Con la muerte en los ojos

Nunca más volveré a tenerte, nunca más volveré si quiera a recordarte, has muerto. Escribo mis notas finales, y aquí, entre líneas, escapas para ser olvidada, te derrites, te esfumas, para no llegar a contemplarte; será mi último adiós, mi último despido, porque ya no sé si realmente alguna vez te he tenido.
Entre la nieve me hallo, secuestrado por la escarcha de los arboles, por el rumor del río, por una melodía fúnebre que se entona, profunda, en mi ser. Cuánto me has robado, cuánto he perdido pensando en que algún día estaríamos juntos, y ahora, no sabré jamás tu respuesta, no sabré jamás que se sentía al rozar tu cuello, no sabré jamás a que sabía el perfume en tus labios, no sabré… jamás… si tú también me habrías amado…
Te espero, aquí, sentado, a las orillas del río, en este invierno helado, contemplando la lejanía, con las pupilas vacías, empapadas en ilusiones y en antiguas pasiones; para mirar a un lado y encontrar tu rostro, mirarte a los ojos y decirte todo lo que te echo de menos, lo que hoy me haces falta, y que me respondas con una sonrisa.
Ya no puedo decir si vivo en la realidad o soy una ilusión, que en cada mañana vuelvo a imaginarme entre los reflejos del sol en el lago, en este invierno cubierto de hielo; como el día poco a poco llega estallando con su brisa, a toda prisa, con recuerdos del verano.
Desciendo a los infiernos de la locura arrastrado por tu imagen, porque sé que no volverás, sé que fue un adiós, sé que aunque te perdí, algún día, en el horizonte, volveremos a vernos sin que jamás haya fin.

Me soñé con alas para poder volar muy lejos

¿Quién era aquella que te amó en el sueño mientras dormías? ¿Cuándo volverá este aliento de recuerdo amargo a tus labios? ¿Dónde está el calor tan cercano que se deposita en un rincón de la cama?
Luces de septiembre, y tan triste, que ignorando que existe la luz en la calle vuelas a un horizonte lejano; te pierdes entre suspiro y suspiro, un instante hecho verso, pues te queda tanto por delante. Tus ojos no lo ven pero tu corazón lo siente, en el fondo, en el pecho, un palpitar que no cesa, intenso, profundo, que se sale para exclamar, y exclama que no se pueden poner puertas al campo, que los caminos llevan a lugares insospechados, que por lejos que esté, la vida grita, grita y grita sin control.
Me encuentro libre, me encuentro dueño, soy, soy y soy, porque estoy lleno, lleno de una inmensidad que me abruma a la que recibo con los brazos abiertos. Compañera, compañera, cuéntame y déjame que te cuente, pues tenemos que hablar de muchas cosas, la otra noche, el otro día, me soñé, me soñé con alas para poder volar muy lejos, y… y el mar me llenaba, me fundía con sus olas, me integraba en un perfume salitre para convertirnos en uno, para decir jamás y nunca y para exclamar: siempre.
Para siempre fue perderte, compañera, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañera del alma, que los libros vuelan errantes en el cielo, y sus saberes, y sus letras, y sus poemas, y sus versos eran tristes con la lluvia empapando sus lamentos, pero nada fue tan triste como volver, volver a aquel recuerdo anodino, de aquella ciudad, de aquel mundo, de aquel cielo y tiempo que siempre me recuerdan:
¿Quién era aquella que te amó en el sueño mientras dormías?
Hoy no lo sé, hoy me he marchado, hoy he olvidado este recuerdo que, por bello, no es de mi agrado, porque, la otra noche, la de septiembre de hace años, me soñé, me soñé con alas para volar muy lejos.

V Carta a la flor de té. El Café «De Lira Ire»

