Queridos y respetados profesores, queridos amigos, queridos todos.
Son ya tantos años que al mirar atrás, parece haber pasado una vida. Hoy, aunque de forma simbólica, vamos a dar ese paso, el paso que construirá los cimientos de nuestra vida. Hoy miramos hacia delante, hoy echamos a volar.
Es hora de cerrar este libro que han marcado profesores, compañeros y padres, un libro cargado de recuerdos, de ilusiones y de la madurez de los años. Los profesores y padres que también habéis llenado las hojas de nuestro diario, hoy nos ayudáis a cerrarlo para abrir un nuevo tomo, un tomo para el futuro, un futuro que se abre hoy pero que ha sido construido hace mucho tiempo.
Por haber contribuido a escribir este libro, os damos las gracias, porque con lengua castellana hemos fomentado nuestra propia opinión, porque con física hemos afrontado algo más de nuestro complicado y atómico mundo, porque con matemáticas hemos aprendido la utilidad de los números, porque con dibujo técnico hemos asumido con ayuda de la tía María y la tía Eufrasia que no se pueden poner puertas al campo, porque con geología hemos visto que pisan nuestros pies, porque con filosofía y sus filósofos hemos sentido las distintas formas de interpretar la vida, porque con lengua inglesa podremos comunicarnos con otros países y, por último, y no por ello menos importante, historia de España, desde la prehistoria a la transición de la mano de un profesor y tutor excepcional, pido en este pequeño inciso, un aplauso por Don Juan Jesús Romero por su magnífica labor.
Esperemos tanto haber dejado un poco en este centro como habernos llevado, pues todos nos llevamos un trocito de este instituto, de sus gentes y su convivencia.
Hoy toca zarpar hacia otro puerto y no sabemos bien lo que nos depararán las aguas turbulentas, pero con el faro que tenemos seguro que seguiremos la ruta y si alguna vez nos perdemos, seguro que terminaremos encontrando las costas de una vida llena de sorpresas y aventuras.
En definitiva, los alumnos se marchan y algún día los profesores también y únicamente quedará nuestro instituto. Espero que aquel edificio no sea sólo paredes de hormigón, espero que siga siendo lo que fue para nosotros, una fábrica de experiencias y de buenas vivencias, para que nuestros sucesores se lleven, por lo menos, experiencias tan gratas como las que nos llevamos nosotros.
¿Qué o quién eres?
Cuantas veces me has clavado esa mirada de eterna sorpresa, que formula siempre la misma cuestión de bocanadas vacías. Tiempo ha pasado, pero lo que quedó en incógnita hoy procuro contestártelo.
Soy el pájaro en tu ventana y las gotas de la lluvia en tus cristales, soy ese día radiante y ese día gris, soy Sol y Luna, soy el cielo y la tierra, soy vida y muerte, soy el amor y los celos, pero sobretodo, fui ayer, soy hoy, y seré mañana.
Hoy te he visto y me has mirado
Al olor de mi blanco olivo, siento los murmullos del patio, que a las luces veraniegas aun radiantes, de un tiempo discordante porque no es verano, y con las suaves cantinelas de un día plagado de melodías de la brisa del viento, oigo el cantar de los pájaros, elevo mi mirada y, un bello azul de tono mortecino, que ni azul ni cetrino, es sólo una ilusión, una ilusión de ilusiones, que entonan sus colores, celeste no es azul.
¡Oh! Mi hermoso olivo, antiguos ojos verdes por toda tu corteza, hoy marrones, hoy se secan.
Hoy como compungido, en un letargo te has dormido, y a la sombra, mi corazón deprimido.
A mi derecha aquel pozo, en el que tu reflejo ya no es gozo, tu mirada aparto, de tus palabras ya harto, quédate tu esparto para el artesano que sepa labrarlo, porque yo sé de antemano que eres sólo mal.
Perdición de perdiciones, vuelve a las aguas de reflejos cristalinos, ni matices ni taninos, tan sólo unos cominos de una triste y antigua canción.
Mirar hacia otro lado
Y otra vez vuelve a ocurrirme, siempre lo mismo y volver a empezar.
Cuando miras a alguien a los ojos y su mirada, su sonrisa te dice algo más, parece que vuelves a flotar de nuevo, parece que el Sol brilla más fuerte, el día es más alegre y hasta el mundo parece mostrar otra cara. Imaginas, imaginas e imaginas, pero está claro, es imposible, parece que en estas cosas me quedo sin palabras, no sabría qué decir, doy muchas cosas por sabidas o simplemente es que me sigue dando miedo elegir. Cuantas veces he pretendido afrontar, asumir, incorporar a mi vida y a mi corazón esa frase latina, Carpe diem, esa maldita locución de Horacio, Carpe diem quam minimum credula postero, aprovecha el día, no confíes en mañana. Definitivamente es imposible o improbabilísimo como afirma Max Born.
Lo he negado una y otra vez, y poco a poco he ido olvidando, enterrando aquellas sonrisas, aquellas miradas… Las he ido apartando día a día de mí y guardándolas en mi baúl, en mi cofre del tesoro.
