Lágrimas y rímel

Un deseo, una bocanada de humo en tus labios, una balada triste se entona en mi corazón. Palabras, susurros, murmullos vacios en un salón que apenas se tiene en pie.
Y otra vez te miro, esa sonrisa, esos ojos, me pierdo en ti, y, al mirarte, y al sentirte, y al momento que me miras, desaparezco…
He pasado los días más bellos contigo, sentir tu mano, tu cálido aliento y que me abraces y abrazarte, tenerte de nuevo.
Volvería para nunca regresar, para estar siempre contigo, volvería para conquistarlo todo de nuevo, para perderme en las calles, en los paisajes, en sus colores y poesías que surgen de la tarde, cuando el sol se mortifica en una esquina del cielo, que majestuoso, muere en una agonía fugaz y sonora.
Iluminas cada una de mis palabras, eres la tinta de mi pluma y la energía de cada trazo, llámalo como quieras, no tiene nombre y los tiene todos.
Y te contemplo sin que me veas, cuando, sentada miras a tu alrededor; contigo mi reloj se detiene porque eres mi sueño de verano y sé que traería el sol sólo para que me dijeras que sí.
Toca decir adiós, sabes que no será para siempre, sabes que volverás; al menos tu recuerdo, volverá a sus ventanas, a pasear sin prisa, con la vida dándote en los ojos, pero no lo puedes evitar y se baña de un negro melancólico tu despedida. No queda nada más que tiempo para mirar hacia delante mientras te recompones por todo aquello que, aunque no has perdido, ya queda tan lejos, tan intocable, que se desvanece entre pitidos y chillidos de un tren sin destino.
Hoy me asaltan las dudas, nada tengo claro y no sé si será el momento indicado, cuando tu perfume me envuelve la cabeza que bajo las estrellas me embriaga, es cuando arruino todo, siempre metiendo la pata, diciendo algo tan tonto como te quiero…

La fontaine de la vie

Lágrimas que se derraman sin sentido en un jarrón vacío, todo en silencio y, a la luz de los velas, el tiempo se consume como la luz en la oscuridad.
Cuánto ha pasado y con la añoranza del recuerdo me sumerjo, me inundo, me ahogo…
La vida sin vivir no es vida y más si es perdida como el viento de verano, como nuestra relación de mayo, guardada con llave y cajón.
Vivir sin ti no es vivir y vivir sin ti me muero pues mi deseo está en el quiero y tú no me das la razón.
Me pierdo en las ventanas que dan al puerto, al mar, al viento… A los barcos mercantiles cargados de gentiles que viajan por un presente mejor.

In ictu oculi

Gritar, escapar, romper con todo, tirarlo todo por la borda, destruir los esquemas, desconectar…
Necesito pasar página y ahogar los fantasmas del pasado, proclamarme de nuevo, en definitiva, mirar hacia delante; tantos cambios, tanto barullo, gritar: ¡Basta!, y que todo pare, congelar el tiempo y formular mis deseos.
Son sólo promesas en un corazón vacío, en la soledad del desierto.
Y vuelta a mi mundo de sueño donde todo son recuerdos y donde jamás vuelva a tener miedo; vuelta a aquellos años cuando miraba las estrellas, el tiempo no existía y la risa de los amigos lo llenaba todo; vuelta a aquellas preguntas de porque sale el sol o porque el cielo es azul; vuelta a aquellas preocupaciones de llevar los deberes a clase o esperar a que la madre no te regañe por llegar tarde; vuelta a ese primer beso y mirar los atardeceres; vuelta a las noches eternas de beber con los amigos bajo la luz de la farola y con el frio de la noche; vuelta a las tonterías del pasado y a las tardes en la calle….
Quizá ya me haya hecho mayor para todo eso, pero no dejo de devolverle la sonrisa al pasado.

Locos

Llevaba allí ya mucho tiempo, desde aquel día, que me declararon clínicamente loco, ¿y qué podía hacer?, todo el mundo me miraba raro, cada vez que abría la boca todos se me quedaban mirando; la verdad es que era una situación insoportable, además de insostenible, por eso, no opuse resistencia y fui ingresado en el hospital psiquiátrico.
Aquí todo era distinto, yo no me consideraba loco, simplemente no pensaba igual que todo el mundo, ya saben, no era un tipo normal; pero ni por asomo era conflictivo, y ni se me habría pasado por la cabeza herir a alguien ni a mí mismo. También escuchaba las ideas normales de los demás, sus vidas normales, sus pensamientos normales, sus deseos normales, ya saben, su normalidad manifiesta. Yo, en otro tiempo, antes de ser ingresado, escuchaba a la gente en mi sillón mientras les ayudaba, les ayudaba a buscar soluciones a sus vidas, al fin y al cabo es lo que todo psiquiatra hace. Mas un día me levanté distinto… El Sol no brillaba igual, la televisión me resultaba repulsiva, mi familia era insoportable, escuchaba la radio y me parecía vulgar y monótona, la sociedad era clónica, una masa igualitaria. Intenté hablar con otros, y sólo encontré repudio, escándalo, sorpresa y una profunda marginación. Había cambiado, lo sabía, pero, nadie, absolutamente nadie consiguió comprenderme.
Al final, mis consejos no servían a la gente en mi consulta, ni ellos me comprendían a mí, ni yo a ellos, salían escandalizados, no daban crédito a mis palabras, huían terminada la hora y no volvían jamás, así perdí la consulta y casi la casa… Hasta que fui declarado loco.