La tarde estaba bien entrada y hacia bastante frío, había estado nevando casi una semana y, a fuera, se agolpaba la nieve; mientras tanto, en la esquina de aquel bar se sentaba un hombre agradable, no era, sin duda, el típico alemán; sus rasgos, más bien finos y afables, el pelo rubio que apenas se le veía por el sombrero que llevaba puesto y unos bonitos ojos entre verde y azul. Tenía cara, pues eso, de tranquilo el buen hombre, había venido no hace mucho rato a fumarse el puro y a beber cerveza, acostumbraba a hacerlo algunos sábados.
Todo allí sucedía como siempre, algo colapsado por el humo, el barullo de la gente y el tabernero, gordo y calvo,  con su voz grave y profunda repartiendo a diestro y siniestro cervezas en jarra. En la otra punta del bar se ponía a tocar un joven el violín, no lo hacía nada mal y armonizaba, lo que le dejaba el alboroto, la estancia allí.
El caballero del sombrero iba a irse en breves instantes, cuando, entró una mujer por la puerta, oteó el horizonte lleno de humo, y se sentó en su misma mesa. Parecía preocupada, algo triste; tenía una larga melena oscura y unos ojos marrones muy grandes.
El caballero y la señora ya se conocían de antes; La mujer tardó un buen rato en articular palabra, estaba con los ojos vidriosos, y el caballero no sé tomó a mal la espera, que la asumió con pura cortesía. Encendió un cigarro tranquilamente mirando a través del cristal la tarde que ya iba muriendo en el horizonte; su rostro reflejaba amargura, pero, a la vez, una rabia incontenible que ardía como un fuego insaciable en el fondo de su pupila que, a cada calada del cigarro, iba diluyéndose poco a poco en un agua profunda. Al terminar el último suspiro de cigarro con su humo disipándose miró fijamente al caballero con sus grandes ojos marrones y dijo:
– Estoy… estoy triste.
– Ya te dije que no aceptaras mi regalo, la cabeza esa no da más que problemas, y ¿por qué estás triste? Si puede saberse.
– Estaba escribiendo un cuento, ya sabes, lo estaba casi acabando, y de pronto, sin previo aviso, desapareció, se borro, era… era bonito.
– Es una lástima, ¿es un error enmendable?, ¿te acuerdas de cómo era?, siempre puedes intentarlo de nuevo.
– Es que… me costó buscar las palabras adecuadas.
– Lo siento.
– Pero, además, sería el destino que no quiere que veas un cuento donde expongo mis sentimientos demasiado.
– ¡Dios mío!, cuanta desgracia junta.
– He estado leyendo algunas historias tuyas, siempre me parecieron bonitas.
– Muchas de ellas son improvisadas.
– Que qualité.
El caballero soltó una profunda carcajada.
– Hago lo que puedo; no busques las palabras, pues ellas te encontraran a ti, no fuerces la pluma pues tu mano fluirá sola, no pienses, escribe.
– ¡Madre mía! Te sale la sabiduría por los poros de la piel.
– Debe ser que esta tarde, que ya no es tan tarde, esté inspirado. He de volver a casa, allí los libros me esperan, cuídate y que tu tristeza se disipe como un viento de verano.
La señora se limitó a no contestar y sonreír levemente.
– Pero no busques la felicidad, ella te encontrará a ti.
El caballero le correspondió con otra sonrisa.
– Cuídate, ya nos veremos otro día.
– Esta felicidad es psicópata, ¿y si me apuñala?, tendré que proteger mis espaldas no vaya a ser que sea feliz.
El caballero estalló en una risa casi enfermiza.
– Eso, lleva cuidado que nunca se sabe.
– ¡Oh puñaladas de felicidad!
– Creo que deliras, harías bien volviendo a tu casa.
El caballero continuó con su historia particular haciendo caso omiso a ese último comentario.
– Mi sangre se mezclará con el veneno de la felicidad y moriré feliz, ¡oh no!
– No creo que sea tan malo como piensas.
– Pero, estás mal de la cabeza, es lo peor, ¡oh!
– Es lo mejor diría yo.
– ¡Dios, no sabe lo que dice, perdónala!
La señora cada vez más animada rió inevitablemente.
– Que la felicidad te atropelle querido amigo.
El caballero le miró muy sorprendido, como ofendido al principio, pero luego volvió a su risa contagiosa.
– Lo dicho, cuídate, que mañana será un día peligroso, la felicidad acecha en cada esquina.
– No lo dudo.
– Y cuando menos te lo esperes, pam, te hace feliz.
– Cuídate de ella.
– No lo haré.
– ¿No?, ¿estás seguro de ello?
– Sé que moriré asesinado por la felicidad.
– Yo… lo espero ansiosamente…