Ojalá un día una sonrisa y una mirada me lleven de nuevo de viaje, que me tiendan la mano, pero esta vez no sólo en los sueños, que no quede todo en lo que antiguas evocaciones me hicieron pensar y sentir.
Ojalá esa sonrisa y esa mirada me acompañen algún día, por ahora me conformo con perderme en los sueños de media noche, de lunas amargas y palabras vacías. Para que nunca más el deber sea el querer, para que el querer sea el poder y, el poder sea para quien lo quiera.
Diente de león
¡Ay mi corazón!
que a la brisa
llega al callejón
de una sonrisa.
Preguntarte es recuerdo
que por sólo desearte
en este juego pierdo,
morirme es besarte.
No te pierdas,
no me encuentres,
no tienes las razones
que piden los corazones.
Y ahora ya te marchas,
y ahora tu escarcha
deja, corre, salta y vuela
con tu sonrisa viajera.
No me olvides,
no te pierdas;
no me encuentres,
diente de león.
III Carta a la vendedora de hinojo
Estaba, entre el bullicio de la gente, comprando mi billete, gritos, pasos. Gente, gente y más gente, ruido de tacones, ruido de pisadas y susurros, ruido de ruidos. ¡Señor su billete!; ah, gracias. Cogí mi pasaporte y miré al andén. Me senté en un banco, hacía frío, era de noche, y la luz del farolillo de color amarillo mortecino apenas iluminaba por completo la estancia; el túnel negro como la noche. Y hacía un frío, ni mi abrigo tres cuartos negro me abrigaba de aquel gélido escalofrío que calaba en los huesos. A mi lado un hombre. Ya nadie quedaba en ese andén, el bullicio se había convertido en soledad; pero aquel hombre cubierto por los cuellos de su abrigo y, ese sombrero, lo hacían más oscuro. A cada calada que le daba al interminable cigarro, despertaba, con las ascuas de las cenizas, su rostro poco a poco. De repente, un pitido, a lo lejos del túnel se iluminaba con dos luceros; de nuevo el pitido; el cese de su movimiento calmadamente y los humos envolviéndolo todo. Me giré y el hombre desapareció. ¡Pasajeros al tren! Dijo un joven de rayas. Subí con mi billete en la mano y una vez dentro leí: tren de media noche.
Busqué mi asiento, pasé por cubículos y cubículos de cuatro asientos, hasta que llegué al que me tocaba, ciento treinta y cinco.
Una señora joven, vestida de negro y con un sombrero de pamela, fumaba con el filtro largo, que ahora tanto se estilaba, un cigarro. A cada calada parecía reducir su estrés. Preocupada, nerviosa, sólo Dios sabe si en aquel tren estaba por obligación. Entró el revisor a pedir el billete. Caballero, gracias; señora, gracias, tengan ustedes una grata estancia, si desean algo ya lo saben. La señora que tenía delante de mí, giró la cabeza de lado a lado sin mediar palabra pero, puede verle el rostro.
Miré por la ventana pues, me pareció grosero seguir observando de reojo a aquella mujer.
La noche reinaba tras la ventana y, la llovizna resbalaba por el cristal. Fue un susurro, un leve susurro, paladeado suavemente.
Tren de media noche ¿Adónde te diriges? Entonces, sólo entonces supe, adonde llevaban las vías de la máquina de vapor, de aquel… Tren de media noche.
Sería tan bello
En las noches de luna sombría y nubes que ocultan la mirada de las estrellas, corazones que sintieron de verdad algo más que el deseo, laten con más fuerza. El viento y el frío en aquella noche oscura y solemne, a la luz del alumbrado público, sacaron un deseo, un sentimiento, una espina clavada o quizá, una simple locura que me atormenta. ¿Realmente alguien me ha amado?, que bello sería si tan sólo por un instante, un segundo, alguien de aquí o de allá, del fin del mundo o de la misma calle, pensara en mí, pensara en un amor conmigo, por un fracción de segundo. Que en un instante tus labios y los míos se tocaran, sin más palabras, sin más miradas, que tus manos recorran mi cara… y con un simple chasquido vuelvo a mi mundo, que sería tan bello…
Parásitos y otros seres
Cuentan de ellos que son los seres más evolucionados sobre la tierra y, los biólogos que lo afirman no se equivocan, dicen una gran verdad.
En los humanos sucede igual, seres que viven del amor de lo demás, del amor y del trabajo del prójimo, de su esfuerzo y caridad; de ellos hay muchos, infectan a su víctima y cuando ya no tiene más sangre, y sólo cuando han exprimido la última gota, vuelan con la brisa de la indiferencia y el interés. Velan por su conveniencia, eso sí, velan día y noche a ver cuanto más pueden quitarle a ese huésped. Clavan sus bífidas mandíbulas cargadas de mentiras y sutilezas, desgarran la piel con patrañas y falacias. Como bolas llenas del sebo del odio acaban, con papadas de maldad, barrigas cargadas de la grasa de sus víctimas pero, tarde o temprano esos parásitos mueren sepultados o ahogados por su morbidez, y los que fueron depredadores serán víctimas, o al menos es el único consuelo que nos queda.