Este sitio, sin embargo, me dejaba expresarme tal y como era, sin ataduras, sin sentirme distinto, era como haber llegado a otro mundo, donde todos eran iguales pero a la vez distintos.
Al principio, al llegar, pensé que todos los locos de allí serían los típicos hombres y mujeres violentos, idos de la cabeza, con camisas de fuerza, chillando por los pasillos, pero… La realidad fue muy distinta. No había nadie gritando, no había camisas de fuerza, no había gente conflictiva, era todo de lo más agradable, incluso diría que los locos eran simpáticos y amables; me sentí muy afín con ellos, pensábamos parecido, y aunque diferíamos en muchos puntos de vista, escuchaban y daban cabida al diálogo y al compartir ideas.
Con el tiempo me di cuenta de que me ahogaba en el otro mundo que estaba, pero en este nuevo había vuelto a nacer.

Hoy volvía a tocarme revisión; la terapia era sencilla: Si le decía al doctor lo que pensaba, me diría que era un loco de remate, pero, si le decía lo que él quería oír, me diría que la locura había desaparecido, pero yo no tenía muchas ganas de irme.

Llamé a la puerta y abrí. Su despacho estaba como siempre, suelo y pared de madera, muchos muebles llenos de libros, una alfombra en el centro, la lámpara con una luz tenue, su mesa con un pequeño jardín Zen y los dos asientos.
El me hizo el gesto para que me sentara y yo me apresuré para acomodarme.
– Buenas tardes, nos volvemos a ver, haber si esta fuera la última, en casa seguro que le esperan.
– No se crea doctor, cuando pasa tanto tiempo, uno ya no se acuerda ni de su sombra.
El hombre escribió un rato y, al parar, preguntó.
– ¿Cómo han ido estos últimos días?
– La verdad es que he tenido un sueño.
– Muy bien, le escucho.
Se acomodó en el asiento y esperó a que empezara.
– Soñé que no existía civilización en un lugar, que todo estaba rodeado de un césped inmenso y verde, refrescante, natural… Cerraba los ojos y sentía… Y saber que todo seguía girando, que todos seguían con sus quehaceres, que todos seguían con su rutina, y yo había parado mi reloj por un tiempo indefinido. Luego, volví en mí, pero dentro del sueño, estaba en mi casa, tal y como la recordaba; mi familia, iguales que la última vez que los vi, y mi mujer me preguntaba ¿Dónde quieres ir? Con una bola del mundo en la mano. Yo la giraba cerrando los ojos y con un dedo puesto, de repente aparecí en París, lleno de luces, de la calidez de su ambiente; volví a girar y aparecí en Moscú, en una casa sin muchas pretensiones, allí estaba mi mujer, haciéndome un gesto con la mano para que me sentara, empezó a hablarme.
– La vida es como una paloma, se escapa, es fugaz, vuela; no te preocupes, vuela con ella, no te pierdas en tierra, conócete a ti mismo, ve tus propios límites sin que nada te condicione, no pongas el querer al servicio del debo.
– Aparecí en un bosque cubierto de nieve, esta vez solo, me sentí grande y a la vez pequeño, como un Dios y el ser más minúsculo, grité en medio del paraje, era un paisaje sin normas, sin reglas, que me llamaran loco era un riesgo que no me importaba correr, sabía que desde aquel momento nunca más pondría el querer al servicio del debo.
El hombre tardó un rato en asimilar todo aquello mientras escribía en su libreta.
– Muy bien… Muy bien, parece que es más grave de lo que pensaba… Habrá que subirle la medicación.

Distancias reducidas

Corría el tren y con una vida nueva, llena de sorpresas, de vivencias y, sobre todo, de soledad. Con ello, dejaba cantidad de recuerdos, todo un pasado, buenos momentos, risas, conversaciones interminables, una lista sin fin de amigos, y, lo más importante, a mi familia.
A veces habíamos tenido nuestros encuentros buenos y malos, disgustos y alegrías, pero es mi familia, y eso es inamovible; la familia no se elige, te viene impuesta desde niño, y es por ello que un extraño vínculo te ata a ellos, un lazo invisible que te atrapa en su recuerdo, mas, es lo normal, el día a día, la confianza, las peleas y los buenos ratos también van haciendo de la familia seres necesarios, totalmente imprescindibles, que por muy lejos que estés, por muy mal que te hallas portado, y por miles de catástrofes que cometas, siempre, te acogerán con los brazos abiertos.
Era de noche, y su silueta se fue diluyendo como la pintura en el agua hasta desvanecerse por completo. Todavía quedaba en mí el último adiós, y con él, y de repente, se me agolparon todos los recuerdos, todo lo que me perdería, las nuevas risas, los nuevos buenos momentos y los malos, las peleas, la confianza, toda una nueva vida que sólo podría escuchar contada por otros, nunca más viviré todo aquello. Me dieron ganas de tirarme y volver corriendo pero hubiera sido un cobarde, no habría hecho frente a la vida, a lo nuevo, a lo desconocido, a la aventura… Tenía miedo a lo nuevo, todos tenemos miedo a lo nuevo, un reconcome interior que te muestra todo lo bueno que tenías y todo lo malo que vendrá después. Hay que imponerse racionalmente y pensarlo, pues el subconsciente juega malas pasadas y, si te dejas, te termina dominando, te atrapa y te invade el miedo.
No se puede dejar que el miedo domine la vida, que coaccione las decisiones, siempre se toma el camino más irracional y se cierran tantas puertas; no es fácil echarle valor, pero es necesario si se quiere vivir, si se quiere vivir dueño de la vida, ir haciéndose con el control, hacerse dueño de uno mismo. Es entonces cuando desaparecen los miedos y las dudas, y, aunque vienen nuevos, ya nunca son iguales, pues se tienen las armas para luchar con cualquier obstáculo, con cualquier barrera y se afirma uno como único propietario de sí mismo.