V Carta a la vendedora de hinojo

¿No lo ves después de tanto tiempo? ¿No ves cómo todo tiene un principio y un fin? ¿No ves cómo el día despierta? ¿No lo ves… no lo ves?
Te contaré una historia, o debería decir una de tantas.
El día comienza con el susurro de una celestial vocecilla, ésta, llena parcialmente el silencio que la noche ha fecundado horas atrás, todo transcurre con normalidad.
Llega el momento como cada día, la noche se ha apoderado de la calle y el azulón manifiesto proclama la muerte anunciada que exclama el regreso de ese recuerdo diurno.
Llueve, ni fuerte, ni flojo, pero lo suficiente para que la sensación de humedad sea la precisa para que cale en los huesos; el lánguido alumbrado poco ayuda a cambiar el planteamiento pesimista que llevaba ya algún tiempo rondando.
Todo sucede automático, el reloj de las afueras apunta hora y temperatura, la hora, siempre la misma, varía, si acaso, la temperatura. Dentro de la estación el calor pega un buen guantazo de sopetón; la diferencia de temperatura hace un buen trabajo. Allí se sella, se da las gracias y se camina hacia el andén día sí, día también. Automático, todo pierde su sentido, y con todo, el gracias que se convierte en una cáscara vacía, fruto del procesado industrial que fomenta la rutina.
El tren no deja de ser más que una imagen que me evoca a otro pasado, la revolución industrial del siglo XIX, una vaga reminiscencia de Oliver Twist y con él, el dinamismo de las ciudades, las venas férreas del progreso y el triste acero que conduce hasta los confines del mundo.
Al llegar al andén por las escaleras se presenta triste y chirrioso el “escarabajo”, apodo de este trenezucho que parece de vapor por los efluvios que espeta de continuo; la gente entra al tren con cara de total y absoluta indiferencia, tienen cara de lata, cara de manufactureros de sus vidas, cara de rutina…
El tren es de los típicos, no tiene mucho misterio en su interior, eso sí, un poco viejo, a veces parece el tren de la bruja. Me siento con la gente de siempre, y quizá eso te da algo de consuelo, saber que alguien estará allí, te dará palique, la brasa o te recordará algo que tienes que hacer o simplemente os veréis las caras y aunque por sistema inercial se produzca el saludo, aun así, difiere mucho de la perspectiva industrial antes citada. La vuelta es similar y los días no dejan de ser un reflejo de la rutina.
Y, la cuestión más importante viene ahora, ¿podría sobrevivir sin una meta fija al tedio de la rutina?, tengo en mi mano decidir lo que quiero o lo que creo que quiero, y lo que no, y aunque no lo tenga claro y me equivoque estaré igual de orgulloso, porque es mi decisión, mi meta, mi destino impuesto por mucho que me cueste, por la rutina que tenga que soportar, suplicios, calamidades, nada puede contra mí pues, por lo menos creo saber donde voy, no me muevo por inercia, tener mi objetivo claro me ayuda a levantarme, a volver, a atacar de nuevo, a curarme las heridas y luchar, luchar y luchar, y que me echen hierro que aunque mil veces me caiga, mil veces y una me levantaré.

Procurando ser siempre optimista, Georgius Milán.

Carta IV a la flor de té.

Era una mañana de verano en la antigua Grecia, el día radiaba esplendoroso, estábamos en la ciudad de Atenas y los atenienses, como cada mañana, se reunían en el ágora para comprar y hablar.
La plaza estaba atestada de gente, a la cual más nerviosa, parecían miles de hormigas vestidas de túnica blanca, todos a su labor, en alguna tertulia, haciendo transacciones o simplemente luciéndose ya fuera haciendo música, danza, o mostrando el lujo de las joyas.
En aquella plaza, el ágora, confluían ideas de todos los tipos y los matemáticos, físicos, astrónomos y todos los filósofos enlazaban sus pensamientos con las armas de las que disponían, la oratoria en todo su esplendor.
De repente, sin previo aviso, se escucharon unos gritos; como dije, era por la mañana y todos los atenienses estábamos en el ágora y el corazón nos dio un vuelco al escuchar los gritos ¿sería algún guardia avisando del ataque espartano, de Argos, de Megara o de Corinto? ¡Podrían ser hasta persas!
La tensión caía como plomo sobre las cabezas y se hizo el silencio para escuchar el mensaje que portaban aquellas palabras.
– ¿¡Os merece seguir viviendo?!
No sabía si eran más duras mis especulaciones sobre los persas o las ridiculeces que gritaban en el ágora.
– ¿¡Decidme la verdad, merece la pena seguir viviendo?!
El ágora entera se giró a ver quien espetaba tan “amargas” palabras; no nos sorprendió lo que vimos; era un joven llamado Átalo, cautivaba con sólo mirarlo, era increíblemente perfecto, seguramente Adonis lo miraría con celos; este “hijo de afrodita” encandilaba cuando hablaba, y no tanto por sus palabras, sino más bien por la belleza que le caracterizaba, terminaba haciendo que todo mortal, por buen juicio que tuviera terminara cambiando de opinión; tan seguro estoy de ello, que si se propusiera llamar a la Luna, Sol y al Sol, Luna terminaría haciéndonos creer a todos que eso era cierto.
La plaza se sumió en la duda, de si merecía la pena vivir; seguramente algún pergamino de oriente había caído en manos del chico, pergaminos de esos que hablan de la vida y la muerte, de vidas en el más allá, de un Dios único y verdadero, pero en manos de un joven, perfectamente podía malinterpretarse.
Un hombre se levantó, era un hombre mayor que lucía una túnica púrpura, anciano, barba blanca y dijo en voz alta y clara de forma severa y sin vejez en su voz:
– Sí, merece la pena. Con que la vida me brindara la mitad de lo que me dio seguiría mereciendo la pena. Aunque el aliento de la muerte estuviera a cada instante, y aunque el mañana fuera incierto, la vida seguiría mereciendo la pena.
Se hizo el silencio en la plaza pública y todos los atenienses volvieron en sí; tras el misterioso hechizo se disipó duda alguna, vivir merecía la pena.

