y no por falta de matices ni sutilezas, ni tampoco por cantidad o calidad en sus obras. Sin embargo, encuentro en sus amigos Luis Garay y Pedro Flores otra sustancia pintoresca que me atrae.

Al margen de estas palabras y sin que estas sirvan para menospreciar ni mucho menos su vida y obra, diré que, siento admiración por muchos de sus actos, encerrados en sus textos y palabras a través de las cuales hoy me llega su potente voz, una voz profunda y sincera.

Comparto la visión de su Murcia, mi Murcia, nuestra Murcia ni levantina, ni andaluza como se puede tener la tentación de suponerla, ni tampoco mitad y mitad, como podría pensarse por su situación fronteriza. No es de Murcia el duende, sino el espíritu, el que se oculta tras la sombra del viento, de su susurro inaudible solo para aquel que sensible cierra sus ojos y admira una gloria pasada. Murcia es esa sustancia del no sequé, sin región ni regionalismo, sin carácter, amable, sincera, como el patrimonio del olvido.

Una Murcia de entonces, una Murcia de ahora, una delicada ciudad polvorienta, de una vigorosa sustancia desvaída.

Quaestio focus

Dotar de sentido al mundo. Mi mundo. Absurdo diálogo. Buscar aquello que no necesito. Un viaje que me lleva al punto de origen. Llamar a la puerta desde donde despedí mi partida. Giro de 360º. ¿Bañarme en el mismo río? ¿Quizá fuera otro?. Otro enfoque. Otra perspectiva. Otra aproximación a la cuadratura del círculo. Negar que la luz tiene diferentes reflejos en el cristal.

Me dijeron que abriera los ojos, que estuviera despierto, que observara. Me dijeron que callara y callé. Me dijeron como vivir y obedecí. Incapaz de ver. Incapaz de sentir. Ciego. Cierro los ojos. Tengo miedo. Una respiración profunda. Allí estaba. Lo que simplemente era. Comenzó a ser.


Brisa de mar

Soy el sol. Su destello en mi cara. Soy sal. Su salitre en mi piel. Soy mar. Rumor del abismo. Soy náufrago. De cualquier barco hundido. Soy gaviota. Mecido por el viento. Soy huella. De arena borrada por las olas. Soy. Y dejé de ser. No soy. Y cuando jamás pensé volver a ser. Fui.

Ruido

Y hubo tanto ruido que al final llegó el final. Mucho, mucho ruido. Tanto, tanto ruido que al final, por fin, llegó el fin. Una revelación entre tanto ruido. Acallé voces. Dejadme escuchar a aquel que con voz tenue me susurra al oído. Quien siempre estuvo. Aquel que queda al deshojar la flor. Aquel que frente al espejo se presenta desnudo cuando cae la ropa. Aquel que por resultado queda en la resta. Diría Mies, menos es más. Hablaría Pablo d’Ors en su biografía del silencio sobre el poder de la resta, se quedaría Gaudí con la deconstrucción del gótico y sería Pablo Picasso el que sustraería elementos hasta quedarse con el desnudo de la forma más pura. Un fuerte soplido, y solo quedará la casa de ladrillo. Un aire rotundo, violento y enrarecido de pulsión de muerte. Un pulso minimalista borrando lo superfluo, lo banal. Quedando lo de valor, lo que de verdad importa.

El significado es de quien lo lea

Desde muy joven la literatura me suscitó gran interés. Recuerdo con rabia una clase de literatura en la que interpretábamos los símbolos que aparecían en libros de Federico García Lorca o Miguel Hernández. Unos señores, muchas veces ni si quiera era el propio autor, decían: el caballo representa la virilidad masculina, el buey como elemento humillado y resignado, el gallo es símbolo de sacrificio.

Para mí, en el momento que lees mis palabras, el texto se vuelve tuyo, evoca tu pasado, presente o futuro, evoca tus recuerdos, tus vivencias, tu mundo interior o exterior ¿Cómo podría quitar yo, el derecho de la autoría, a quien lo ha vivido como propio?, absolutamente no, el texto, en literatura, es de quien lo lee.

Un recuerdo de Barcelona

Demorando el sueño, entre desvelos de mi enfermedad, termino estas letras agradables de Silvia Suárez y Anna-Priscila Magriñá. Letras curiosas, letras atrevidas de un romanticismo catalán, de una sociedad en cursiva, luchadora, revolucionaria, cultural y singular.

Letras que me traen nostalgia de aquellos recuerdos por la ciudad condal que un día recorrí, viví y sentí. Ahora que convaleciente recorro mi casa casi sin poder salir de ella a causa del dolor pienso en un nuevo viaje. Un nuevo viaje a la ciudad de Gaudí, a la ciudad donde pintó Picasso sus señoritas de Avignon, la ciudad del Sant Pau i la Santa Creu, la ciudad del Liceu, la de Narcís Oller o Isaac Albéniz. En algún momento también fue la mía. Me tendré que recuperar un poco aún para emprender algún viaje. Pero me gustaría volver.

Lo más bonito de estas letras es recrearme en el recuerdo. Recordar calles y edificios, recordar cómo huelen las cosas, cómo se sienten las luces. Los cafés que he tomado o recorrer la ciudad en moto, coche, taxi, metro, bus o andando. Las personas que dejo atrás, las que hoy siguen conmigo. Quizá estoy un poco nostálgico nada más.