No es vivir sin miedo lo que nos hace dueños de nuestras vidas sino afrontar la vida sin dejar que nos domine.

La maldición del loco

Estábamos en el salón central, el más grande de la casa: estilo barroco alrededor, lámparas de araña que iluminaban hasta la última curva de las columnas de la pared y un sin fin de fuentes de comida. Era una fiesta o una cena, no lo recuerdo bien, con muchas caras sonrientes, rostros que ocultaban la otra faz de la moneda, una malicia que se les enquistaba en el pecho. Cristaleras había muchas, pero, una noche oscura aplomaba fuera y la llovizna chocaba con los cristales, aunque nadie parecía oírlo.
Sonaba una suave música pero, tan pasional que el sonido era verso; más al fondo, cantaba un tenor corpulento, trajeado y con pajarita, a su lado un cuarteto de violinistas; todos ellos pasaban desapercibidos como quien pone música en una tienda de ropa entre el parloteo y los rumores de todos aquellos que acudieron a la fiesta. Vestidos de cóctel, maquilladas hasta la médula, ellos, figurines que aparentaban más de lo que podían imaginar; entre risas y comentarios el grupo cuya “magia” musical pasaba desapercibida, terminaba su actuación, pero a nadie le importó lo más mínimo.
Ya cansado decidí desaparecer del tumulto y me apoyé en una ventana de un balcón muy alto; miré al fondo, a lo lejos, al infinito, pero no vi nada, tan sólo sombras que ocultaban ese maravilloso mundo. Mi vida se iba envolviendo de una delicada pena que me pesaba en el corazón y hacía que cada vez me encontrara más angustiado, agaché la cabeza casi para desplomarme pero, retomé la fuerza y la levanté de nuevo.

Radiaba el Sol en todo el jardín del fondo, el cielo azul con gran intensidad, pájaros, flores, árboles. De repente, a lo lejos, oí una melodía de violín y se descubrió un violinista detrás de un árbol.
– Vente, sígueme.
Otro a lo lejos dijo lo mismo, y otro, y otro.
– ¡Salta te cogeremos!
Todos dejaron los violines y cogieron una manta blanca.
– ¡Salta nosotros te cogeremos! ¿Tienes miedo? ¡Confía en nosotros!
No lo pensé mucho más y me tiré. El tiempo se ralentizó y una extraña sensación se repartió por mi cuerpo, desapareció el miedo, la duda, el dolor, la pena, todo estaba radiado de una extraña luz.
Caí en la manta blanca y los violinistas salieron corriendo en fila hacia un laberinto, corrí tras ellos, pero una vez dentro, se separaron y empezaron a correr cada vez más deprisa hasta que al final, me perdí. Di vueltas y vueltas en busca de la salida aunque fue inútil, me había perdido sin remedio alguno.
Oí una voz muy ligera, quizá, de mujer, atrayente y dulce como un sueño; agudicé un poco más el oído para escuchar las palabras.
– Lo que está arriba, ayer estuvo abajo, lo que es joven, un día fue viejo, lo que es, antes no era, el mañana será presente, la nada lo es todo. Uno, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– ¿Qué quieres decir con eso voz de mi cabeza?
– Uno, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– ¿Podéis explicaros mejor?
– Uno, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– Es imposible decirte nada.
– …
Se hizo el silencio y salió una ardilla de un color un tanto peculiar, rosa llamativo, y los ojos muy azules, llevaba en las manos una bellota roja como una cereza. Se fue poco a poco acercando a mi zapato. Se paró en seco y tiró la bellota, empezó a hacer un gesto con la pequeña mano que tenía.
¿Qué podía hacer?, estaba perdido, podía seguir buscando por mi cuenta, pero los animales suelen tener buenos instintos y, seguramente, la ardilla ya conocía el lugar, la respuesta, era OBVIA…
La ardilla fue corriendo, dando saltos con la cola erguida, por muy pequeña que fuera no fue fácil seguirla, al final, acabamos en una plaza en medio del laberinto y desapareció.
De repente me volví a encontrar solo y perdido en aquel laberinto. Por lo menos sabía que había llegado más o menos al centro.
En la plaza había un montón de flores, rojas, blancas, naranjas, azules, de todos los colores, el sitio era agradable y se respiraba tranquilidad, era como una mañana de verano, con el fresco de la mañana y el sol dando un poco de calorcito, también había bancos y estatuas de mármol, y una fuente con muchos peces.
Me acerqué un poco para ver mejor los peces de la fuente y salió uno del agua, se puso de pie y me miro con sus grandes ojos, sus proporciones eran desmesuradas, comparando claro, con el tamaño que tenían en el agua, bastante altas para ser carpas, para considerar un poco la medida, llegarían por la cadera o un poco más de un hombre alto. Tenía cuerpo de carpa japonesa con dos bigotes y era roja como un demonio; fue dando saltos de un lado a otro y salieron unas cuantas más del estanque, no llegaron a rodearme porque cada una erraba sin destino fijo, iban perdidas de un lado a otro de la plaza, y salieron más y más. Volví a oír una voz.
– Un, dos, tres, mira al revés y verás la salida, sino está perdida la encontrarás, andas detrás de una mentira.
– Otra vez esa voz.
– ¡Plaffff!
– …
Cayó un libro enorme encima de una carpa y, la aplastó, como era de esperar, al rato salió un liquidillo color frambuesa por debajo del libro.
– ¡Plaffff!
Empezaron a caer unos cuantos libros más aplastando otras carpas y cundió el pánico, las carpas morían sucesivamente aplastadas por los libros, no había refugio posible, íbamos a morir.
Apareció, entre los gritos de las carpas y libros con restos de pescado japonés, la ardilla rosa haciéndome un gesto; me acerqué corriendo hacia ella, y sin más reparo, la ardilla abrió una puertecilla en el suelo y entramos los dos.