Seres, más seres

El protagonista se mueve de un lado a otro en la cama. Son las 6:47 y aun el despertador no ha sonado. La habitación está en penumbra, llena de bártulos e inmersa en un caos que por caótico parece un cosmos de libros y recuerdos de un eclecticismo no muy lejano. La luz todavía no incide por la ventana. El otro ser de la misma habitación dormita más allá del sueño en lo que parce una muerte profunda. El protagonista abre los ojos entre sudores y piensa.
– Parece que el día ha llegado, como me gustaría cambiarlo todo, ir atrás en el tiempo con lo que ya sé y, cambiarlo todo, o mejor, parar el tiempo y hacer lo que me diera la gana, o saberlo todo y hacerlo todo mejor que nadie… ah y ser el más guapo, por pedir que no quede.
El protagonista suspira y el ser que parecía inerte dormitando a un lado hace amagos de vida. El protagonista coge el móvil y ve la hora. 6:53.
– Porque no serán las cosas más fáciles, una barita, un poder mágico, un genio, un pez de esos de los cuentos o inspiración divina, ¿Es qué es tan complicado?, parece que sí…
El protagonista se mulle la almohada en un vano intento para mejorar su comodidad, pero no lo consigue. Mira al techo, pero todo está negro. Vuelve a mirar el móvil. 6:56. Suspira y cambia de posición mientras desespera. Cierra los ojos y piensa.
– Bueno, la suerte está echada, no puedo ser tan negativo, tengo que vivir y a veces viviendo se cometen errores, son los riesgos de vivir, errar es humano; maldito tiempo cuando quieres que avance parece que se vuelve rígido y lento, y cuando quieres que vaya más lento, corre como alma que lleva el diablo, al fin y al cabo somos esclavos suyos hagamos lo que hagamos.
Maldice casi en silencio. Suena el móvil con música moderna, algo así como fusión de electro y dance. Se levanta. Va al aseo. Se mira.
– Dios mío, ¿Estaré muerto?
Se pellizca y le duele. Se le ven las ojeras envolviendo una cara de sueño aderezada con unos ojos llorosos y algo rojos que afean el color verde azulón de su iris, los labios secos y la boca pastosa le hacen la expresión congestionada y el pelo entre rubio y pelirrojo tan alborotado como si una manada en estampida hubiera transitado su cabellera terminan haciéndole un ser deplorable.
– No, sigo en el mundo un día más, que ilusión… Señor llévame pronto.
Deambula con el móvil en la mano a modo de linterna. Va a tientas como palpando las paredes. El sueño se apodera de él y suelta un bostezo. Está llegando a la cocina y gira la cabeza a la izquierda. Vislumbra el salón y a través de la ventana se cuela la luz del alumbrado público. Todavía es de noche. Prepara el desayuno y se sienta a ver embobado el calendario de un día sí y otro también.
– ¿Quién hará estos calendarios?, son tan feos… por lo menos dicen el día y son gratis, menos da una piedra.
Formula una cuestión retórica que acostumbra a decirla diariamente. Echa un trago de leche y dos galletas, repitiendo el proceso varias veces hasta que se termina el vaso. Se pone a mirar una de las figuras de madera plana que tiene pinta de ser un cocinero. Por la disposición de este “cocinero” sus ojos miran siempre a todo aquel que ose mirarle.
– Ya me estás mirando de nuevo, tengo un cansancio… dormiría mil años y aun tendría sueño, tú si que me comprendes cocinero, tú no te preocupes te llevaré algún día al restaurante de Ferran Adriá.
La paranoia asalta al protagonista y comienza un desvarío hasta que se levanta. Friega los platos del desayuno. Va al pasillo oscuro con el móvil de candil hasta el baño. Entra. Abre el grifo. Se desnuda. Entra en la ducha quedándose un rato bajo el corro de agua caliente.
– Me quedaría siglos aquí, pensando únicamente en no pensar con el calor de la ducha.
Vuelve al mundo real. Cesa su rutina diaria de ducha y aseo personal. Con la mano quita el vaho se ha depositado en el espejo. Se mira.
– Parece que el fantasma del sueño me ha abandonado, vuelvo a parecer humano.
Quedan aun unas cuantas horas. Coge las llaves y el móvil, antes utilizado de candil. Sale de la casa. Sube las escaleras. El amanecer está poco a poco entrando por las ventanas del edificio. Llega a lo alto y el calor del edificio se agolpa arriba. Abre la puerta. Entra al terrado. Se posa en uno de los muro del terrado. Se hace un silencio muy largo hasta que sale el Sol por completo. Comienza una reflexión.
– Me queda tanta vida por delante, piénsalo bien, toda mi vida ha ido sucediendo como el agua de un río, encauzada sin más destino que llegar al mar y depositarme allí. Toda la vida viviendo como se supone que uno debe vivir, haciendo lo que uno debe hacer pero, ¿cuántas veces me he parado a decir, qué es lo que quiero, qué es lo que pienso, qué es lo que siento?, ¿he tomado acaso enserio estas preguntas?, puede que llegue el día que tenga mi trabajo, tenga mi casa, tenga todo lo que creía que debía tener y diga, ¿es realmente lo que yo quería?
Mira el reloj. Ya es la hora y no queda mucho tiempo. Sale del edificio. Anda hacia su destino y el Sol y el ambiente fosco pegan durante todo el trayecto. Llega al edificio rojo. Desierto. Desapacible. Lleno de ese aroma de edificación soviética y burocrática que hacen de la estancia un puro tramite. El ambiente enclaustrado y rancio. El calor mortecino y estridente que hacen sentirse como un extraño. Almas deambulan errantes de un lado a otro. Sube las escaleras. Asaltan los recuerdos. Segunda planta. Tercera. Pasillo. Puerta a lo lejos. Un ente tras ella hace amagos de que se siente el protagonista.
Comienza el recuerdo del “ser” que se le muestra delante al protagonista.
De todas las criaturas del Señor, ésta, sin duda, era en la que el Creador había gastado menos tiempo; acostumbraba a llevar, tacones, la pregunta importante y vital era ¿Por qué?; este “ser” estaba plagado de porqués, éste no era ni el primero ni el último en esta descripción. Como dije, tacones, que parecían comprados en el más sucio y pobre mercado, por decir diría que fueron comprados en los arrabales del Rabat de siglos atrás, si se hubieran inventado en aquellos siglos los tacones. La visión ascendente de su persona le hacía un flaco favor, enfundada en unas mallas fucsia fosforito agredían a la vista, llegando incluso a producir desprendimiento de retina y graves problemas oculares, a quien, tras largos periodos, se fijaba en aquella grotesca imagen.