También existe otro animal, animal por llamarle de alguna manera; a este ser, los biólogos nunca lo vieron; por extraño que parezca es un animal sin cabeza, se parece al rabo de una lagartija, cuando lo separan de su dueño da coletazos de aquí a allá. Hoy lo llaman algo así como “fan” y, señores utilicemos bien las palabras, no es lo mismo que te guste algo o que seas seguidor, que que sea un fan, nos quejamos de las cruzadas por el fan-atismo pero, hoy tenemos lo mismo.
Hoy tenemos un montón de “sujetos” sin cabeza, son una serpiente descabezada dando tumbos de un lado a otro.
En este mundo de locos, espero, que ni un parásito me infecte con su ponzoña venenosa y drene mis buenas intenciones ni que una de esas serpientes bailonas descabezada me aplaste al pasear por las calles de mi ciudad.
II Carta a la vendedora de hinojo
Mucho tiempo ha pasado desde la última carta. Con el tiempo intuí la respuesta. Para mi gusto fue algo vaporosa, pero terminé por encerrarla en un bote, guardarlo y, contemplarlo bajo el prisma del recuerdo y las arenas del tiempo.
Si bien es cierto que esta vez te escribo con las mismas letras pero distinta tinta. Gracias a Dios la Época Negra desapareció, aunque aún queda algún rescoldo mortecino del que no quiero deshacerme, le he cogido cariño a ese fular gris, llámame tonto, pues te doy la razón, soy un tonto entre listos al que le gusta escribir.
Ahora, después de haber recogido los mil trozos de sabor amargo y coserlos, con el dolor de cada punto, te paso a ti este ser vaporoso, como regalo del que me diste; pero éste es distinto, como dirían los tontos, son dos seres de misma substancia pero distinta esencia.
Lamento no habértelo regalado antes, pero preferí construirlo bien, con todos los detalles, amoldado a ti, si bien sabrás que yo nunca malgasto ni aliento ni tinta, nada es porque si.
Bueno, de lo que quería hablarte es de ese ser oscuro, al que tanto amas, odias, apartas, acercas, te hace sufrir, en definitiva una macedonia de frutas, y por frutas tus sentimientos. Y aquí quiero llegar, ¿Te acuerdas de aquella metáfora?, el Banquete de la Vida, si no te acuerdas hoy te la vuelvo a contar…
Todo ser humano llega a un Restaurante, se sienta y le traen platos uno a uno, él los digiere, por amargo, ácido o salado que sea. Siempre está la opción de levantarse, que acabe TODO, pero no merece la pena, es mejor ir comiendo uno a uno, y esta macedonia aderézala con lo que quieras pero, yo que estoy en la mesa de al lado, te recomiendo la salsa de la casa, el tiempo, échale un buen chorro de tiempo, sino, te atragantarás y te arrepentirás casi seguro.
Olvida a ese ser de mirada opaca y piel negra noche, sin boca y con garras por pies y manos, pero olvida sobre todo a ese sincorazón que tus ojos han formado, estoy seguro que no es así, será un disfraz macabro para llamar al tiempo y a los astros a que vuelvan a iluminar las tinieblas.
Pero, si el tiempo no lo solucionara, cosa que dudo, habrás de elegir, ¡Eligere aude!, atrévete a elegir. Cuando yo elegí no sé si lo hice bien o mal, pero fue mi elección, por eso yo digo, elige, no te diré sin miedo, pues siempre nos acompaña la duda de la decisión, pero te reafirmarás como tú misma, serás dueña de tu propio destino, ¡Libre, libre, libre!
I Carta a la vendedora de hinojo
Cuán difícil es para mí expresar lo que siento, te diría tantas cosas pero tenemos tanto tiempo por delante, terrible desgracia es no poder conocerte nunca por completo, sólo de eso me arrepiento. Confío hoy más en Dios porque esto no puede haber sido casualidad del destino, quiero que compartas conmigo tu felicidad, pues yo la comparto contigo, pero quiero sobretodo que compartas tu pena conmigo, pues yo la comparto contigo. La sólida roca y la pluma, ambas, miran al peregrino en su marcha en día soleado pero, al llegar la noche, el viento llega y la pluma desaparece, y lo que parece ligero y suave vuela en busca del día y la luz, pero la roca permanece al lado del peregrino indicándole el camino, si éste se fija en sus señales. Hoy te diré que me acompañes, hoy el gran lucero acaece en el horizonte, baña cada rincón de su vista dando paso a sus claroscuros en la inmensidad del bosque, el cálido color del ocaso del lucero se torna purpúreo y melancólico, cárdena dio paso, cada instante me abandona, pero vuelve a mi esta luz, ahora de esa esencia que alumbra tanta oscuridad, la noche está estrellada, y tiritan azules los astros, a lo lejos, el viento de la noche gira en el cielo y canta, es tan corto el amor y tan largo el olvido.