Me encontré sin saber como en extraño lugar en forma de cuadrado, muy oscuro por cierto, la cabeza me dolía y me encontraba como el que se despierta después de un profundo sueño. Miré a un lado y a otro, una nube lo cubría todo aunque no llegaba a tapar el cuadrado en el que me hallaba. Pero enseguida me dí cuenta de que no era una nube, era como polvo, era algo así como lo que ocurre cuando sacudes cosas antiguas, que se despierta por arte de magia un genio vaporoso de partículas diminutas.
En lo alto de una de las paredes había una oquedad que proyectaba un rayo en el centro pero no iluminaba prácticamente nada, se podría decir que era casi un adorno.
Justo en frente una puerta, imponente, poderosa, impertérrita, al igual que los portones de las catedrales o los castillos, a su derecha un hombrecillo que parecía dormido sentado en una silla. Me acerqué, dando pasos fuertes para hacer notar mi presencia, a preguntarle.
– Perdone buen señor ¿Sabe usted dónde estoy?
Levantó la cabeza para conversar conmigo y descubrió su rostro de anciano, pero tan humano y con una expresión tan amable que en lo sucesivo me sentí muy cómodo hablando con él.
– Buena pregunta ¿Dónde crees que estás?
– No lo sé.
– Has estado escudriñando este lugar ¿Es qué acaso no me puedes decir nada de él?
Me había mirado y yo si quiera me había dado cuenta.
– Hombre, poder… puedo decir cosas de él.
– Escucho atentamente.
– Parece un cubo, el ambiente es espeso, casi podría cortarse con un cuchillo, hay una ventana que proyecta su luz en el suelo, está aquella puerta y estamos usted y yo, claro está.
El anciano mostró una amplia sonrisa.
– Muy bien, muy bien, excelente, yo nunca lo hubiera desglosado mejor, fíjate, que yo hasta habría olvidado la ventana.
– Sí, pero sigue usted sin darme respuesta.
– Todo a su tiempo ¿No te sientes mejor en este sitio?
– No, la verdad es que no.
– Yo como ya estoy acostumbrado a este sitio, quizá por ello me siento bien aquí.
No parecía muy dispuesto a contarme como había llegado a este sitio, o como podría salir, así que decidí pasar a la acción.
– ¿Qué hay detrás de la puerta?
– Creo que material de construcción, ladrillos y esas cosas.
– ¿Y cómo lo sabes?
– Porque algunas veces pasa por aquí un Arquitecto, y confío en su palabra, según cuenta hace muchas cosas con ese material, pero su material es muy rebelde.
– ¿Cómo que rebelde?, ni que los ladrillos y el cemento se amotinen.
– Si más o menos, es un material raro, lloran, tienen miedo, dudan, pero también son felices, alegres, son materiales peculiares.
Después de lo que había visto últimamente no me sorprendía nada, no obstante, tenía que salir de allí.
– Ya me presentarás algún día al Arquitecto ese, parece buen hombre, no todos los arquitectos se arriesgan a trabajar con materiales… REBELDES.
– Él ya te conoce, está más cerca de lo que piensas.
– ¿Eres tú el arquitecto?
– Oh no, yo solo le cuido el sitio para cuando venga.
– ¿Cómo puedo volver de donde vine?
– Por la misma puerta por la que entraste, ¿Quieres irte ya tan rápido?
– Sí, le estaría muy agradecido si me ayudase a salir.
– Por supuesto.
El anciano se levantó, toco unos engranajes de la puerta, y empezó a chirriar, a articularse y se abrió. A fuera estaba completamente negro, no como en el cubo de allí, que estaba grisáceo.
– ¿De verdad quieres irte ya?
– Sí, no sé muy bien porque, pero sé que tengo que llegar a algún sitio.
– Entonces, marchad, nos veremos pronto, hasta luego.
Pasé y se cerró la puerta, todo estaba oscuro y caminé un rato todo recto, terminé tropezándome con algo y caí al suelo, me incorporé de nuevo y toqué una puerta y su pomo, abrí.