Sus piernas parecían baquetas de batería, pero no llegaban ni a eso, decir que eran como agujas o alfileres lo asemejaba más a la realidad. Si se ascendía algo más, y si las corneas no habían sufrido una combustión espontánea, se sufría el riesgo de expulsar violentamente el contenido estomacal, era, y atentos, la hendidura que las mallas producían en la delantera de su cuerpo; era una placa discordante, una sima abisal, un vórtice espacial hacia otro mundo donde la luz no sólo era absorbida como en un agujero negro, sino que, no contenta con ello, le aplicaba la mayor de las torturas, que ni Stephen Hawking ha llegado a estudiar, se le ha catalogado con la mayor de las peligrosidades, y muchos guardacostas fueron allí a poner la bandera roja, pero todos murieron en el intento.
Si tras tan esperpéntica calamidad la Parca no te acechaba con su hoz lo haría el más hediondo de los olores, que se manifestaba en un perímetro considerable a la redonda de esta criatura del Señor. Su olor, tan estridente y agudo penetraba en las fosas nasales como Atila el huno en tierras romanas, no hay palabras ni ser terreno para poder definir o explicar tal violencia olfativa, por eso me he tomado el placer de ponerle nombre, el Aliento de la Muerte.
Su estilismo hortera quedaba empequeñecido por todas las debacles que a continuación relataré. Pelo rubio, al más puro estilo platino, eso sí, diez o más dedos de raya negra, que desde la raíz a las puntas se bañaba en un suculento aceite de ensalada, que culminaba en una diadema de metal, pero para metales los que llevaba repartidos entre cuello y manos; mucho, no es suficiente para definir la cantidad de oros que llevaba alrededor del cuello, aunque sus manos incrustadas en anillos no se quedaban atrás, anillos que representarían la colección de maridos, o debería decir, “Exmaridos”, porque tenía pinta de viuda negra.
He de decir que lo que a continuación viene podría herir la sensibilidad del lector, por eso aconsejo a mis queridos lectores que si aprecian la vida se salten estos renglones, por su salud, la de sus córneas y la tranquilidad de sus sueños.
Su cara decrepita, desfigurada, con los ojos casi precipitándose hacia el abismo, inyectados en sangre y con la pupila bañada en la desgracia de sus victimas, su piel idéntica a la superficie lunar, con una incipiente boscosidad vellosa  en torno a aquella “superficie”, su nariz era un iliada y sus labios una odisea. Eso no era humano, no podía serlo.
Se sienta el protagonista y comienza el examen. Tras muchas horas le llega un dolor de cabeza y al terminar comenta con los amigos el examen. Decide, pues el dolor no le deja aguantar más, abandonar el recinto y volver a casa. Una vez allí se acuesta y entre la penumbra del cuarto con las persianas bajadas cesan sus pensamientos y se condensan todos en el gran dolor. Entra un ser a perturbar la paz inducida de aquella estancia. Comienza una guerra de hostigamiento sin cuartel. Este “ser”, lo llamaremos a partir de ahora el Iracundo, pues en él la paz y la relajación son tan sólo un mero sueño en una mente que ni puede concebirse. Procede, el Iracundo, a manejar ciertos artilugios del tipo, libros, cambiándolos de sitio, trajinando con los lápices, así durante un período considerable de tiempo. Al parecer el Iracundo tenía un nervio en su interior y procuraba descargarlo con otros seres más cercanos, buscaba lo que se llama una trifulca, una pelea, sino física, por lo menos verbal.
El protagonista en ese preciso momento estaba más orientado a la contemplación de su dolor, que en la acción, no obstante, el Iracundo estaba siendo un potenciador básico y clave en el dolor mental y, el protagonista en un momento ya de falta de paciencia articuló palabra.
– ¿Podéis cesar en vuestro trajín?
– ¿Perdona?
– Habéis oído bien, cesad pues.
– Esta habitación es tan mía como tuya y puedo hacer lo que me de la gana.
El protagonista suspiró con parsimonia.
– Tu estulticia me trepana las meninges.
Pensó después en no haber dicho eso, pero era demasiado tarde y se desencadenó una lucha ardua que fue extendiéndose como el fuego en verano, una lucha entre dos facciones, aunque claro, una de ellas tenia graves problemas en la cabeza de su “gobierno”. Mientras tanto a el Iracundo le brillaban los ojos porque vio un claro objetivo, ojos que se acompasaban de una expresión de sorpresa y exclamación.
– Fue a hablar, que de todos los hipócritas, tú eres de todos ellos el que hace bandera y lo proclama.
– ¡Ja! ¿Y crees que haces las cosas con fines más lícitos?, yo al menos  no estoy podrido de odio y resentimiento hacia una sociedad a la que considero ajena, distante e inferior.
– Volvió a hablar quien no sólo malinterpreta, sino no contento con ello termina prostituyendo el saber.
– Cesad ya esta escabechina, pues vuestro fétido olor a ignorancia termina produciéndome arcadas.
– Espero que no utilicéis ese vomito para alguna de tus tertulias en la que sólo se oyen tus balbuceos petulantes alrededor de cuatro sapos a los que crees llamar amigos y a los que te encanta verlos croar.
– Yo he podido como poco poder disfrutar de lo que es la amistad, de la comprensión, de la complicidad, eso de lo que nunca disfrutaréis porque nunca podrás poner en manos de otra persona ni un ápice de confianza, ni un poco si quiera, te escondes como un topo sacando las garras al mundo.
– Deyecto en vuestra palabrería.
– Parece que eres sólo cáscara, vives tanto mi vida o la vida de los demás que ¿tú qué tienes?, nada, te da miedo vivir, tú vida está vacía, árida, es un desierto de desgracias, pero yo en cambio podré ser mil veces lo que decís, se podrá cernir sobre mi la desgracia, podré sufrir infortunios pero yo, yo y sólo yo puedo decir que si sólo viviera las virutas de mi vida pagaría al barquero para que me trajera de nuevo si la muerte me abordase. ¿Podríais decir vos eso?
– Volved a vuestra cloaca mental a retorceros entre jaqueca y jaqueca, reptil de la retórica.
Dio media vuelta y se marchó entornando levemente la puerta. El día acaeció tras una tormenta y liberó al protagonista de la terrible migraña. Sólo en la casa, se asomó al balcón, como acostumbraba cada tarde, pero esta vez sin nadie alrededor.
La calle desierta, un diluvio ennegrecido se planto en toda la ciudad de punta a punta, los árboles rugían con sus ramas a cada requiebro del feroz viento, de una forma atrayente la extraña sensación mortecina de la lluvia había calado muy fríamente todo a su alrededor, con ella sobrevinieron los candiles que en fila se encendieron llegado su momento.
Y sobre aquel balcón se perdieron los recuerdos, las dudas, los miedos, los dolores, desapareció en una noche anunciada por el clamor de los truenos. Noche oscura, vacía, tranquila y ante todo una gota más del destino que corría cada día un poco con el incansable rumor del reloj hasta el fin de los tiempos.

Si uno no sabe a qué puerto se dirige…

Hoy te recuerdo como una exhalación, casi te desvaneces como el más suave de los vapores, pero siempre terminas volviendo a mí, con tus ojos pardos, con tu pelo negro, con tu blanca piel, mas como un recuerdo, tan sólo un recuerdo, sólo eso y nada más.
Y fíjate, sin reloj para medir el tiempo que paso sin verte y el tiempo en que en mi recuerdo te pierdes, un sueño, una ilusión, eres un vapor que te desvaneces en mi recuerdo.
¿Podría negar una y mil veces lo que siento por ti? ¿Podría luchar contra corriente, alzarme en lo más alto y gritar que no? Me es imposible porque sólo consigo gritar en silencio, sólo puedo dejar que lleve la corriente y sólo puedo decir que sí; ya no tengo fuerzas para controlarme, ahora, simplemente, me dejaré hacer.
Pero, como dejarme hacer, como no hacer nada y, menos aun, ¡¿Cómo decir que no?! ¡¿Cómo decir cada mañana que el Sol no existe, qué el cielo es negro, qué no hay remedio, qué sólo hay tristeza en mi corazón, qué muero cada día, qué te pierdo, qué para mí ya no hay consuelo?! Qué ya no hay luz… sólo sombra…
¿Quién tendría el valor, la voluntad, la templanza de no perderse en tus labios? ¿Quién tendría la fuerza para no morir en un silencio a tu lado? ¿Quién, quien entre los quienes podría resistirse al mirar de tus profundos ojos llenos de misterio y a tu infinita sonrisa? Quién…
Si amar fuera amarte, amaría mil veces, si flotar fuera mirarte, dichosos los ojos, si la felicidad fuera besarte, no dudaría ni un segundo y si morir fuera fundirse contigo, no tendría miedo a la muerte.
No puedo perderte, porque… nunca te he tenido, no puedo sentirte, porque… nunca te has quedado entre mis brazos, pero nunca, nunca, jamás he dejado de recordarte, quizá sea mejor morir en un sueño, descansar perdido en el infinito y gritar en silencio que nunca más veré el horizonte.