Aparecí en una biblioteca, miles de estanterías con libros antiguos, la decoración estaba ambientada en un estilo neoclásico, con mucha madera y el aspecto aunque parecía de ricos era acogedor. Se oían unos pasos de un lado a otro, un traqueteo incesante, pasos, pasos y más pasos; una sombra se deslizaba entre pasillo y pasillo, delante, detrás; salí corriendo hacía algún lugar de aquella biblioteca donde pudiera defender mi posición mejor; sombras aparecían y desaparecían como un suspiro. Me paré en seco. Las luces oscilaban.
Un grito ensordecedor retumbó en toda la sala, vi a un hombre corriendo, esta vez no como las sombras, era de carne y hueso, llegó a mi posición y yo iba a gritar, pero me contuvo el grito con su mano y se llevó un dedo a los labios pidiéndome silencio.
Otro grito, al fondo, no podía soportarlo más, estaba al lado de un desconocido y el corazón entre un puño y apunto de explotar. Otro grito, y silencio de nuevo, hombre estaba esperando a algo o a alguien, entre la tensión no podía si quiera mirarle, de todas formas llevaba la cabeza cubierta.
Los gritos cesaron, pero se oyó un gran estruendo, algunas de las estanterías se cayeron y el montón de libros se esparramaron por el suelo, el hombre de mi lado salió corriendo y me pidió que le siguiera. De pronto me vi envuelto en una marcha forzada hacia una de las puertas de la biblioteca, corrí cuanto pude y el hombre me grito:
– ¡No mires atrás!
Llegamos a una salida de emergencia y otros hombres entraron también, el que me acompañó se quedó dentro de la biblioteca y cerró con candado. Tras unos segundos escuché lo inevitable y golpearon la puerta repetidas veces.
Nos quedaba, a lo largo, un pasillo apenas iluminado por un par de bombillas, y al final, una sala iluminada con luces de neón, como una oficina, tenía pinta de pasillo de hospital, las paredes desarrapadas, sin decoración alguna, pero eso sí, estropeadas, pues, parecía haber pasado mucho tiempo aquel abandonado. Se seguían escuchando los golpes en la puerta de emergencia y el candado parecía ceder poco a poco, los hombres de allí corrieron hasta la puerta del fondo y yo los seguí. Pasamos de sala en sala, había camillas, ordenadores, papeles por el suelo, quirófanos y el blanco color que caracterizaba todo su alrededor.
Al rato de correr hacia ninguna parte paramos y los hombres aquellos se descubrieron la cara, eran blancos como la nieve, sus ojos azules como el mar y rapados completamente. Hablaron un rato en su idioma que no entendí, y luego, uno se dirigió a mí.
– ¿Qué haces ti aquí?
– No lo sé, venía de hablar con un hombre, se abrió una puerta y aparecí aquí.
– Uhmm… ¿Un hombre? ¿Puedes darnos más información sobre él?
– No mucha la verdad, decía que conocía a un Arquitecto, pero no hablamos de muchos más.
– ¡El Arquitecto!
Se hizo el silencio mientras estaban todos aquellos seres como alterados.
– muy bien, entonces debes seguirnos, ha llegado el momento, debes regresar de donde viniste.
– ¿Regresar? ¿Cómo que regresar?
– No te preocupes, síguenos y no pasará nada.
Seguimos caminando pero esta vez sin tanta prisa, llegamos a un almacén y nos metimos por una tapa en el suelo, en muy poco tiempo llegamos todos a través de una escalera a una alcantarilla. Ellos sacaron las linternas y fuimos avanzando en aquella maloliente cloaca, estaba todo recubierto de una mugrosidad que abrazaba cada rincón, pero ellos parecían resignarse y seguir con la marcha, sus sombras se proyectaban en las paredes con la luz de la linterna. Se oyeron unos susurros. Los hombres aquellos apretaron la marcha y terminamos corriendo. Dos de los hombres que nos acompañaban se quedaron atrás y desenvainaron unas espadas para protegernos de los entes que gritaban en la oscuridad.
Llegamos al final, esta vez iluminado, una pared de mármol enorme, se pararon los dos hombres y dijeron:
– aquí se acaba el viaje, la próxima vez piénsatelo mejor.
– ¿Cómo?
Me empujaron hacia la pared, me di un golpe monumental y perdí el conocimiento.

Desperté con la vista borrosa, mis manos contenidas por otras manos que me apretaban, dos caras me observan absortas, las recordaba conocidas pero mi recuerdo era difuso… quizá… había cometido el error más grande de mi vida…

La mariposa

Estaba una joven muchacha preocupada porque nadie la reconocía, se sentía triste, apocada e inservible, sobre todo, porque no sabía que haría en el futuro, se veía perdida, confusa, inmersa en un caos de dudas e incertidumbres del que no podía escapar.
Un día salía por el campo, y vio una bella mariposa, con mucho tacto la cazó y la guardó entre sus manos, como estaba cansada de no llevar nunca la razón pensó, hablaré con el sabio de la montaña y le preguntaré ¿Está viva o muerta la mariposa?, si me responde que está viva, yo misma la mataré aplastándola, si por el contrario me dice que está muerta la dejaré volar delante suya.
La muchacha no tardó en presentarse ante el sabio de la montaña y le formuló la pregunta:
– ¿Cómo está la mariposa que tengo entre mis manos, muerta o viva?
El anciano le respondió.
– La mariposa estará como tú quieras que esté.

Las decisiones de la vida están en nuestras manos, en ellas se decidirá nuestro futuro y sólo ellas han de tomar nuestro verdadero camino. Nosotros somos los verdaderos artífices de nuestros sueños, podemos hacer que lleguen a lo más alto y que se cumplan y por el contrario destruirlos y esconderlos en las profundidades del corazón.

La luciérnaga y la serpiente

Perseguía una serpiente a una luciérnaga y, la sierpe, a cada momento más cerca, preparaba ya sus fauces para devorar sin miramiento al insecto. La luciérnaga corrió cuanto pudo mas le fue imposible escapar de la serpiente; como sabía que la devoraría se paró y le preguntó:
¿Soy acaso de tu cadena alimentaria?
No.
¿Acaso te hice algún mal del que quieras vengarte?
No.
Entonces, ¿Por qué quieres acabar conmigo?
Porque no soporto tu luz.

La historia aunque no fue idea mía, sino que, tan sólo ha sido una adaptación de una historia que me contaron y que he procurado recoger lo más fiel y verídicamente conforme a la original muestra una realidad patente que se manifiesta día a día.
Hay personas llenas de alegría, de fuerza, de pasión, de luz que irradia a todas partes, sin embargo, sólo por el mero hecho de brillar, de iluminar a nuestro pequeño mundo ya sea con una sonrisa, con una buena acción o con un don propio, será objeto de envidia, de deseo y de codicia de las serpientes, que arrastrándose y envilecidas por su veneno, reptarán para acabar con la luz de los demás.
Sed precavidos de aquellas sierpes que, rastreras, acechan a la luz del hombre, pues no dudarán en acabar con todo lo que tenéis, en quitároslo todo, pero nunca les deis la satisfacción de que os arrebaten la luz, que no apaguen la llama que brota en el interior de cada uno, sed, pues, faros de luz y brillad más fuerte ante la adversidad, ya que, si os la quitan os volveréis como ellos, sierpes envilecidas y venenosas.

Seres, más seres

El protagonista se mueve de un lado a otro en la cama. Son las 6:47 y aun el despertador no ha sonado. La habitación está en penumbra, llena de bártulos e inmersa en un caos que por caótico parece un cosmos de libros y recuerdos de un eclecticismo no muy lejano. La luz todavía no incide por la ventana. El otro ser de la misma habitación dormita más allá del sueño en lo que parce una muerte profunda. El protagonista abre los ojos entre sudores y piensa.
– Parece que el día ha llegado, como me gustaría cambiarlo todo, ir atrás en el tiempo con lo que ya sé y, cambiarlo todo, o mejor, parar el tiempo y hacer lo que me diera la gana, o saberlo todo y hacerlo todo mejor que nadie… ah y ser el más guapo, por pedir que no quede.
El protagonista suspira y el ser que parecía inerte dormitando a un lado hace amagos de vida. El protagonista coge el móvil y ve la hora. 6:53.
– Porque no serán las cosas más fáciles, una barita, un poder mágico, un genio, un pez de esos de los cuentos o inspiración divina, ¿Es qué es tan complicado?, parece que sí…
El protagonista se mulle la almohada en un vano intento para mejorar su comodidad, pero no lo consigue. Mira al techo, pero todo está negro. Vuelve a mirar el móvil. 6:56. Suspira y cambia de posición mientras desespera. Cierra los ojos y piensa.
– Bueno, la suerte está echada, no puedo ser tan negativo, tengo que vivir y a veces viviendo se cometen errores, son los riesgos de vivir, errar es humano; maldito tiempo cuando quieres que avance parece que se vuelve rígido y lento, y cuando quieres que vaya más lento, corre como alma que lleva el diablo, al fin y al cabo somos esclavos suyos hagamos lo que hagamos.
Maldice casi en silencio. Suena el móvil con música moderna, algo así como fusión de electro y dance. Se levanta. Va al aseo. Se mira.
– Dios mío, ¿Estaré muerto?
Se pellizca y le duele. Se le ven las ojeras envolviendo una cara de sueño aderezada con unos ojos llorosos y algo rojos que afean el color verde azulón de su iris, los labios secos y la boca pastosa le hacen la expresión congestionada y el pelo entre rubio y pelirrojo tan alborotado como si una manada en estampida hubiera transitado su cabellera terminan haciéndole un ser deplorable.
– No, sigo en el mundo un día más, que ilusión… Señor llévame pronto.
Deambula con el móvil en la mano a modo de linterna. Va a tientas como palpando las paredes. El sueño se apodera de él y suelta un bostezo. Está llegando a la cocina y gira la cabeza a la izquierda. Vislumbra el salón y a través de la ventana se cuela la luz del alumbrado público. Todavía es de noche. Prepara el desayuno y se sienta a ver embobado el calendario de un día sí y otro también.
– ¿Quién hará estos calendarios?, son tan feos… por lo menos dicen el día y son gratis, menos da una piedra.
Formula una cuestión retórica que acostumbra a decirla diariamente. Echa un trago de leche y dos galletas, repitiendo el proceso varias veces hasta que se termina el vaso. Se pone a mirar una de las figuras de madera plana que tiene pinta de ser un cocinero. Por la disposición de este “cocinero” sus ojos miran siempre a todo aquel que ose mirarle.
– Ya me estás mirando de nuevo, tengo un cansancio… dormiría mil años y aun tendría sueño, tú si que me comprendes cocinero, tú no te preocupes te llevaré algún día al restaurante de Ferran Adriá.
La paranoia asalta al protagonista y comienza un desvarío hasta que se levanta. Friega los platos del desayuno. Va al pasillo oscuro con el móvil de candil hasta el baño. Entra. Abre el grifo. Se desnuda. Entra en la ducha quedándose un rato bajo el corro de agua caliente.
– Me quedaría siglos aquí, pensando únicamente en no pensar con el calor de la ducha.
Vuelve al mundo real. Cesa su rutina diaria de ducha y aseo personal. Con la mano quita el vaho se ha depositado en el espejo. Se mira.
– Parece que el fantasma del sueño me ha abandonado, vuelvo a parecer humano.
Quedan aun unas cuantas horas. Coge las llaves y el móvil, antes utilizado de candil. Sale de la casa. Sube las escaleras. El amanecer está poco a poco entrando por las ventanas del edificio. Llega a lo alto y el calor del edificio se agolpa arriba. Abre la puerta. Entra al terrado. Se posa en uno de los muro del terrado. Se hace un silencio muy largo hasta que sale el Sol por completo. Comienza una reflexión.
– Me queda tanta vida por delante, piénsalo bien, toda mi vida ha ido sucediendo como el agua de un río, encauzada sin más destino que llegar al mar y depositarme allí. Toda la vida viviendo como se supone que uno debe vivir, haciendo lo que uno debe hacer pero, ¿cuántas veces me he parado a decir, qué es lo que quiero, qué es lo que pienso, qué es lo que siento?, ¿he tomado acaso enserio estas preguntas?, puede que llegue el día que tenga mi trabajo, tenga mi casa, tenga todo lo que creía que debía tener y diga, ¿es realmente lo que yo quería?
Mira el reloj. Ya es la hora y no queda mucho tiempo. Sale del edificio. Anda hacia su destino y el Sol y el ambiente fosco pegan durante todo el trayecto. Llega al edificio rojo. Desierto. Desapacible. Lleno de ese aroma de edificación soviética y burocrática que hacen de la estancia un puro tramite. El ambiente enclaustrado y rancio. El calor mortecino y estridente que hacen sentirse como un extraño. Almas deambulan errantes de un lado a otro. Sube las escaleras. Asaltan los recuerdos. Segunda planta. Tercera. Pasillo. Puerta a lo lejos. Un ente tras ella hace amagos de que se siente el protagonista.
Comienza el recuerdo del “ser” que se le muestra delante al protagonista.
De todas las criaturas del Señor, ésta, sin duda, era en la que el Creador había gastado menos tiempo; acostumbraba a llevar, tacones, la pregunta importante y vital era ¿Por qué?; este “ser” estaba plagado de porqués, éste no era ni el primero ni el último en esta descripción. Como dije, tacones, que parecían comprados en el más sucio y pobre mercado, por decir diría que fueron comprados en los arrabales del Rabat de siglos atrás, si se hubieran inventado en aquellos siglos los tacones. La visión ascendente de su persona le hacía un flaco favor, enfundada en unas mallas fucsia fosforito agredían a la vista, llegando incluso a producir desprendimiento de retina y graves problemas oculares, a quien, tras largos periodos, se fijaba en aquella grotesca imagen.