La llaman Alameda de Capuchinos

Llovizna a un lado, y a otro, bullicio, pisadas y diálogos que se escapan como suspiros en los labios de la gente. El corazón empapado de la lluvia que termina calando en lo más profundo de mi ser. Apenado, angustiado y quizá sobrecogido por el temor y la duda de cosas que no termino de entender, me cuesta, no me acostumbro a esto.
El aire está limpio, pero ahora me encuentro más solo, más entristecido, lánguido, quejoso seguramente incitado por la ausencia del Sol. Un olor viene a mí tras un recorrido de frío y pesar, un olor que proviene de una panadería, el olor de la bollería, del pan, de la repostería termina por transformar el sentimiento anterior en uno completamente nuevo, más fuerte y radiante que expulsa mis temores y mis miedos. El Sol sigue tras negras nubes pero, que más da, tengo el Sol en mi pecho, ¿hay acaso una luz más brillante?
Cansado por la travesía, pero no en cuerpo, pues podría llegar más allá de donde mis ojos alcanzan pero, si en alma; me paro un instante a recobrar el aliento y como una ilusión una brisa pasa por mi lado, un aroma inconfundible, una ráfaga de brisa marina, perfume salino llenando mi espíritu. Contemplé delante de mí aquella bestia enfurecida, otros días sosegada con sus escamas de pez dormido, con su espuma blanca, con sus reflejos cristalinos, pero hoy clamaba al cielo su cólera.
Me senté y contemplé largo rato aquella monstruosa representación de poderío mientras venían a mí recuerdos de una vida pasada, presente y futura. He tenido en mi mano conocer a que saben las nubes, de que color es la oscuridad, como son los triángulos cuadrados pero, no tengo prisa, dum spiro spero.

La Obra

Se entonaban rezos en aquella iglesia, oraciones y plegarias a Dios.
Un novicio había cometido una falta, al parecer dibujó no más que un simple arbolillo y algunos motivos “decorativos”. Un sacerdote le castigo a que lo borrara, y el novicio, entre lágrimas lo borró; no obstante cuando no miraba el sacerdote otros novicios le ayudaban a borrarlo.
El joven, arrepentido, asistía a los rezos; al terminar se quedó algún tiempo más pidiendo a Dios que le perdonase, y sobretodo que le perdonase el sacerdote; la próxima vez que obrara sería con un poco más de cabeza. Claro estaba que el sacerdote era muy mayor, y su carácter era todo menos tranquilo y afable, su temperamento como el fuego en verano y cuando cayó sobre el novicio el castigo, sin duda el sacerdote estalló en ira.
El chico iba a irse cuando llegó el cura, con paso solemne, como acostumbra a llevar siempre que entraba a la iglesia, con su pelo blanco pero de expresión embrutecida, y siempre, siempre impoluto e impecable. El sacerdote le rogó que se quedara un rato con él en silencio. Ya se había ido todo el mundo y sólo quedaban ellos dos.
El sacerdote le dijo:
– Te voy a contar una historia, pero has de escucharla atentamente ¿De acuerdo?
El novicio asintió con la cabeza, pues le era imposible pronunciar palabra alguna.
– Cuenta la historia que acabada la Capilla Sixtina irrumpió el Papa y la contempló durante unos breves instantes y dijo:
– Si el hombre es capaz de hacer esto, y Dios es el Creador del hombre, cuan grande y magnífica es la Obra de Dios. Ahora bien, imagina Lorenzo, imagina por un instante que sentiría Miguel Ángel si tuviera que destruir pincelada a pincelada la obra que pintó. Imagina ahora que sentiría Dios si manchara sus manos con la sangre de su Creación. ¿Acaso hay mayor sufrimiento que perder una Obra, una Creación?
El novicio fue incapaz de contestarla.
– Sí, la hay, tener que destruirla uno mismo.
El sacerdote abrazó al novicio y le volvió a hablar.
– Cuando uno ha creado algo, que a nuestro parecer es bello o bueno, que nos a costado esfuerzo y trabajo, tener que hacerlo desaparecer puede que sea uno de los mayores sinsabores de la vida.