Sus piernas parecían baquetas de batería, pero no llegaban ni a eso, decir que eran como agujas o alfileres lo asemejaba más a la realidad. Si se ascendía algo más, y si las corneas no habían sufrido una combustión espontánea, se sufría el riesgo de expulsar violentamente el contenido estomacal, era, y atentos, la hendidura que las mallas producían en la delantera de su cuerpo; era una placa discordante, una sima abisal, un vórtice espacial hacia otro mundo donde la luz no sólo era absorbida como en un agujero negro, sino que, no contenta con ello, le aplicaba la mayor de las torturas, que ni Stephen Hawking ha llegado a estudiar, se le ha catalogado con la mayor de las peligrosidades, y muchos guardacostas fueron allí a poner la bandera roja, pero todos murieron en el intento.
Si tras tan esperpéntica calamidad la Parca no te acechaba con su hoz lo haría el más hediondo de los olores, que se manifestaba en un perímetro considerable a la redonda de esta criatura del Señor. Su olor, tan estridente y agudo penetraba en las fosas nasales como Atila el huno en tierras romanas, no hay palabras ni ser terreno para poder definir o explicar tal violencia olfativa, por eso me he tomado el placer de ponerle nombre, el Aliento de la Muerte.
Su estilismo hortera quedaba empequeñecido por todas las debacles que a continuación relataré. Pelo rubio, al más puro estilo platino, eso sí, diez o más dedos de raya negra, que desde la raíz a las puntas se bañaba en un suculento aceite de ensalada, que culminaba en una diadema de metal, pero para metales los que llevaba repartidos entre cuello y manos; mucho, no es suficiente para definir la cantidad de oros que llevaba alrededor del cuello, aunque sus manos incrustadas en anillos no se quedaban atrás, anillos que representarían la colección de maridos, o debería decir, “Exmaridos”, porque tenía pinta de viuda negra.
He de decir que lo que a continuación viene podría herir la sensibilidad del lector, por eso aconsejo a mis queridos lectores que si aprecian la vida se salten estos renglones, por su salud, la de sus córneas y la tranquilidad de sus sueños.
Su cara decrepita, desfigurada, con los ojos casi precipitándose hacia el abismo, inyectados en sangre y con la pupila bañada en la desgracia de sus victimas, su piel idéntica a la superficie lunar, con una incipiente boscosidad vellosa  en torno a aquella “superficie”, su nariz era un iliada y sus labios una odisea. Eso no era humano, no podía serlo.
Se sienta el protagonista y comienza el examen. Tras muchas horas le llega un dolor de cabeza y al terminar comenta con los amigos el examen. Decide, pues el dolor no le deja aguantar más, abandonar el recinto y volver a casa. Una vez allí se acuesta y entre la penumbra del cuarto con las persianas bajadas cesan sus pensamientos y se condensan todos en el gran dolor. Entra un ser a perturbar la paz inducida de aquella estancia. Comienza una guerra de hostigamiento sin cuartel. Este “ser”, lo llamaremos a partir de ahora el Iracundo, pues en él la paz y la relajación son tan sólo un mero sueño en una mente que ni puede concebirse. Procede, el Iracundo, a manejar ciertos artilugios del tipo, libros, cambiándolos de sitio, trajinando con los lápices, así durante un período considerable de tiempo. Al parecer el Iracundo tenía un nervio en su interior y procuraba descargarlo con otros seres más cercanos, buscaba lo que se llama una trifulca, una pelea, sino física, por lo menos verbal.
El protagonista en ese preciso momento estaba más orientado a la contemplación de su dolor, que en la acción, no obstante, el Iracundo estaba siendo un potenciador básico y clave en el dolor mental y, el protagonista en un momento ya de falta de paciencia articuló palabra.
– ¿Podéis cesar en vuestro trajín?
– ¿Perdona?
– Habéis oído bien, cesad pues.
– Esta habitación es tan mía como tuya y puedo hacer lo que me de la gana.
El protagonista suspiró con parsimonia.
– Tu estulticia me trepana las meninges.
Pensó después en no haber dicho eso, pero era demasiado tarde y se desencadenó una lucha ardua que fue extendiéndose como el fuego en verano, una lucha entre dos facciones, aunque claro, una de ellas tenia graves problemas en la cabeza de su “gobierno”. Mientras tanto a el Iracundo le brillaban los ojos porque vio un claro objetivo, ojos que se acompasaban de una expresión de sorpresa y exclamación.
– Fue a hablar, que de todos los hipócritas, tú eres de todos ellos el que hace bandera y lo proclama.
– ¡Ja! ¿Y crees que haces las cosas con fines más lícitos?, yo al menos  no estoy podrido de odio y resentimiento hacia una sociedad a la que considero ajena, distante e inferior.
– Volvió a hablar quien no sólo malinterpreta, sino no contento con ello termina prostituyendo el saber.
– Cesad ya esta escabechina, pues vuestro fétido olor a ignorancia termina produciéndome arcadas.
– Espero que no utilicéis ese vomito para alguna de tus tertulias en la que sólo se oyen tus balbuceos petulantes alrededor de cuatro sapos a los que crees llamar amigos y a los que te encanta verlos croar.
– Yo he podido como poco poder disfrutar de lo que es la amistad, de la comprensión, de la complicidad, eso de lo que nunca disfrutaréis porque nunca podrás poner en manos de otra persona ni un ápice de confianza, ni un poco si quiera, te escondes como un topo sacando las garras al mundo.
– Deyecto en vuestra palabrería.
– Parece que eres sólo cáscara, vives tanto mi vida o la vida de los demás que ¿tú qué tienes?, nada, te da miedo vivir, tú vida está vacía, árida, es un desierto de desgracias, pero yo en cambio podré ser mil veces lo que decís, se podrá cernir sobre mi la desgracia, podré sufrir infortunios pero yo, yo y sólo yo puedo decir que si sólo viviera las virutas de mi vida pagaría al barquero para que me trajera de nuevo si la muerte me abordase. ¿Podríais decir vos eso?
– Volved a vuestra cloaca mental a retorceros entre jaqueca y jaqueca, reptil de la retórica.
Dio media vuelta y se marchó entornando levemente la puerta. El día acaeció tras una tormenta y liberó al protagonista de la terrible migraña. Sólo en la casa, se asomó al balcón, como acostumbraba cada tarde, pero esta vez sin nadie alrededor.
La calle desierta, un diluvio ennegrecido se planto en toda la ciudad de punta a punta, los árboles rugían con sus ramas a cada requiebro del feroz viento, de una forma atrayente la extraña sensación mortecina de la lluvia había calado muy fríamente todo a su alrededor, con ella sobrevinieron los candiles que en fila se encendieron llegado su momento.
Y sobre aquel balcón se perdieron los recuerdos, las dudas, los miedos, los dolores, desapareció en una noche anunciada por el clamor de los truenos. Noche oscura, vacía, tranquila y ante todo una gota más del destino que corría cada día un poco con el incansable rumor del reloj hasta el fin de los tiempos.

La llaman Alameda de Capuchinos

Llovizna a un lado, y a otro, bullicio, pisadas y diálogos que se escapan como suspiros en los labios de la gente. El corazón empapado de la lluvia que termina calando en lo más profundo de mi ser. Apenado, angustiado y quizá sobrecogido por el temor y la duda de cosas que no termino de entender, me cuesta, no me acostumbro a esto.
El aire está limpio, pero ahora me encuentro más solo, más entristecido, lánguido, quejoso seguramente incitado por la ausencia del Sol. Un olor viene a mí tras un recorrido de frío y pesar, un olor que proviene de una panadería, el olor de la bollería, del pan, de la repostería termina por transformar el sentimiento anterior en uno completamente nuevo, más fuerte y radiante que expulsa mis temores y mis miedos. El Sol sigue tras negras nubes pero, que más da, tengo el Sol en mi pecho, ¿hay acaso una luz más brillante?
Cansado por la travesía, pero no en cuerpo, pues podría llegar más allá de donde mis ojos alcanzan pero, si en alma; me paro un instante a recobrar el aliento y como una ilusión una brisa pasa por mi lado, un aroma inconfundible, una ráfaga de brisa marina, perfume salino llenando mi espíritu. Contemplé delante de mí aquella bestia enfurecida, otros días sosegada con sus escamas de pez dormido, con su espuma blanca, con sus reflejos cristalinos, pero hoy clamaba al cielo su cólera.
Me senté y contemplé largo rato aquella monstruosa representación de poderío mientras venían a mí recuerdos de una vida pasada, presente y futura. He tenido en mi mano conocer a que saben las nubes, de que color es la oscuridad, como son los triángulos cuadrados pero, no tengo prisa, dum spiro spero.