El cielo está estrellado pero, no veo ninguna estrella

Me he hecho una pregunta, sería mejor decir una de tantas ¿cuándo decimos que somos viejos? La verdad es que es algo muy extraño, ¿un día te despiertas y dices? ¡Soy viejo! ¿O por el contrario dices con tristeza? Soy viejo…
No sé muy bien como va eso, pero no creo que sea por los años. Uno es viejo cuando no se hace preguntas, uno es viejo cuando el porqué desaparece de tu vida, te abandona y nunca más te abraza con la duda, así es como yo lo veo.
Que triste, que triste es que te abandone el porqué; yo creo que nunca seré viejo, lucharé todos los días para que el porqué no desaparezca de mi vida.
Los grillos al fondo y, de vez en cuando un perro ladra, pero la vida aquí es muy sosegada, mi vida cambia, todo es de película, no sé, es fantástico.
La verdad es que las cosas van muy bien, además, parece que los astros se hayan alineado, una querida amiga ha solucionado sus problemas, gracias a Dios todo ha vuelto a ser como antes, creo que era lo mejor, pero el aroma de la incertidumbre me llena, aun así, quien sabe, quizá mis instintos se equivoquen (P.D. yo muy raramente me equivoco).
Ahora en quien pienso es en ti, sí, sí en ti, ya sé que ni si quiera te fijas en mí, y que ni si quiera se te pasan por la cabeza algunas cosas… pero si lees esto, que sepas que te quiero, desde el primer momento que te vi, pero como no creo que me quieras nunca, pues déjame al menos que yo te quiera en silencio, en un rinconcito sin hacer ruido, contemplándote, admirándote, la verdad es que me fascinas, te quiero, te quiero y te quiero mil veces, pero lo diré en silencio.
Me gustaría que estuvieras aquí comigo, disfrutando de este sitio en donde tengo los mejores recuerdos de mi vida, donde todo es inexplicable, me imagino una vida contigo, o sólo estar un segundo con tu grata presencia, y soy tan feliz, tan sumamente feliz, pero tienes razón llámame idiota, porque lo soy, no hay un idiota más idiota que yo.
Me gustaría preguntarte como estás, pero creo que estás bien, es casi seguro que estás bien ¿te he dicho qué te quiero? Sí, creo que sí.
Como te decía este sitio saca lo mejor de mí, tengo tantos recuerdos y espero tener tantos nuevos que por eso me gusta estar aquí, no quiero que vendan esta casa nunca, es un tesoro, es parte de mi vida, es la casa de mis abuelos, y representan tanto para mí que no sé como será un mundo sin ellos.
Pero voy a dejar todo eso aparte y te diré cómo es este sitio, no la casa, sino sólo el paisaje y todo eso, bueno, por el día hace un torre increíble, pero dentro de la casa se soporta; por la noche, la cosa cambia, hace fresquito y el autillo canta, mi familia se dedica a hacer el autillo de vez en cuando, es como el himno familiar, está bien.
Por la noche te pican los mosquitos, pero también si te subes a lo alto, se ve la ciudad iluminada, a veces, se me llena la cabeza de pensamientos, otras veces, simplemente no pienso en nada, yo creo que es según como te haya ido el día, pero no es una ciencia muy exacta, así que no te fíes mucho.
Por la tarde, el Sol se pone rojo e ilumina todo el bosque, es como si todo lo cubriera de una llama que no quema, todo se baña de ese perfume rojizo que tiñe desde el tronco hasta la última piedra.
Pero hay más cosas, no sólo lo que entra por los ojos ensancha el espíritu, esto está lleno de pinos y su aroma es muy especial, su corteza no huele igual que su hoja, y su hoja no huele igual cuando está verde, que cuando está en el suelo de color marrón, es genial, te daría un bote con las tres cosas pero prefiero verte oliendo los pinos, tiene que ser gracioso verte con la nariz pegada al tronco del pino, yo a veces lo hago, es una bonita estampa. El olor que hay aquí es a monte, y cuando llueve se mezcla con el olor a tierra mojada, por la noche se torna más dulce y meloso por las flores de las casas, y por el día es más fosco, más fuerte, con más olor a madera y a tierra seca.
Los ruidos, que no son ruidos, que son más bien melodías incomprendidas, duran día y noche; por el día las chicharras, por la noche los grillos y el autillo, a veces, suena alguna paloma, y otras, alguna ardilla trepar, ¡hay miles de animales! Sólo tienes que parar un poco, y si no ves cinco o más animales en menos de cinco minutos, te prometo replantearme lo divino y lo humano.
Por último, y ya acabo, son las historias que envuelven este sitio, pero esas ya te las contaré otro día, por esta noche ya vale, déjame que me pierda en tus ojos y tu sonrisa, que me pierda en tu recuerdo, que es lo único que me queda, déjame que ni soy poeta ni escritor, tan sólo un vividor, que ni se pierde ni se cansa, de esta noche mansa, de entre julio y agosto ,de un pasado ya angosto, en los confines del mundo.